sábado, 10 de agosto de 2013

LA LUCHA POR LA REALIDAD


por Aníbal D’Angelo Rodríguez


Con motivo de la espantosa masacre de alumnos en Carmen de Patagones, cada diario, cada especialista, emitió su opinión sobre las causas de la tragedia. Pero en Clarín del 30 de Septiembre habló alguien con conocimiento suficiente como para que su testimonio pueda servir de explicación. Se trata de uno de los (pocos) ami­gos del autor de los asesinatos, que cuenta: “se vestía siempre de negro, con remeras de Marilyn Manson. Escu­chaba Manson, Mettalica, System of a Down. Y hacía dibujos satánicos (muestra cruces en llamas invertidas y cabezas atravesadas por cuchillos). Le gustaba la cruz invertida, que significa que estás del lado del diablo y no creés en Dios...”.
La atroz batalla cultural que se está dando en nuestro mundo tiene varias posibles descripciones. Con San Agustín, podríamos hablar, por ejemplo, de la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre. Pero la batalla tiene hoy una dimensión que me parece la que mejor la describe. Me refiero a la lucha por lo real. ¿Qué es, en efecto, lo real? La cultura moderna sostiene que lo real comienza y termina en la naturaleza como escenario y el hombre como autor. Dios es, en esta perspectiva, una tormenta dentro de nuestro cráneo, un impulso eléctrico que cir­cula entre las sinapsis del cerebro y no pasa de allí. Cuando oramos, simplemente ponemos en marcha un he­misferio cerebral pero nuestra súplica jamás sale de allí.
Para nosotros, en cambio, la realidad no se agota en la naturaleza que encuentra el hombre y la cultura con que intenta adaptarse a ella. Hay también el mundo de lo sobrenatural, hay Dios y todos los que lo rodean: hay ángeles y arcángeles, hay Santos que ya comparten esa otra forma de la realidad, tan real como nuestro mundo visible.



En el medio quedan todas las víctimas de la modernidad, como el jovencito que en una ciudad perdida de nuestro perdido sur masacró a sus compañeros. El mundo plano, unidimensional y vacío de nuestra era no les basta. No le puede bastar a nadie, porque es un mundo espantoso que nos deja solos frente a un vacío imposi­ble de colmar.
En cambio, la realidad en el que nosotros creemos, la verdaderamente existente, les es ajena, porque el mun­do moderno les ha cegado los ojos del alma. Entonces ese mundo, que comenzó con una apelación a la racionalidad, los hace sucumbir ante la más absurda de las irracionalidades y preferir al diablo antes que a Dios, la cruz invertida antes que el madero de la salvación.
Ahora se precipitarán sobre el chico convertido en criminal una nube de psicólogos, psiquiatras y terapeutas de vuelo corto. Intentarán convencerlo de la irracionalidad de su creencia en el diablo. Cuando terminen con él habrán dejado un robot más que quizás no sea autor de más muertes, pero no será -mucho me temo- porque haya entendido la vida sino porque habrán terminado de vaciarle el alma.