sábado, 28 de septiembre de 2013

PROGRESISMO Y LIBERALISMO ECONÓMICO: MONSTRUO BICÉFALO




por Guillermo Rojas
(“De Patagones a Cromagnon”)

Cuando hablamos de las características del pro­gresismo dijimos que se mueve en el ámbito de la cultu­ra y que se trata de la incorporación al sistema de la globalidad de los residuos del marxismo reciclados.
Particularmente en nuestro país hace más de 20 años que forma parte del poder junto con los epígonos de la economía capitalista. Capas geológicas de estos persona­jes se han eternizado en las áreas de educación y cultura, tanto nacionales como de las diferentes provincias, implementando planes educativos de los “más modernos” (FLACSO) convirtiendo la educación en una suerte de caos. Han manejado la cultura a sus anchas internalizando en la gente todos y cada uno de sus mitos y clichés.
En determinadas áreas de seguridad, en algunas policías y en la justicia han tenido una principal partici­pación con el corolario de inseguridad e impunidad de la delincuencia vastamente conocidos. Han cogobernado con cualquier gobierno que fuera, desde 1983, incluido el por ellos odiado presidido por Menem. Por ello no pue­den hacerse los desentendidos de una parte de la reali­dad que ellos mismos han contribuido a formar con sus postulados desquiciantes. Podemos reiterar entonces lo dicho en su oportunidad con referencia a la conforma­ción del sistema político en sí y su incidencia en la po­blación, especialmente en los jóvenes.
En efecto la segregación hacia los márgenes del sis­tema de amplísimas capas de la sociedad impulsadas por el horror económico, la desaparición lisa y llana del Esta­do como elemento de contrapeso en las relaciones des­iguales entre particulares y la deserción del mismo en la provisión de los servicios que le son propios como la sa­lud, la educación...la seguridad, han llevado a una im­portante porción de los argentinos a vivir bajo el paraguas de la Providencia.
La reestructuración del capitalismo, vigente desde hace treinta años, ha acarreado el cierre de innumerables fuentes de trabajo, determinando niveles elevadísimos de desocupación y subocupación, así como la extranjerización permanente de recursos sobre la base del pago de los servicios de una deuda impagable, sustrayendo esos recur­sos y riquezas para engrosar las arcas de la usura interna­cional. Todo esto fue realizado durante la plena vigencia de la sacrosanta democracia y por medio de la partidocracia que, en forma hipócrita o esquizofrénica, se rasga las vestiduras hablando de los pobres y los marginados cuando ella misma los fabrica. Solo este año se extranjerizarán cer­ca de 10.000 millones de dólares.
Se agrega a la vertiente económica del sistema lo cultural o psicosocial, que determina una suerte de anomia de la sociedad y más aún de las porciones más jóvenes de la misma que se desenvuelven en un ámbito de per­manente disolución y cuestionamiento de valores antes incuestionables. La desaparición de la idea de pertenen­cia a una nación, a una familia, la difusión de la cultura de las drogas y de la música basura que la propagandiza (rock, punk-rock, cumbia villera) disfrazada en muchos casos con el manto de una suerte de contestación social, el estímulo de conductas indecorosas y de destrucción de la moral sexual, especialmente desde los diferentes medios de comunicación, como la TV con sus espectácu­los grotescos o bizarros profundamente imbecilizantes, la prolongada exposición a actividades “opiáceas” como el fútbol y los espectáculos deportivos elevados al rango de “cuestiones importantes”.
Muchas de las cosas reseñadas son elementos pre­dilectos de manipulación del progresismo, esa mixtura in­forme de neomarxismo de Frankfurt, gramscismo y freu­dismo psicoanalítico que durante estos últimos 20 años ha pasado de hacer la crítica del discurso dominante a ser el discurso del régimen en la cultura y especialmente en los medios de comunicación masiva, desde donde se ha dedicado con empeño a la destrucción del principio de autoridad, de la unidad de la familia y de los valores inculcados en el hogar especialmente en lo relacionado a la religión y la ética, el honor y el patriotismo tratando de identificarlos con el nazismo, el autoritarismo o “la dictadura”, tal como hoy en día hacen con aquellos que piden seguridad y protección contra el crimen desbordado.
Todo aquello que huela a autoridad, a freno de la libertad en clave de desborde o caos, será inmediatamente descalificado, estigmatizado, ridiculizado. Así el militar será siempre un genocida, el policía un asesino represor y coimero, los padres serán castradores del hijo, los sacerdotes y religiosos hipócritas libidinosos. Los próceres y modelos del pasado histórico serán descalificados y rebajados a la categoría de viciosos, egoístas ambiciosos o vulgares depravados. La verdadera memoria histórica pervertida y sustituida por mitos descerebrantes y mentiras repetidas y grabadas sobre la base de la propaganda ideológica (30.000 desaparecidos).
Así se va fomentando un hombre anómico y desarraigado, sin límite moral de ninguna naturaleza, inclinado a satisfacer sus necesidades y las que le crean desde la propaganda de los mismos medios de comunicación que lo destruyen moralmente. Necesidades de dinero, de disfrute de bienes materiales y de sexo. Un hombre sin referentes, sin arraigo, intoxicado en muchos casos por la narcodependencia o el alcohol. Un hombre que será un barril de pólvora que explotará contra la sociedad que lo margina económicamente, que le pasa permanentemente por las narices cosas y disfrutes que no puede adquirir de otra forma que no sea mediante el delito. Hombre al que, al mismo tiempo, se le han destruido todos los parámetros, modelos a imitar y pautas y frenos morales haciéndosele creer, en muchos casos, que su acción es una contestación al sistema.

Progre: alguien de izquierda que se beneficia del capitalismo que hambrea y corrompe a la gente a la que le compone canciones. León Gieco disfrazado de guerrillero fashion para la revista Rolling Stone.

Esta es la mezcla explosiva que deja a la vista una verdadera guerra social desatada en el cuerpo maltratado de nuestra Nación y hace sospechar la acción deliberada, en toda esta cuestión, de fuerzas exógenas que tratan de profundizar la disolución en la que nos estamos sumiendo.
No obstante lo reseñado el progresismo se hace el desentendido sobre lo que ha contribuido a edificar o a “construir” usando un verbo que tanto les agrada. Ha contribuido a construir la deconstrucción de todos y cada uno de los valores que son el andamiaje de una sociedad, conjuntamente con sus archienemigos declamados, los epígonos del neoliberalismo. Han abonado junto a estos la dilución del poder del Estado beneficiando con ello a la globalidad.
Si la reestructuración del capitalismo mandaba a la ruina económica a una familia, ellos la intoxicaban encima con pansexualismo, destrucción de la autoridad del padre, permisividad absoluta para los hijos como un derecho humano más, propaganda sobre la liberación de las drogas blandas (marihuana) a lo que se anexaba el bombardeo permanente con chatarra cultural en la que descollaba el rock y otras manifestaciones más o menos infames.
Así si el Poder Internacional del Dinero vaciaba económicamente al país, ellos predicaban que el amor a la patria era fascismo o nazismo, que los militares eran genocidas, y deconstruían la figura de los próceres para dejarlos como meros delincuentes ambiciosos o vulgares tránsfugas so capa de desmitificarlos. Predicaban permanentemente el desarraigo del hombre, del último reducto que la globalidad le dejaba en pie: el lugar, el país donde había llegado al mundo y la familia donde había dado los primeros pasos, fomentando aún más el desquicio.
Si a causa de todo esto la moral media y la ética descendían a niveles de subterraneidad, ellos predicaban que la religión era un engaño, solo un sistema de control de mentes por parte de instituciones guiadas siempre por oscuros intereses, cuyos miembros eran solo hipócritas y depravados.
Si la seguridad de la población obligaba a la gente honesta y trabajadora a vivir detrás de rejas, ellos mediante el abolicionismo penal mostraban que quien delinque se la “lleva siempre de arriba”. Mostraban que el crimen sí paga y que la crítica que hacen de la impunidad sólo es una pose. Liberaban como si tal cosa a los peores delincuentes llamándolos presos sociales.
El progresismo y el liberalismo económico no son dos tendencias en permanente pelea sino dos complementos en la destrucción permanente de la Argentina.
Lo peor es que pese a estar en el poder aquellos solían (y suelen) hacer permanentemente como si fueran oposición o resistencia al sistema. El sistema que gobierna actualmente la Argentina es un cuerpo con dos cabezas, ambas se pelean echándose mutuamente culpas pero el cuerpo sabe bien adónde va.
El sistema que ha arrojado a los jóvenes a la situación que describíamos en los primeros capítulos está indisolublemente formado por el progresismo, su substrato cultural es el progresismo, el rock es un subproducto de ese sustrato.

Los progresistas que critican están criticando aquello que han contribuido a formar destruyendo todos y cada uno de los valores que no solo estructuraban la nación sino que impedían también con trabas morales y principios éticos la proliferación del capitalismo salvaje, la amoralidad que representa la explotación y el hambre que tanto critican.