sábado, 3 de agosto de 2013

LIBRO RECOMENDADO: “DE PATAGONES A CROMAGNON” DE GUILLERMO ROJAS





Introducción

Inicié este trabajo cuando todavía quemaban las imá­genes de una tragedia que enlutó el fin del año 2004 de todas las familias argentinas, y digo “todas” porque quien más, quien menos, aquellos que tenemos hijos nos vimos sacudidos con las imágenes que transmitían los medios masivos de comunicación, que además de competir en sensacionalismo y morbo, ilustraban sobre la magnitud del drama que se había descargado aquel malhadado 30 de diciembre.
Los mares de tinta y de palabras, que luego se de­rramarían sobre la sociedad espantada, no harían más que confirmar lo que ya se sabe con referencia a determina­dos hechos conmocionantes. Terminan siendo pasto de la política partidocrática que a la hora de poner la cara suele ser bastante arisca y cobarde. Confirman también algo que me dijera entre gracioso y cínico un canillita: los políticos no le ponen el pecho ni a la camiseta. Justamente es eso tan cierto que quedó palmariamente demostrado en maratónicas sesiones de legislatura y en días y días de colecta de firmas para eventuales plebiscitos que intenta­ran lavar la imagen del principal responsable del gobier­no de la Ciudad de Buenos Aires. Los posteriores y es­candalosos caminos judiciales que tomó la causa penal iniciada por aquellos hechos hacen necesaria una disec­ción de la cuestión de fondo, que rebasa lo meramente fáctico, circunstancial u observable a simple vista. Lo mis­mo podría decirse de todo el sainete que culminara con la remoción, del Lord Mayor, empeñado hasta último mo­mento en mantenerse atornillado a su asiento.
Es indudable que el poder tiene un sofisticado y retorcido aparato para distorsionar, deformar y convertir en ininteligible lo que en principio es simple. Este aparato comienza a funcionar a la hora en que los responsables de dicho poder tienen que rendir cuentas.
Quiero desde ya advertir que esto que escribo no está orientado a realizar la crítica circunstancial, la crítica del chiquitaje como se diría, ni siquiera voy a hablar o a referirme en profundidad o en detalle a los hechos puntuales en sí. No estará orientado a hablar de consecuencias sino de causas. No está direccionado a hablar de la falta de seguridad, de la corrupción de los inspectores y funcionarios amén de la de dueños de locales de espectáculos, sino que trata de ver un poco más allá y de caracterizar un conjunto de síntomas alarmantes que evidencia, desde hace ya varios años, la sociedad argentina y que es corolario de diversos factores, pero que tienen un eje sobre el cual giran todos ellos: la anomia, el nihilismo moral, intelectual y práctico y la demolición de los valores; la destrucción de la cultura. Son esos síntomas, son esas formas de comportamiento social los que determinan todo lo demás.
Es, al mismo tiempo, esta modalidad de comportamiento algo que se ha venido fomentando desde el poder no solo con los malos ejemplos sino con la prédica ideológica que se desprende del mismo sistema, origen y punto de partida de la serie de conductas mencionadas. Un sistema que ha creado un ambiente propenso a las mismas, un ambiente que las incentiva, las alaba, ponderando a su vez a los ejecutores, cuando no premiándolos o indemnizándolos en caso de haber sido reprimidos, colocándolos ante la masa de la población, en muchos casos, como ejemplos a seguir.
Hay una suerte de filosofía que se ha dedicado a justificar y ensalzar las conductas que aquí comentaré. Una especie de cátedra permanente destinada a hacer simpáticas esas conductas, a difundirlas y aplaudir a sus ejecutores.
Hay un espíritu general en la sociedad y en quienes la conducen que cree que dichas actitudes son positivas, creativas y transgresoras de normas sociales retrógradas o inservibles, sobrevivientes de épocas oscuras o castradoras y tratan de promoverlas o al menos de comprenderlas utilizando para ello una suerte de aparato intelectual compuesto de un conjunto de pensamientos simplistas y sentimentaloides o directamente perversos.
Frases hechas y lugares comunes que se repiten como letanía con los que se trata de aventar cualquier crítica o de desacreditar y estigmatizar especialmente con argumentaciones ad hominem a quienes las hacen. Esa filosofía, ese espíritu y esa cátedra son parte indisoluble del denominado progresismo, un espectro con el que, desde hace décadas, se está disolviendo cultural, espiritual, política y socialmente a nuestro país. Verdadera peste intelectual importada, promovida y copiada del exterior y que ya ha pasado, en estas latitudes, de una moda pasajera o una inclinación política, a ser algo muy parecido a una enfermedad psicopática de muchos que detentan el poder o que se autotitulan personajes de la cultura.



Del poder, ha pasado a la sociedad por la vía de la propaganda, de los medios de comunicación (los periodistas suelen ser propensos a esa suerte de plaga), o de las medidas políticas concretas de gobierno y de la currícula educativa.
Las mismas consecuencias judiciales y políticas de esta masacre desnudan la perversa madeja que enlaza a ese progresismo que ejerce el poder con la sociedad a la que ha confundido, anarquizado y desquiciado de mil maneras.
Esa derivación político-judicial nos demuestra dicha confusión y desquicio, cuando esa sociedad, en la persona de los allegados a las víctimas de la catástrofe (padres, familiares, amigos), aun posiblemente no entiendan que no se puede execrar de las consecuencias mientras se alaban y ponderan las causas que las hacen posibles.
A la crítica de ese meollo me remitiré, la crítica de la “ortodoxia” cultural pública del régimen, que, trasladada al seno de la sociedad civil, es la principal responsable de este y otros desaguisados.
Quiero además que este breve trabajo sirva para comprender mejor, y para que nos demos cuenta de que fomentando dichas conductas y dichas inclinaciones, no crecemos, no contamos con más libertad, no progresamos, no aumentamos nuestros derechos, sino que nos descomponemos cada vez más como sociedad y que nos arriesgamos a ser tragados por abismos como el que pudimos apreciar y que nos lacerara aquel 30 de diciembre.
Mientras sigan subyacentes las causas culturales y espirituales, cuyo origen está en el corazón mismo del sistema en el que nos movemos, nos agobia, y que hoy nutre principalmente el ideario colectivo, el peligro de nuevos desastres de éste y de otro tipo se encuentra latente.
Anteriormente a lo de la discoteca Cromagnon, otros hechos terribles se habían producido, que involucraban en gran medida a todo ese entorno cultural que trataré de describir, especialmente el espeluznante múltiple homicidio de Patagones que ilustra como título este trabajo.
Estos y otros sucesos dejan a la vista que esa patología social ya mencionada gira sobre ciertas pautas, las mismas en general que determinaron la concatenación de causas que produjo la masacre de Once.
Especialmente analizaré la denominada sub-cultura rock y su relación con estos hechos. Dicha subcultura es, a mi parecer, puntal en lo que respecta a las actitudes sociales ya mencionadas, es un anexo de la cultura progresista, destinada a los jóvenes.
No es inocente, neutro, ni casual que dicha subcultura sea permanentemente promocionada desde el Estado mismo con un importante aparataje propagandístico.
Por otro lado, no se ha escuchado ni palabra en los medios, que amagara alguna crítica a la misma. En ellos es lógico. ¿Qué periodista hoy en día se atreve a poner en tela de juicio esta subcultura y a sus "ídolos" más destacados? ¿Quién se atreve a decir que exalta actitudes disvaliosas y antivalores como si fueran cosas loables? ¿Quiénes, de los que se dicen preocupados desde el poder por la drogadicción que avanza a pasos de gigante, se anima a decir que esta subcultura es una de las más importantes vidrieras que tiene el tráfico y consumo de narcóticos, que empieza por las canciones de los conjuntos, sigue en las actitudes de las stars y de los fans y termina directamente en el negocio de los narcoempresarios? ¿Quién se pone la mochila de plomo diciendo que esta subcultura tiene muchísimo que ver con los hechos trágicos que conocemos? Sería tocar una de las más importantes estructuras de control social que existen en el presente, sería malquistarse con las empresas que ganan millones de dólares con este fenómeno y hacen ganar millones a esos medios.
Por último, ¿quién se va a animar a decir que toda esta subcultura forma parte de una sutil aunque masiva agresión contra el país y que tiende a destruir todos los valores que tengan que ver con la religión, con el patriotismo y la preservación del entorno familiar y que es tributaria de un vasto y mundial movimiento contracultural cuyo norte, en un principio, orientado por la URSS, fue la descomposición cultural de Occidente y hoy reciclado por el Imperio tiene como fin un mejor control de grandes masas de población en base al ablandamiento moral, la difusión de los narcóticos y el alcohol y consiguientemente la estupidización de la gente joven, justamente la que tiene mayor energía potencial para resistir a sus designios? En definitiva, una de las tantas agresiones de la cultura globalizada contra el último refugio del hombre individual, constituido por sus creencias religiosas y tradiciones, su nación y su propio hogar.
Los dueños de los medios no van a “bancarse” ese lucro cesante, prefieren mirar para otro lado, ver sólo las consecuencias y ni hablar, ni referirse a las causas. Sí hacer sensacionalismo barato sobre la base de los cadáveres y los detalles morbosos para desviar la atención hacia lo accesorio y no mirar lo principal.


En pocas palabras, lo que encararé es un breve estudio sobre las causas culturales y morales de estos hechos tan desgraciados, que han sorprendido y horrorizado a todos, causas que interactúan con una serie de acontecimientos políticos y económicos que han llevado al país a un estado permanente de caótica guerra social y a ser una suerte de páramo donde las nuevas generaciones de compatriotas, huérfanas de futuro, se debaten entre la miseria económica y moral, la ignorancia más cruda, el paro laboral, la imbecilización mediática, las adicciones, el delito, la protesta rentada e inconducente o el clientelismo político.
Nos debemos una lectura más profunda de la realidad argentina, una lectura que perfore el piso que le fijan los grupos que hegemonizan el poder y los medios de comunicación del sistema.
Me han dicho que la sangre seca rápido y que en un tiempo ya nadie se acordará de estos temas. Puede ser. Pero peor sería que de ello no sacáramos experiencia, que ni siquiera nos percatáramos de las causas profundas de los hechos y que siguiéramos tropezando con la misma piedra y cambiando de figuras políticas o de funcionarios, cuando las ideas que subyacen en la sociedad, de donde esos funcionarios salen, y en el sistema en sí, sean las mismas y se continúen llevando a la práctica con los resultados catastróficos de todo orden que tenemos a la vista.
No es casual que el mayor estrago no natural que haya tenido que soportar la Argentina involucre a los personajes que involucra y a la cultura a la que estos pertenecen.
Nada se podrá hacer sin que antes no nos demos cuenta que Chabán, Callejeros, Ibarra y los miembros de su gobierno, los jueces que dejaron en libertad al primero y cientos más con la misma tendencia, tanto como Kirchner y los legisladores que los han propuesto y designado como magistrados, son tributarios, con ínfimas variantes, de la misma cultura, del mismo sistema de pensamiento y por ello tienen la misma inclinación del espíritu. Sólo cuando tengamos pleno convencimiento de esta verdad, podremos ir con el cuchillo hasta el hueso para extirpar este verdadero tumor que corroe las entrañas de nuestra sociedad, y del cual hechos como el de Cromagnon y otros similares son solo síntomas.


Guillermo Rojas, “De Patagones a Cromagnon”, Editorial Santiago Apóstol, 2006.