martes, 16 de agosto de 2016

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS





El reciente episodio protagonizado por esa piltrafa llamada Gustavo Cordera es un símbolo de nuestra tan mentada transformación cultural. Nada más progre que Cordera, nada más repugnante. Este individuo epiceno y embotado se jacta de haber asistido a varias sesiones de ayauhasca en la selva, ritual cool si los hay en la progresía sedienta de pseudomísticas. Condensó su evangelio humanocéntrico en la obscena Soy mi Soberano, que podría haber sido redactada por un ángel caído si se perdonan los ripios y las torpezas. Mostró obscenidades y vulgaridades y todo con un fuerte sentido luciferino, detectable en otros exponentes de nuestra gloriosa subcultura –como el conjunto preferido de Aníbal Fernández- formada por el humus y las heces de la droga, el resentimiento, la abyección y la náusea.

Las bellas almas de la progresía se rasgan ahora las vestiduras, porque el sujeto en cuestión exaltó el estupro y aseguró que ciertas mujeres necesitaban ser violadas.  Novaresio mesó sus barbas, Domán estalló en indignación, la directora de Barcelona –tan luego- se ofendió. Y sin embargo, las declaraciones de Cordera ilustran el fondo nihilista y característico de la moral de horda de la versión progresista del pensamiento latinoamericano. Mientras que en otras latitudes viste tweed, se expresa con rigurosidad y eventualmente mantiene ciertas formas que tienden al paganismo, el progresismo argentino y latinoamericano no es más que el retroceso al estado de barbarie prehispánica, la degradación entrópica de la cultura en horda, sobre todo en lo sexual, en la transgresión del incesto, en la abyección que campeaba por sus fueros antes de que el glorioso Portador de Cristo pisara tierra americana. El Kirchnerismo oficializó esa cultura el día que elevó a status matrimonial el “casamiento homosexual” y una Morsa de bigotes blanquecinos defendía a los pibes y a la legalización de la droga. El mal trabajo se hizo mal, y hoy la sociedad se divide entre progres enragé y progres moderados, más un enorme rebaño de corderos en silencio que engullen los pastos de los tópicos progres con mansedumbre.

lunes, 15 de agosto de 2016

LA MUJER MODERNA




La mujer moderna se ha hecho igual al hombre, pero no es feliz. Ella se ha “emancipado”, lo mismo que un péndulo quitado de un reloj que ya no cuenta con la libertad de mecerse, o como una flor que ha sido librada de sus raíces. Ella se ha devaluado en su búsqueda de la igualdad matemática en dos formas: al convertirse en una víctima del hombre y en una víctima de la máquina. Ella se convirtió en una víc­tima del hombre al convertirse únicamente en el ins­trumento de su placer y atendiendo a sus necesidades en un intercambio estéril de egoísmos. Se convirtió en víctima de la máquina al subordinar el principio crea­dor de la vida a la producción de las cosas que no tienen vida, lo cual es la esencia del comunismo.

No se trata de condenar a la mujer profesional, ya que la pregunta importante no es si una mujer en­cuentra favor a los ojos de un hombre, sino más bien si ella puede satisfacer los instintos básicos de la mu­jer. El problema de una mujer es ver si a ciertas cualidades otorgadas por Dios y que son específica­mente de ella, se les está dando una expresión total y adecuada. Estas cualidades son principalmente devo­ción, sacrificio y amor. Éstas no necesariamente deben expresarse en una familia, ni siquiera en un convento. Pueden encontrar una aplicación en el mundo social, en el cuidado de los enfermos, los pobres, los igno­rantes; en las siete obras corporales de misericordia. Algunas veces se ha dicho que la mujer profesional es dura. Esto puede ser cierto, en algunos momentos, pero si es así no es debido a que tenga una profesión, sino porque ella ha separado su profesión del con­tacto con los seres humanos, de modo de poder satis­facer las más profundas ansiedades de su corazón. Pue­de ser muy posible que el actuar contra la moral y la exaltación de los placeres sensuales como propósito en la vida, se deban a la pérdida del objeto espiri­tual de la existencia. Después de sentirse frustradas y desilusionadas, estas almas se aburren, primero, luego adoptan el cinismo y finalmente el suicidio.