jueves, 8 de noviembre de 2018

SOLO HAY UNA FORMA DE SER FELIZ, SER SANTO






De Mattei habla a los jóvenes: 
sólo hay una forma de ser feliz

  

05/11/18 10:31
Por Roberto de Mattei
ADELANTE LA FE


El pasado 20 de octubre Voice of the Family celebró en Roma el encuentro Creados para el Cielo: misión de la juventud católica en el mundo de hoy. Publicamos a continuación esta motivadora charla que pronunció en dicho encuentro el profesor Roberto de Mattei.

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¿Qué se le podría decir a un joven de hoy? No podría decirle otra cosa que lo que me digo a mí mismo: sé santo. No es una cuestión abstracta; es una cuestión concreta que afecta a cada uno, sea hombre o mujer, joven o viejo, nadie se libra. Tengo que estar convencido de una cosa: aunque la vida me depare toda clase de fortuna (salud, placeres, riquezas, honores), si no soy santo mi vida será un fracaso.

Y al contrario. Aunque conozca toda suerte de contrariedades y adversidades, y a los ojos del mundo sea un fracasado, si soy santo habré cumplido el único y verdadero fin de mi vida. El hombre ha sido creado para ser feliz, y no hay sino una forma de alcanzar la felicidad: ser santo. La santidad hace feliz al hombre y glorifica a Dios.

¿Y cómo se puede ser santo? Cumpliendo la propia vocación. La vocación es aquello a lo que Dios me llama. Seguir la propia vocación significa hacer la voluntad de Dios. Sea la que sea, la vocación es la voluntad de Dios para nosotros.

Todo hombre tiene una vocación concreta. Lo que Dios pide a toda alma, eso es su vocación y la manera específica en que la Providencia quiere que cada persona obre y se desarrolle. Todo hombre tiene una vocación especial porque Dios lo quiere y lo ama de un modo particular. No hay dos criaturas totalmente idénticas, porque la voluntad de Dios es distinta para cada criatura, y toda criatura que ha salido desde la nada se ha asomado al tiempo es irrepetible. El padre Faber dedica una de sus conferencias espirituales a este tema: Todos los hombres tienen una vocación  particular concreta   especial   (Spiritual Conferences, Burn & Oates, Londres 1906, pp. 375-396). Toda persona tiene una vocación concreta, distinta a la de cualquier otra, porque Dios ama a cada uno con un amor personalizado.

¿En qué consiste ese amor especial de Dios para mí? Ante todo, Dios me ha creado infundiendo a mi cuerpo y mi alma las características y las cualidades que han sido de su agrado. Y no sólo me ha creado, sino que me mantiene vivo, me suministra el ser por el que existo. Si por un solo instante Dios dejase de infundirme el ser, me diluiría en la nada de la que me sacó. Y una vez que nos ha creado, Dios no nos deja a la merced del azar. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados (Mt. 10, 30), y ni uno solo cae sin que lo permita el Señor (Lc. 21, 18). Si hasta el número y la caída de mis cabellos está calculado, ¿qué no estará también calculado en nuestra vida?

Dice el padre Faber: «Dios no nos ve como un mero amasijo o una multitud. No determinó desde la eternidad crearme como un simple ser humano, como hijo de mis padres o un nuevo habitante de mi tierra natal; resolvió crearme tal como soy, ese ser que soy yo mismo y que es conocido por otros, un ser diferente de todos los creados hasta ahora y de cuantos serán creados después. Fui yo, con mis peculiaridades particulares, mi estatura, mi figura, mi forma peculiar de ser, el alma individual que en la serenidad de su predilección eterna lo motivó a crearme» (p.375).