lunes, 11 de junio de 2018

Una sociedad adolescente






Por Agustín Laje

Alexis de Tocqueville fue, probablemente, el primer sociólogo de la historia. Sus análisis sobre la sociedad democrática moderna, focalizados en Estados Unidos y en Francia, derivaron en predicciones políticas que siguen llamando la atención por su exactitud.

En su célebre La democracia en América de 1840, anotaba: “Si quiero imaginar bajo qué rasgos nuevos podría producirse el despotismo en el mundo, veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres con los que llenan su alma […]. Por encima de ellos se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga por sí solo de asegurar sus goces y de vigilar su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se parecería al poder paterno si, como él, tuviese por objeto preparar a los hombres para la edad viril, pero, al contrario, no intenta más que fijarlos irrevocablemente en la infancia. Quiere que los ciudadanos gocen con tal de que solo piensen en gozar. Trabaja con gusto para su felicidad, pero quiere ser su único agente y solo árbitro; se ocupa de su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, dirige sus principales asuntos, gobierna su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias, ¿no puede quitarles por entero la dificultad de pensar y la pena de vivir?”.

El universo cultural que Tocqueville estaba vaticinando aquí era, principalmente, la sociedad capitalista bajo la tutela del Estado de bienestar que aparecería recién un siglo más tarde. El ciudadano, bajo este poder paternal que sobre él se erige, queda caracterizado como infante, aunque hoy sería más exacto llamarlo “adolescente”, etapa de la vida inexistente en el momento en que el pensador francés escribía.

En efecto, nuestra sociedad parece estar tocando el fin de la infancia y de la adultez, al mismo tiempo. Y es que el fin de la una redunda en el fin de la otra, porque entre ellas existe un lazo que fatalmente las anuda: un adulto es adulto en la medida en que protege y tutela al niño, y un niño continúa siendo niño en la medida en que no ingresa en las etapas preparativas para la adultez. La adolescencia, precisamente como interludio preparativo, aparece en este nuevo contexto como síntesis dialéctica donde se desvanece el proceso de crecimiento, transfigurando lo que era transición crítica en condición permanente: adulto en su independencia e infantil en su responsabilidad.

En la sociedad adolescente los niños se apresuran en ser adolescentes y los adultos se esfuerzan por no dejar de serlo. Alain Finkielkraut ha aseverado en La derrota del pensamiento que esta inversión es “la revolución cultural de la época posmoderna”. El adolescente no es un infante en la medida en que se adjudica derechos (con notable prepotencia), pero tampoco es un adulto toda vez que descarta responsabilidades y obligaciones (con una no menos notable desaprensión). La sociedad adolescente es, pues, tan demandante como manipulable: sus ciudadanos maquillan con caprichos, llantos y pataleos la debilidad de la que verdaderamente están constituidos.

Y es que si algo caracteriza al adolescente, eso es, desde luego, lo precario de su identidad. En la adolescencia no hay nada fijo: quien se piensa que se es en un momento determinado puede bruscamente cambiar al minuto siguiente; las opiniones varían, como las modas en indumentaria, ya no anualmente sino semanalmente, corriendo su propia cola en cada “trending topic”, y las redes sociales se han vuelto agencias unipersonales de modelaje; la música permuta caras bonitas que cantan siempre e inadvertidamente las mismas tres notas (el llamado “millennial whoop”); el desplazamiento deviene en actividad constante para aquellos que no tienen dónde ir porque no se encuentran en ningún lado; los vínculos afectivos se desgarran con facilidad; las creencias van y vienen, y los valores suponen una palabra de infrecuente utilización y menos utilidad. ¿Existe sujeto más manipulable que el que vive bajo el dictado de dichas condiciones?

Lo que llamamos hoy “corrección política” no es otra cosa que el catecismo político vigente instalado a presión en el desértico espacio de la conciencia adolescente. El nihilismo ha sido entronizado, paradójicamente, como el nuevo moralismo: es actualmente de buen tono negar que exista el bien y el mal, lo bello y lo feo, la verdad y la mentira. Y dado que una escala de valores vacía hace de los hechos fines en sí mismos naturalizando automáticamente cualquier acontecimiento, ¿qué más disciplinable que un adolescente al que se le ha vendido compulsivamente relativismo, con la consiguiente ilusión de rebeldía que implica un autointerés que funciona como una tabula rasa?

Para los antiguos, la libertad residía en la posibilidad de participar en los asuntos políticos. Para los modernos, como bien lo destacó Constant, la libertad existía en virtud de la protección de una esfera de autonomía privada donde la política no pudiera invadir. Para los posmodernos, al contrario, la libertad se presenta como la liberación de todo lazo social (la causa por el derecho a matar al propio hijo en gestación cuando este se transforma en estorbo es ilustrativa de esta curiosa concepción). Libertad, en palabras más a tono con la moda filosófica en boga, es “deconstrucción”, lo cual significa barrer con todos los pilares que sostienen la identidad individual y colectiva.

Leo Strauss decía que los modernos “construyen en terrenos bajos pero sólidos”. En la posmodernidad, parafraseando a Zygmunt Bauman, no hay terreno sólido sino líquido y, como sabemos, sobre el líquido nada estable puede construirse. Allan Bloom en los 80 ya decía con pesar, en El cierre de la mente moderna: “Patria, religión, familia, ideas de civilización, todas las fuerzas sentimentales e históricas que se alzaban entre la infinitud cósmica y el individuo proporcionando una cierta noción dentro del todo, han sido racionalizadas y han perdido fuerza completamente”.

La sociedad adolescente es una sociedad atomizada. En ella ni siquiera ha quedado lugar para la mancillada institución familiar, pues sin adultos y sin niños no puede existir la relación de jerarquía y autoridad que toda familia supone. Pero la jerarquía pedagógica no desaparece, sino que ahora se concentra y se plantea, de manera inmediata, entre el Estado y el habitante-átomo, devenido de ciudadano en militante y de propietario en consumidor. Michel Houellebecq, en una reciente conferencia brindada en Buenos Aires, subrayó, sorprendido, que el individuo aislado descrito por Tocqueville, a diferencia del que él mismo describe en sus libros, al menos conservaba un vínculo real, con sus amigos y su familia, relaciones que le son crecientemente extrañas en el mundo actual.

No es, en este sentido, una casualidad que el feminismo tenga tanto arraigo en una sociedad adolescente. En efecto, el feminismo en su segunda y tercera ola ha declarado de manera explícita su guerra a la familia y, en esta última versión, a la identidad personal. Recordemos, por ejemplo, que Shulamith Firestone, en su Dialéctica del sexo, establecía como objetivo feminista de largo plazo reemplazar a la familia por el “household”, una especie de hogar donde vivirían niños y adultos que no guardasen vínculos sanguíneos y donde “las relaciones (incluso sexuales) entre personas de edades muy dispares se convierten en algo común”, puesto que “el concepto de infancia ha sido abolido”. Lo mismo decía Kate Millett en Política Sexual cuando afirmaba: “La institución principal del patriarcado es la familia” y clamaba por su abolición.

Una sociedad adolescente es una sociedad sin raíces, sin identidad y sin relaciones significativas. En una palabra, una sociedad abierta de par en par a esa extraña combinación entre despotismo cultural y liberación dirigida que intentó imaginar Tocqueville hace casi dos siglos y que parece realmente haberse concretado en el actual.

/www.infobae.com

Conferência: Os males do audiovisual no mundo moderno



Rev. Pe. Regimaldo O.P.
Abril,  2018


Os males do áudio visual no mundo moderno - Rev. Pe. Regimaldo O.P.

Cada vez mais homens de ciência que não são católicos se inclinam sobre esta questão, estudam as consequências do audiovisual sobre a nossa natureza. Como a matéria é muito extensa, não poderei provar cientificamente tudo o que vou dizer. Os livros e referências estão em francês. Para quem sabe francês, o padre Riout fez um resumo da questão.
Mesmo que eu não possa provar nesta conferência tudo o que vou dizer, procurarei dar as bases filosóficas, que mostram que o audiovisual tal como ele é utilizado hoje destrói a nossa natureza.
Durante a conferência nós veremos os males sob dois aspectos: do ponto de vista natural e do ponto de vista sobrenatural. Por ter dado esta conferência mais vezes para jovens, eu desenvolvi mais a parte natural, pois é importante durante a adolescência mostrar que não é uma imposição gratuita de Deus que nos impede de utilizar o recurso. Também é bom conhecer os argumentos naturais quando se vai falar com quem não é católico. Mas é claro que o aspecto sobrenatural é de longe o mais importante. A rigor, uma pessoa com grande força de vontade poderia usar estes meios sem consequências más para ela, mas penso poder afirmar que esta pessoa nunca chegaria à santidade.
Os princípios de filosofia: lógica e a psicologia. Na lógica teremos as três operações do espírito.
[D. Tomás: Quando se fala em psicologia, não é o que se pensa quando se ouve esta palavra. A psicologia é o estudo da alma, da vontade, da inteligência.]
Primeiro temos a simples apreensão, depois o juízo, e, por fim, o raciocínio. Por que é importante abordar este assunto? Porque o audiovisual é sempre utilizado para manobrar as massas, para embrutecer o povo. E nós vamos entender melhor isto fazendo esta análise das três operações do espírito. Na primeira operação do espirito é que se vai fornecer o conceito, que às vezes se traduz também como ideia – mas o termo conceito é melhor.
Como é que um conceito chega à nossa inteligência? Isto é estudado em psicologia. Tem um princípio filosófico que diz: nada chega à nossa inteligência que não tenha passado primeiro pelos sentidos. Um bebê, quando começa sua vida, o que ele faz? Ele mexe em tudo. Ele pega os objetos e coloca na boca. Ele toca em tudo, ele escuta tudo, ele olha para tudo, e ele coloca coisas na boca. Ou seja, com os sentidos ele percebe a realidade. Nós temos cinco sentidos externos: a audição, a visão, o olfato, o paladar e o tato. Temos também os sentidos internos. Os sinais externos nos darão os sinais. Os sentidos internos vão receber estas informações e vão elaborar pouco a pouco um conceito. Então, pelos sentidos nós chegamos a ter os primeiros conceitos. Quando uma criança nasce, ela não tem nada na cabeça. Deus nos fez de maneira que através do contato com a realidade os sentidos vão formar conceitos reais sobre a realidade.
Cinco princípios que estão na base de tudo o que conhecemos: se uma criança não tivesse nenhum dos sentidos, ela permaneceria uma idiota, sem capacidade de pensar por toda a sua vida. Eis um exemplo. A mãe leva o seu filho para uma sala e ele vê uma mesa de madeira retangular. Ele pergunta à mãe o que é aquilo, e a mãe diz que é uma mesa. Ele vai à cozinha e vê uma mesa de plástico branca e redonda. Ele pergunta o que é, e a mãe responde que é uma mesa. Ele vai para fora e vê uma mesa vermelha com três pés; e pergunta a mãe o que é, e a mãe responde que é uma mesa. Se ele entrar numa outra sala onde há uma mesa preta e oval, ele mesmo vai dizer que é uma mesa. Ele compreendeu isto vendo várias mesas diferentes. Apesar de uma ser branca, a outra ser vermelha, e a outra ser preta, de terem três ou quatro pés, de serem de madeira ou de plástico ou de ferro, ele entendeu o conceito de mesa. Ele mesmo julga a quarta mesa e diz “isto é uma mesa”, ele uniu os conceitos e emitiu um juízo.
A partir do julgamento ele vai colocar juízos um após o outro, e vai chegar a um raciocínio. Por exemplo: a madeira é dura, esta mesa é de madeira, então esta mesa é dura. A base do raciocínio deve ser verdadeira, deve partir de juízos verdadeiros. E para que o conceito seja verdadeiro, é necessário que seja idêntico à realidade.
E uma das coisas mais graves do mundo informático, como veremos, é que ele nos separa da realidade. Ele fabrica outra realidade, põe-nos em outro mundo. Quanto mais a pessoa for jovem, maior a catástrofe. A pessoa que já tem o seu juízo formado, que já tem experiência, pode olhar o virtual sabendo que é virtual, que não é a realidade; mas uma criança ainda não está formada, pode misturar as duas coisas, e temos exemplos disso: um caso real de uma criança de três anos que diz para a mãe: “veja, vou fazer como o Batman”, e pula pela janela, e morre. Quanto mais cedo ela começa [a ter contato com o mundo virtual], mais ela fica separada da realidade, e mais fácil será tragada pelos inimigos da nossa alma.
A constituição da alma: a primeira faculdade, a mais importante, é a inteligência, que pode ser comparada a um farol, porque ilumina. Em seguida, a vontade, que pode ser comparada a um motor. Mas há um primado, uma precedência da inteligência sobre a vontade; por exemplo, se você diz a uma pessoa “vá”, ela vai perguntar “para onde?”; enquanto ela não sabe para onde vai, ela não pode-se mover. Então a inteligência deve iluminar a vontade para que ela possa ser colocada em movimento.  A vida espiritual é extremamente importante. Alguém que não faz leitura espiritual e não faz oração não tem nada que oferecer à sua própria vontade. Um sermão de vinte minutos por semana não é suficiente para um católico viver no mundo atual. Na Idade Média poderia bastar – os sermões, porém, eram de uma hora –, mas no mundo moderno é impossível, é necessário ler e fazer oração.

Onze paixões

As paixões são boas em si mesmas. Nosso Senhor teve-as todas. Ele usou sua paixão de cólera contra os mercadores do templo, usou sua paixão de ódio contra o pecado. Em si elas são boas, mas depois do pecado original elas se revoltaram contra a inteligência. Podem ser divididas em duas categorias: concupscíveis e irascíveis. As concupscíveis nos farão ir para o bem, e as irascíveis ajuda-nos a superarmos o obstáculo que nos impediria de irmos ao bem. Vamos agora seguir, mas voltaremos a isto ao falarmos dos filmes e da música moderna.
Ao que parece, nosso cérebro é dividido em duas partes, direita e esquerda, e chegou-se a determinar que parte é solicitada em relação à atividade que estamos desempenhando. Uma parte é destinada às coisas de natureza mais animal, e a outra é mais reservada às coisas superiores da alma. Segundo a solicitação de uma ou de outra, o resultado terá consequências.
A música moderna às vezes chega ao extremo de separar conexões entre lado direito e lado esquerdo. Em um caso extremo, mas real, durante um show, que conjuga música muito forte, conjuntos de luzes, incitação ao ódio e à violência, um homem matou outro. Foi preso, e no dia seguinte não se lembrava de absolutamente nada. Um homem de ciência, que analisou seu caso, disse que durante um lapso de tempo a conexão entre dois lados do cérebro tinha sido totalmente suprimida, [com] a parte animal, que tomou a frente na ação, ele matou, mas sem estar consciente do que fazia. Casos extremos podem chegar a isso. Veremos que mesmo o uso moderado é nocivo.

O universo da informática

O primeiro perigo do virtual é que nos separa da realidade. O virtual inclui informática, os filmes, e, de um certo ponto de vista, a música.  Ele vai nos separar do real e introduzir-nos em outro mundo. O mundo virtual adquire outro tipo de poder, e nós repelimos os limites de nossa natureza, vamos além do que a natureza permite. Eis o exemplo do videogame, que é mais especifico: você pode-se tornar imperador de Roma, pode virar um mago, tudo o que você quiser. Nós fazemos coisas que não terão punição, que não terão consequência. Podemos exercer um ódio de matar alguém sem nenhuma consequência em teoria que não seja pecado. Pensamos que é sem consequência, mas tem uma consequência no cérebro. A consequência estará relacionada à frequência com que a pessoa faz aquilo. Separar o real vai empobrecer a inteligência, sobretudo nas crianças. 

domingo, 4 de febrero de 2018

Mozart en Broadstairs








Mons. Williamson
Comentarios Eleison

Un mundo desequilibrado, triste, inarmónico
Para formar el alma requiere a Mozart, sabio y jubiloso.

Entre las 18:00 hs. de la tarde del viernes 23 de febrero y el mediodía del domingo 25 de febrero, se llevará a cabo en la Casa Reina de los Mártires en Broadstairs, un modesto fin de semana musical presentando exclusivamente música del famoso compositor austriaco de finales del siglo XVIII, Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791). ¿Por qué música, cuando el mismo tiempo y esfuerzo pueden utilizarse en algo más directamente religioso? ¿Y por qué Mozart en particular?

¿Por qué música? Porque la música es un don de Dios al mundo que Él creó, una expresión de la armonía en el centro de Su universo, al cual responden todos los miembros vivos de ese universo, no solo ángeles y seres humanos, sino incluso animales y plantas a su manera. En cuanto a las plantas, investigadores de Colorado en EUA, construyeron cuatro cajas con idéntica luz, aire, humedad, suelo y plantas en las cuatro, e hicieron sonar en tres de ellas canto gregoriano, música clásica o Rock, mientras que la cuarta fue dejada en silencio. Con el Rock la planta creció pero se marchitó, con el canto floreció, con la música clásica y el silencio el resultado estuvo en medio. En cuanto a los animales, muchos vaqueros ponen en sus establos, a la hora de ordeñar, música tranquila para aumentar la producción de leche, tal como en los supermercados se pone música tranquila para incrementar las compras de los consumidores humanos. ¿Sorprendente? Es Dios quien nos creó y no nosotros mismos (Sal. IC, 3), nosotros somos Sus creaturas con la parte armoniosa que Él diseñó para que desempeñáramos en Su universo como un todo.

martes, 2 de enero de 2018

IMPORTANCIA DE LA CULTURA







Importancia de la Cultura – I


Mons. Williamson
Comentarios Eleison, Número DXLIV (544)
16 de diciembre de 2017


Cuando Dios está “muerto”, muere entonces la cultura.
En el “renacimiento” de Él, radica la única esperanza de ella.

“Cuando escucho la palabra ‘cultura’, busco mi arma”, es una cita famosa (frecuentemente atribuida a Reichsmarchall Göring, pero viene realmente de una obra en Berlín en 1933), la cual puede interpretarse como que la cultura no es la fuente última de los valores que a menudo se le atribuyen. Frecuentemente la palabra sirve como una hoja de parra para cubrir la profunda apostasía de Occidente con una hipocresía vergonzosa pero de larga data, a la que algunos dueños de armas pueden instintivamente tener la tentación de poner fin violentamente. Un (norte) Americano de nuestro tiempo que se da cuenta de que la cultura depende de la religión o de la ausencia de ella es Ron Austin, que ha escrito en el número de diciembre de la revista First things un artículo sobre la cultura pop, argumentando que ni es pop ni es cultura.

Austin es un escritor y productor veterano de Hollywood, que pasó casi medio siglo produciendo cultura pop, principalmente para televisión. Él es un miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias Cinematográficas y también un asociado en la Escuela Dominica de Filosofía y Teología en Berkeley, California, lo que le da por lo menos una idea de la verdadera dimensión de la “cultura”. Por ejemplo, al principio de su artículo él escribe, “La clave para entender la modernidad y su fracaso final radica en los muchos esfuerzos fallidos para encontrar reemplazos para la fe religiosa… Fueron los medios de comunicación masivos los que promovieron una “cultura pop” que fue el sustituto más influyente y poderoso para una significativa visión del mundo…” La cultura pop, dice Austin, es un ídolo…como tal es embustera…no es ni pop ni cultura.

Austin define “pop” como perteneciente más bien al pueblo que a cualquier élite. Admite que la cultura pop tiene un atractivo popular considerable en la actualidad, pero dice que es de naturaleza sintética e industrial, que deriva de una forma de vida no natural u orgánica, por lo que no es realmente popular. La “cultura” es difícil de definir, pero para él significa una forma de vida con valores compartidos que tiene los medios para expresarla. La cultura en este sentido sólo puede crecer orgánicamente como un árbol, con la velocidad natural que no puede ser forzada y requiere una memoria compartida con un sentido del pasado, una continuidad de significado, objetivos y estándares. Pero la “cultura pop” borra el pasado. Por lo tanto no es una verdadera cultura. Austin evoca las décadas de su propia vida desde este punto de vista.

viernes, 8 de septiembre de 2017

"IMAGINE"








SERTORIO

Si la muerte de Europa tiene una canción, sin duda es Imagine, resumen del pensamiento de los sesenta, la década prodigiosa que nos dejó un futuro sembrado de minas que ahora nos estallan en cadena.

Imagine tiene la virtud de su sencillez musical y lírica, que emite ideas muy simples y de una potencia enormemente destructiva. Todo el credo mundialista que nos aflige se concentra en sus elementales estrofas, que llegan a cualquier entendimiento por muy mediano que sea; es la característica de las canciones pegadizas: un mastuerzo puede repetir su letra con la ayuda del ritmo, técnica que está en los orígenes de la expresión poética y que funcionó desde los rapsodas homéricos hasta los romances de ciego. La diferencia es que ahora nuestra capacidad retentiva se halla tan disminuida que sólo unos versos muy breves, como los de Imagine, pueden arraigar en el cerebro sin memoria de las masas. Además, la música llega a la parte emocional de nuestra personalidad, no tiene las intermediaciones más racionales de la literatura o, incluso, de la pintura. Por todo ello, Imagine resulta más destructora que un ejército de blindados y su expansión a lo largo de casi medio siglo así lo demuestra. La ONU no podría escoger un himno que mejor refleje sus fines.

Si resumiésemos el contenido de la canción nos saldría algo como esto: No hay cielo, no hay infierno; la religión, la patria, la propiedad y la moral son malas; si no existiesen, todos viviríamos felices en un mundo unido y en paz. Es un mensaje antiguo, que no ha dejado de sonar en Europa de una manera o de otra desde que Rousseau escribió El Contrato Social y ese monstruo pedagógico que fue Emilio. La ventaja de Lennon sobre el ginebrino es su absoluta falta de nivel intelectual; mientras que los libros de Juan Jacobo se siguen leyendo muy bien y son clásicos de la literatura francesa, en especial sus Rêveries y las siempre apasionantes Confessions, Lennon es un icono de masas, carente de hondura y de estilo, pero que por su misma superficialidad llega magníficamente bien al vulgo. Rousseau exige un esfuerzo intelectual que el hombre sin atributos de la posmodernidad no es capaz de realizar, su intelecto warholiano apenas llega para entender una mínima cancioncilla.

La inteligencia no hace falta en la era de la publicidad, más bien es un estorbo. Eslóganes facilones y cancioncitas pegadizas forjan el alma del consumidor alienado, ese zombi que invade los centros comerciales, se aglomera en los estadios e infesta los grandes museos, donde guarda gigantescas colas para ver lo que no entiende, pero que debe ser muy bueno ya que lo anuncian. Este es el destinatario de Imagine: el rebelde sin causa, el niñato protestón y mimado; el vitellone occidental: frívolo, irresponsable e ignorante, perpetuo hijo tonto de mamá que nunca crece, que ha sido formado en los valores de la Contracultura de los sesenta, pero que vive como un buen burgués, comodón y timorato; un radical limitado siempre por su egotismo; en definitiva, un adolescente perpetuo. Nuestro sistema educativo los produce por millones, son la gran cosecha humana de los últimos sesenta años. A todos ellos, en las clases de Inglés, de Historia, de Ciudadanía o hasta de Religión (de los curas bergoglios libera nos, Domine), se les habrá puesto Imagine Blowin’ in the Wind o We Shall Overcome; nuestros bachilleres no sabrán distinguir Parsifal de La Verbena de la Paloma, pero seguro que reconocen y hasta pueden cantar alguna de esas tres canciones. Y este es el origen de buena parte de nuestros males: la Contracultura ha expulsado de las aulas a la Cultura, y con ella a los valores que han formado nuestra civilización y que ahora hay que desterrar porque resultan maduros, viriles, anticuados, exigentes, incómodos y elitistas. Pero no sólo por eso, en el indisimulado proceso de degradación intelectual y material de los europeos, es más que necesario que los valores que vertebran una sociedad digna desaparezcan o se les contemple como sujetos de irrisión cuando no de repulsa: la patria, la religión, la propiedad, el sacrificio propio, la moral, la familia… todo ello se destruye en aras de la felicidad, algo completamente subjetivo, que depende de los gustos y del momento de cada uno, que sólo puede originar una perpetua insatisfacción y un narcisismo hipertrofiado. La búsqueda de un imposible es el veneno que está destruyendo a Occidente y que nos sumerge en las arenas movedizas del nihilismo. Felicidad es el mito que justifica la ideología de género, el carpe diem vulgar, sin principios ni estética, e incluso la renuncia a la propia defensa y a la propia identidad; es el elemento que desintegra toda pretensión colectiva, toda entrega a una empresa superior. Pero, como le respondió De Gaulle a Emmanuel d’Astier cuando éste le preguntó si era feliz: D'Astier, vous êtes complètement stupide. Le bonheur, ça n’existe pas [D’Astier, usted es completamente estúpido. La felicidad…, eso no existe]Y el ególatra de Colombey tenía razón: la felicidad es tan subjetiva, tan variable y tan efímera que si existe es como un breve soplo, un instante, un fulgor, un estremecimiento, un brevísimo segundo de plenitud y, por lo general, una memoria nada fiable de cuando éramos felices. Algo, curiosamente, muy de quinceañero.

No es de extrañar que, al producirse un atentado islamista, aparte de los peluches, las velitas y los eufemismos al uso, se cante Imagine, que no es sino una forma de cerrar los ojos, como el niño que no quiere ver la dura realidad y se refugia en sus ensoñaciones. Mientras se certifica con sangre que la religión, la patria y el deber existen y exigen, los europeos crepusculares prefieren seguir con su ilusión narcisista y negar lo evidente: Imagine.
   

jueves, 13 de julio de 2017

CANONIZACIÓN LIBERAL


UN CUENTO DE HADAS




Queridos amigos y benefactores, permítanme contarles un cuento de hadas.
Había una vez una pequeña y linda niña nacida en una familia que ocupaba un alto rango en el reino. Su nombre era Diana. Por supuesto, su padre y ma­dre habrían debido comportarse de acuerdo a su ran­go, porque para eso están las clases altas. Desafortu­nadamente, cuando Diana tenía sólo seis años de edad, su madre se escapó de su hogar, lo que fue un mal ejemplo y un cruel golpe para todos los niños de la familia.
De todos modos, Diana creció y se convirtió en una hermosa joven mujer que amaba ir a fiestas. He­te aquí que el Príncipe del reino y heredero del trono era unos cuantos años mayor que Diana y no le gus­taban las fiestas; amaba a una mujer llamada Camila, pero Camila estaba casada con otro hombre. Así, cuando el Príncipe se encontró con Diana, ambos se enamoraron y se unieron en matrimonio. La boda fue como un cuento de hadas. Todos los súbditos es­taban alegres con su nueva Princesa; era la delicia del reino.
Cuando se convirtió en la madre de dos saluda­bles hijos, William y Henry, que podrían luego suce­der en el trono de su marido, los súbditos estaban aún más contentos. Pero las cosas no iban bien entre el Príncipe y la Princesa. Ambos amaban a sus hijos, pero ya no se tenían más amor mutuo. Y así, a pesar de que como heredero y heredera al trono ellos habrían debido dar el mejor ejemplo al reino, el Prínci­pe aún amaba a Camila y la Princesa aún amaba el ti­po de fiestas que tal vez fueran más adecuadas para jóvenes solteras, pero ciertamente no para una futura Reina. Como resultado, cada uno de ellos le fue in­fiel al otro, comenzando de allí en más a vivir desdi­chadamente.
Ahora bien, si se hubieran guardado esa desdicha para sí, tal vez habrían salvado el hogar para sus hi­jos. O si hubieran permitido que muy pocos supie­ran de sus respectivas infidelidades a los votos matri­moniales, tal vez no hubieran dado mal ejemplo a los súbditos. Pero los súbditos de este reino eran corrup­tos. No les molestaba el mal ejemplo, tal vez porque el mismo les permitía estar más libres para ser infie­les ellos mismos.

martes, 16 de agosto de 2016

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS





El reciente episodio protagonizado por esa piltrafa llamada Gustavo Cordera es un símbolo de nuestra tan mentada transformación cultural. Nada más progre que Cordera, nada más repugnante. Este individuo epiceno y embotado se jacta de haber asistido a varias sesiones de ayauhasca en la selva, ritual cool si los hay en la progresía sedienta de pseudomísticas. Condensó su evangelio humanocéntrico en la obscena Soy mi Soberano, que podría haber sido redactada por un ángel caído si se perdonan los ripios y las torpezas. Mostró obscenidades y vulgaridades y todo con un fuerte sentido luciferino, detectable en otros exponentes de nuestra gloriosa subcultura –como el conjunto preferido de Aníbal Fernández- formada por el humus y las heces de la droga, el resentimiento, la abyección y la náusea.

Las bellas almas de la progresía se rasgan ahora las vestiduras, porque el sujeto en cuestión exaltó el estupro y aseguró que ciertas mujeres necesitaban ser violadas.  Novaresio mesó sus barbas, Domán estalló en indignación, la directora de Barcelona –tan luego- se ofendió. Y sin embargo, las declaraciones de Cordera ilustran el fondo nihilista y característico de la moral de horda de la versión progresista del pensamiento latinoamericano. Mientras que en otras latitudes viste tweed, se expresa con rigurosidad y eventualmente mantiene ciertas formas que tienden al paganismo, el progresismo argentino y latinoamericano no es más que el retroceso al estado de barbarie prehispánica, la degradación entrópica de la cultura en horda, sobre todo en lo sexual, en la transgresión del incesto, en la abyección que campeaba por sus fueros antes de que el glorioso Portador de Cristo pisara tierra americana. El Kirchnerismo oficializó esa cultura el día que elevó a status matrimonial el “casamiento homosexual” y una Morsa de bigotes blanquecinos defendía a los pibes y a la legalización de la droga. El mal trabajo se hizo mal, y hoy la sociedad se divide entre progres enragé y progres moderados, más un enorme rebaño de corderos en silencio que engullen los pastos de los tópicos progres con mansedumbre.