sábado, 3 de agosto de 2013

EL PODER DE LA MÚSICA



Por Carlos A. Manfroni

Hay gente que aparenta no te­ner otra representación de la subversión que la imagen de un guerrillero arrojando una granada contra la puerta de la casa en la que ella vive, y esto siempre y cuando no sea alquilada.
Lo cierto es que la subversión es al­go mucho más profundo, de lo cual el hecho descripto podría resultar —en todo caso— sólo una consecuencia.
Los antiguos romanos, quienes —como buenos agricultores— eran más conocedores de la realidad y menos individualistas que la clase de perso­nas a la que aludimos, designaban con la palabra "subverto" a la ac­ción de “revolver, remover lo de arriba abajo, como cuando se ara", y también de "destruir, arruinar, trastornar, demoler". La frase "subvertere aliquem" significa "arruinar, perder a algu­no", así como "subvertere mores patriae": "trastornar las cos­tumbres patrias". Ellos, como todas las grandes civilizaciones, advirtieron que en el Universo existe un orden natural, permanente, inmutable a tra­vés de los siglos, que no proviene de los hombres sino de la Divinidad, y que la oposición a ese Orden origina la ruina del hombre y del Estado. Más tarde, el mundo conoció la per­fección suprema de ese Orden Natu­ral a través de Nuestro Señor Jesucris­to y de su Gracia, en el Orden Sobre­natural.
El hombre, como ser inteligente, capta el Orden Natural por medio de la razón y el Orden Sobrenatural por medio de la Fe, y así iluminada la inteligencia, transmite la luz a la volun­tad, la cual —a su vez— gobierna a las pasiones. Como se ve, hay tam­bién un orden en las potencias del al­ma humana: que las pasiones obe­dezcan a la voluntad, la voluntad a la inteligencia y la inteligencia a la Ver­dad.
De este modo, el ser humano puede —conforme a ese Orden- proyectar su acción sobre las cosas y sobre sí mismo, y así dar origen a la Cultura. Proyecta su acción sobre sí mismo para hacerse más sabio (ciencia) o para hacerse más bueno (moral), o para hacerse más sano (gimnasia), y proyecta su acción sobre las cosas para hacerlas más útiles (técnica) o para hacerlas más bellas (arte). Guando esa transformación de la realidad hacia la perfección es común a todo un pueblo, conforme a una tradición que —como tal— es fiel a su origen, a su esencia y a su destino, puede hablarse de una Cultura Nacional.
El ARTE —una de las facetas de la Cultura— es, pues, un producto de la inteligencia, la que habiendo vislumbrado la maravillosa Belleza del Orden y percatándose de su proveniencia divina, gobierna a la voluntad y a las pasiones volcándose sobre las cosas para acercarlas a la Suprema Belleza. Pero en este proceso existe una reciprocidad; la realidad es —de algún modo— "agradecida-', y una vez así transformada por el Arte, recompensa al hombre con el gozo de su contemplación, la cual le ayuda a elevar su alma y así efectuar nuevas transformaciones, cada vez más cerca del Orden, es decir: cada vez más cerca de Dios.
Dentro del Arte, la Música tiene un papel preponderante; al fin y al cabo, el Universo todo es una brillante sinfonía. Música hay en la melodía abismal de las galaxias y en el movimiento inmensurable de los átomos; música en las escalonadas fotosíntesis de los campos y en los estentóreos amaneceres de los pájaros; música en el tórrido violín de las cigarras y en la impecable violencia de las nieves; música en la infatigable nobleza de las olas y en el paso airoso de los vientos; música en las palabras de todas las edades que inmarcesibles siguen sonando en el presente, y en el gótico silencio de los templos; música en los eviternos Coros de los Angeles y en las añoradas trompetas del Fin de los Tiempos. Así como todos los colores se agrupan para conformar el blanco, signo de la Divina Pureza, así todos los sonidos se unen para conformar la inmaculada nota del silencio, símbolo majestuoso de la verdadera Paz que sólo se alcanza en la contemplación de la Gloria de Dios. De un modo u otro, toda la naturaleza es un canto a la Majestuosidad del Señor.
Siendo esencialmente armonía; la Música está presente en las demás artes, las cuales gustan por lo que de ella tengan.
La influencia de la música sobre el espíritu humano fue valorada por todas las culturas. Ya desde la antigüedad, los chinos la consideraban como uno de los medios más idóneos para ayudar al hombre a sumarse a los movimientos de la naturaleza. En la Antigua Grecia, la música era una forma de representar el orden del Cosmos y ayudaba a armonizar las potencias del alma, por lo que tenía gran importancia en la educación (Platón, República, Libro VIII). En la cúspide de la civilización, el Canto Gregoriano representa la forma más alta de elevación del espíritu  por la vía de la estética. La unión pacífica y homogénea de las voces y la jerarquización de la melodía llaman a la unión del género humano en pos de la Voluntad Divina.
Pero así como el hombre actúa conforme al Orden, también puede actuar en contra de él. Hay una forma de actuar contra el Orden, que tiene lugar cuando la voluntad se subleva contra la inteligencia; así: cuando se roba, se mata o por negligencia se atenta contra la sabiduría o la belleza, como el arquitecto que por ahorrar esfuerzos construye mal su casa.
Mas existe una forma terriblemente peor de actuar contra el Orden, la cual se produce cuando la inteligencia se subleva contra la Verdad y pretende construir ella misma su propio orden en contra de aquél. Es decir, que en el pecado contra la Ley consista precisamente la ley. Y esto ya es SUBVERSION.
La subversión es, pues, toda proposición contra el Orden Natural o Sobrenatural con pretensiones de legitimidad universal. A partir del nuevo "orden" que ella crea, que no es más que una caricatura del primero, la acción humana se proyecta sobre las cosas conforme a una inteligencia pervertida, ya no para perfeccionarlas sino para envilecerlas. Y en un proceso inverso al del Arte, con la misma reciprocidad con la que en éste le devolvían el bien, las cosas devuelven ahora al hombre su maldad y su mentira. Con la idéntica fuerza de influencia con la que elevaba su alma, la realidad deformada por el falso arte toma su venganza contra la soberbia humana, cada vez más desorientada.
El Rock es la antítesis de la Música. En él se sobrepone el ritmo a la melodía como perfecto signo del dominio que en la contracultura, las pasiones ejercen sobre la voluntad y ésta sobre la inteligencia. Está psicológicamente comprobado que el ritmo se liga a la parte concupiscible del hombre, en tanto la melodía se relaciona con lo espiritual. El ritmo destemplado exacerba las pasiones contra el espíritu.
"Los cambios de ritmo producen, además, otro efecto importante en este verdadero "lavado cerebral", que es la música 'rock'; la polirritmia musical —propia de la música progresiva— acentúa la penetración del mensaje —sea éste subliminal o no— aumentando la intensidad de respuesta del sujeto. Precisamente, esta es una de las peculiaridades de la nueva música: ser de una frecuencia cambiante de tres por cuatro y cinco por cuatro, en forma similar a los experimentos de Pavlov. El doctor Josep Crow, profesor de psicología del Pacific Western College, ha expresado que ‘El empleo del ritmo rock puede producir estados hipnóticos. Los jóvenes escuchan cientos de veces la misma canción…la repetición es la base de la hipnosis’. Esto aumenta el grado de sugestionalidad del oyente, generando acciones futuras de tipo imprevisible". (Alberto Boixadós; Arte y Subversión, pág. 47/48).



En los festivales de rock, el efecto se multiplica. Alguien que observó atentamente el de New, Port, en Estados Unidos, comprobó que "los chicos asistentes adquirieron reflejos condicionados, como el perro de Pavlov; cuando escuchaban un 'rock' abrían su corazón a la bandera de vietcong y la liberación total del hombre; cuando escuchaban un 'pop' sentían deseos de matar a un policía". (Op. cit. pág47).
¿Está muy lejano este festival de los que actualmente se realizan en nuestra República Argentina? Quien quiera quitarse la duda, que asista a uno de ellos o, si no le da el estómago, interrogue a los asistentes.
Lo realmente increíble es que aún exista gente, cualesquiera sean sus inclinaciones musicales, que no crea en el poder de la música.
Hace algo más de un par de años, un juez de la Nación desestimó una denuncia formulada por una letrada en representación del Estado Nacional por la posible comisión del delito de apología de las drogas, respecto del tema "Cocaína", interpretado por Eric Clapton. Entre los fundamentos de su sentencia, dicho magistrado señalaba que "delgado favor haríamos a tan culta y dichosa civilidad si por escuchar el disco, la juventud fuera en busca de la droga". Y, para colmo, agregó en las sentencias sus opiniones personales acerca de la censura, con lo cual no hizo más que censurar los derechos que tiene el Orden contra la subversión, haciendo la apología de la libertad absoluta, porque según el magistrado, "cuando el individuo puede optar, cuando tiene al alcance los medios suficientes para comparar y elegir sin cortapisas, sin tutores —y sin paternazgos que indefectiblemente cercenan su inventiva— (entonces) lo espurio, lo bastardo queda aislado y concluye por fenecer sin pena ni gloria, dando paso a los verdaderos y perdurables valores". Evidentemente Su Señoría no parece tener en cuenta el pecado original y no puede admitir que "la cultura de todo un pueblo va penetrando en una larga noche de la que resulte imposible emerger". (Diario Clarín, 25 Nov./80, pág.32).
Mientras sigamos sin advertir la magnitud de la influencia del arte (verdadero o falso) sobre el espíritu humano, mientras continuemos sin creer en el poder de la música, la subversión, que siempre es —ante todo— intelectual, seguirá burlándose de la justicia, como siempre ha pretendido hacerlo a través de todas las épocas: "Y en la casa la noche pasa amablemente,...y el juez indiferente si alguien se ríe de él". (Charly García, Música de Fondo para Cualquier Fiesta Animada, año 1974).

Revista Cabildo  2ª Época Nº 62, Marzo de 1983.