lunes, 19 de agosto de 2013

MÚSICA “NARCOBOLCHE”

Marxismo berreta y marketing de la falopa

Por Guillermo Rojas


Si tomamos sones diversos, sean estos tropicales, carnavalitos del altiplano o zambas y cuecas cuyanas y los mechamos con un poco de música country, blues de Nueva Orleans y algo de rock and roll común. Si al mismo tiempo a esta música le agregamos letras en algunos casos ininteligibles o dis­paratadas, en otros sólo entendibles por la gente “del palo” (de la droga) y en la mayo­ría de los casos exudantes de un marxismo tosco, de un resentimiento desaforado con­tra todo y contra todos y una subliminal, di­simulada o en las más de las veces explícita y grosera propaganda del consumo de estupe­facientes (cuando no del tráfico) y de la ingesta de alcohol. Si, además, le sumamos a dichas letras palabrotas y referencias sexua­les, habremos logrado uno de los productos musicales con que los traficantes de basura cultural intoxican hoy en día a la juventud.
Viene esto a cuento por las declaraciones realizadas desde esa suerte de nueva cáte­dra de moralización trucha en que se han convertido los escenarios de los recitales de rock, por boca de uno de los ejecutores más encumbrados de este nuevo género musical que podríamos llamar “narcobolche". Este sujeto, apellidado Cordera, máximo exponen­te de la banda llamada Bersuit Vergarabat, que grabara memorables CD como Hijos del Culo y La Argentinidad al Palo, manifestó desde su infinita sapiencia y un exquisito conocimiento de las obras completas de Freud, su repulsa contra lo que él llama la moral judeocristiana, que siempre, según dicho egregio disertante; ha introducido la culpa en el hombre formando a millones de infelices.

Gustavo Cordera.

No vamos a referimos a las declaraciones en sí de este personaje, intercambiable él y sus dichos por otros que deforman concien­cias desde televisores, salas de teatro y equi­pos de música a millones de personas jóvenes y no tan jóvenes. De ellas solo diremos que no son diferentes de las que se pueden extraer de la "Enciclopedia Maradona Bá­sica" del lugar común zurdo, que suele ma­nejar al dedillo todo semianalfabeto resenti­do que se precie de tal, no son diferentes a “el Papa vive en la riqueza cubierto por un techo de oro”, “admiro al Che Guevara porque murió por sus ideales” o “una cosa es ser drogadicto y otra un consumidor social”.
Lo que sí es interesante resaltar es a quién obedecen estos personajes del grotesco dia­rio argentino y a quiénes hacen ganar millo­nes, vendiendo mercadería averiada a una masa que delira por las sandeces que suelen espetar desde medios de prensa diversos o desde sus canciones de supuesta protesta contra un Sistema al que, a la hora de los man­gos, sin duda alguna pertenecen fanática­mente. Prueba de ello es el escandalete que por motivos crematísticos estallara última­mente con Tinelli (otro para la galería), quien difundiera los temas de la última joyita musi­cal de la Bersuit sin pagar los correspondien­tes derechos de autor.
Éste y otros conjuntos similares (hay va­rios en el país), desde hace algunos años vienen martillando sobre la mente de incautos a los que les han hecho creer que son los emisarios y juglares de una rebelión purificadora que comienza por el consumo de substancias alucinógenas o cartones de tetra, sigue en la cama de un telo y culmina en la revolución social.
Estos personajes obedecerían, entre otros, a los emporios montados, sobre el ama­sijo de neuronas y almas, por empresarios como los “rebeldes pop” Pergolini o Daniel Grinbank. Sujetos que mediante estas estrellas de la juventud han amasado considerables fortunas destruyendo todo tipo de va­lores, increíblemente con excusas seudo moralizantes o justicieras, difundiendo la contracultura, la imbecilización y el libertina­je en todos los órdenes como algo simpáti­co, risueño y si se quiere inteligente “piola” y trasgresor. Representan lo que aspira a ser y a hacer el joven de hoy, “hacer lo que se le canta”, siempre con un trasfondo zurdoide o progre, de lo que ellos llamarían hacer crítica del poder, sin dar alternativa alguna. Nihilismo cultural puro. Ellos completan la destrucción de lo que aún queda de los valores tradicionales, mientras embolsan dinero, en muchos casos provenientes del mismo Estado y que les pagan las bandas partidocráticas (no precisamente de música), las que se turnan en la administración del mismo, para que critiquen y se mofen de adversarios o para evitar ser criticados y burlados.
La música “narcobolche” integra ese universo de degradación que se abate sobre nuestra Patria pero no es una exclusividad argentina. Para dar solo algunos ejemplos, así como aquí tenemos al filósofo y moralista Cordera y su Bersuit, en México es Molotov y Uruguay tiene a La Vela Puerca, el conjunto emblemático de la barra brava de Nacional de Montevideo, un hato de violentos desaforados reventados por la cocaína, la marihuana y el alcohol. Justamente a ello se refiere el nombre de ese conjunto, al famoso porro de canabis.
Las canciones de estos grupos no se olvidan nunca de los desaparecidos, de la dictadura y menos aún de la Bonafini y su “Shoklender’s boys” quienes suelen concurrir exultantes a sus presentaciones.
Surcadas por crípticas afirmaciones y un, permanente apología de la droga de la que hacen el marketing, delante de una amorfa mesnada de creyentes que ponen su dinero en entradas o en la compra de CD -cuando no dejan el pellejo luego de incidentes a la salida de los recitales, siempre “lamentables' y en los que los artistas organizadores y empresarios “nada tienen que ver”- sus “obras de arte” arrasan, venden por millones.
Y aquí está el punto y nos damos por ven­cidos a la evidencia: que estos emisarios de la moralina progresista y zurda solo tienen como norte ganar dinero haciéndose los abanderados de una seudo contestación social y ejerciendo una repugnante demago­gia sobre la juventud, incitándola a tolerar, aplaudir y adherir a los vicios que corroen el alma y la mente del hombre, llegando inclusi­ve a ver como lógica y deseable la autodestrucción mediante los narcóticos y el alcohol. Esa es la ética y la moral “narcobolche”. Lo lamentable, pero para nada sorprendente, es que desde el Estado se les dé aire permanentemente y se aliente a los jóvenes a concurrir a sus recitales. Nues­tra falta de sorpresa se explica cuando des­de ese mismo Estado se pretende establecer la edad para votar a los dieciséis años. La Bersuit los idiotiza y la partidocracia los amontona.


Patria Argentina, Año XIX, N° 203 - 7 de octubre de 2004.