martes, 17 de septiembre de 2013

CANTAN CANCIONES QUE LOS ENAJENAN





por Eugenio d’Ors
(de su libro “La civilización en la historia”, 1928)


La cosmografía de Galileo y de Copérnico tiene las más importantes correspondencias en el ámbito de la cultura general. El hombre, al no ver ya en la tierra el centro del uni­verso, se acostumbra a no considerarse ya a sí mismo como el fin de la creación. Su atención se vierte, pues, a la naturaleza, con su inmensidad, con su fuerza avasalladora y tiende a disminuir el limitado valor de lo humano; así el humanismo va cediendo poco a poco lugar a un panteísmo, unas veces doctrinalmente formulado, otras veces inconscientemente sentido. En lo formal, este progresivo estado de espíritu se traduce en el estilo barroco, estilo naturalista, que sucede al clásico, propio del humanismo. Las figuras en aquél son como arrastradas por el impulso de las corrientes, y consiguientemente la inspiración del factor “tiempo” pasa a anteponerse a la inspiración del “espacio”. Esto se muestra muy claramente en las artes; pero entre ellas las figurativas resisten más, como es natural, a la deshumanización: ¿cómo imaginar una escuela de escultura que prescinde de la consideración fundamental del cuerpo humano? En cambio, y colocándonos en el otro extremo, ¿no ha de parecer siempre difícil la imposición a la música de un contorno figurativo? ¿No se presenta en ella una fuerza análoga en carácter y en amplitud a las fuerzas del cosmos? A medida que la Edad Moderna avanza, enriquece e intensifica la música su florecer. Así como la plenitud del arte pictórico ocurre entre los siglos XVI y XVII, el de la música encuentra secular ocasión entre el XVII y el XIX. Desde el principio de la carrera de Juan Sebastián Bach hasta el de la muerte de Richard Wagner, cinco o seis generaciones dan aproximadamente todos los grandes nombres que ha lanzado a la gloria el arte musical. No quiere decir que los tiempos anteriores no los hayan conocido preclaros. Los del italiano Palestrina, los de los españoles Cabezón y Victoria, van ligados a la transformación de la música religiosa por la entrada en ella de la llamada polifonía, que, empleando la variedad simultánea de los sonidos, envolvía las puras combinaciones matemáticas propias del antiguo “canto llano” en el colorido de la expresión sentimental. A lo numeral va así ganando terreno lo expresivo. Al mismo paso, el arte musical se laiciza. Del templo pasa a los palacios reales; a través de éstos llega al público y acentúa su predilección por las manifestaciones teatrales y por los grandes conciertos, para cuya audición se forman sociedades en las metrópolis artísticas. Entre aquellas manifestaciones inicia el siglo XVII el drama lírico, en Francia; las zarzuelas, en España; el siglo XVIII, la ópera bufa, en Nápoles; la ópera cómica, en París, hasta cuajar en la institución de la “ópera italiana”, institución social y mundana tanto como lírica, apoteosis del bel canto, mantenida en un ambiente más o menos artificioso, hasta que, en las luchas de Gluck, adquiere un carácter totalmente dramático más o menos seguido por sus sucesores y en que el genio de Mozart crea maravillas de perdurable juventud. Paralelamente, en audiciones y conciertos se inician y prosperan nuevos géneros: la cantata, la sonata, el oratorio, la llamada “música de cámara”, la sinfonía, en fin. La serie de las nueve grandes sinfonías de Beethoven señala la hora cumbre de la música sinfónica, ya en pleno romanticismo. Otros instrumentos de comunión popular con la música se ligan a éste: el piano, sucesor del antiguo clave, con su invención y difusión, característica éste de la educación burguesa del siglo XIX; el “lied”, con el sentimentalismo de las romanzas y su obvia comunicación con lo folklórico. La música ha ido así al pueblo; su inspiración se encuentra cada día más en la naturaleza, en el paisaje. Y de la naturaleza, a lo más profundo, a lo inconsciente. Las elucidaciones de Schopenhauer y de Wagner descubren a la música su ley trascendental de inconsciencia. El mismo impulso va acercándola a otro elemento también oscuro: la nación; el nacionalismo musical se encuentra instaurado en todo el mundo a fines del siglo XIX. En este suntuoso banquete sensual, el cosmos está a punto de devorar al hombre. Se espera, se necesita una reacción. Pero, mientras tanto, lo que domina en el ambiente es la descomposición, iniciada por el impresionismo de Debussy y llevada más tarde a una sensual ultranza, a las últimas consecuencias significadas por episodios ulteriores, más característicos todavía; así los “bailes rusos” en los comienzos del siglo presente, con el triunfo de la música colorista en ellos implicada, y la más reciente aún tiranía del “jazz” americano, de inspiración afronegra y contenido primitivista y anárquico.