viernes, 20 de septiembre de 2013

EL HEDONISMO




por P. Alfredo Sáenz, S.J.
(de su libro “El hombre moderno”)

Junto con la actitud consumista, el hombre mo­derno se caracteriza por una pronunciada tenden­cia al hedonismo. ¿Qué es el hedonismo? Esta palabra viene del griego, edoné, que significa placer. El origen último del hedonismo es de índole filosó­fica, ya que propiamente el hedonismo es un sis­tema filosófico, atinente al campo de la moral, que hace consistir el bien en el placer. Según esta ma­nera de ver, el hombre encuentra su felicidad plenaria en el placer, el placer actual, inmediato, sensi­ble. El hombre, según los hedonistas, está sujeto a la soberanía del instante; la previsión, el anhelo de un placer futuro lleva siempre consigo cierta in­quietud e inseguridad, y, por lo mismo, su espera implica una cuota de dolor, que se trata de rehuir experimentando un nuevo placer lo más rápida­mente posible. Interpretada rigurosamente, la mo­ral del hedonismo presupone la superioridad del placer físico sobre el moral, y el principio del egoís­mo, mi placer sobre todo. Excluye, asimismo, toda moderación en la búsqueda de la dicha. No importa lo que la moral diga de cada acto; lo impor­tante es el placer que en ellos pueda encontrarse.
Resulta evidente que el hombre de nuestro tiem­po parece abocado a satisfacer febrilmente su an­sia de placeres, sean ellos honestos o no. Se trata de pasarla lo mejor posible, a costa de lo que fuere, en busca incesante de sensaciones placenteras, siempre nuevas y cada vez más excitantes. Como afirma Viktor Frankl, “en lugar de la primera orien­tación del hombre a un sentido se ha puesto su pretendida determinación por los instintos, y en lugar de su tendencia a los valores, que tan característica es del hombre, se ha puesto una tendencia ciega al placer” (1). De ahí brota ese hombre frívolo, que tanto conocemos, impermeable a todo lo que sea espiritual o incluso cultural.
Marcel de Corte ha contrastado dicha actitud con la del hombre tradicional. Cuando la moral era reconocida socialmente, traduciéndose en costumbres sanas, fundadas en el deber cotidiano, el atractivo del placer y el temor del dolor, que se experimentaban, por cierto, como en todas las épocas, no determinaban el comportamiento de la gente, y si en algunos casos ello sucedía, era considerado como una falencia del que así se comportaba. El campesino de antaño, que criaba con abnegación una familia numerosa, y que día tras día, gracias a un trabajo sostenido y sudoroso, lograba que su tierra rindiese lo más posible, no obraba así atraído por el señuelo del placer. Tampoco lo hacía coaccionado desde afuera, sino con cierta espontaneidad. Tal comportamiento lo había heredado de sus padres y abuelos, pero él lo hacía suyo, voluntariamente. Vista desde afuera, su actividad podía parecer como algo monótono, que le había sido impuesto contra su voluntad, cuando en realidad obedecía, según la fórmula bergsoniana, a un impulso vital. Y si por ventura, al terminar el día, o con motivo de una cosecha fecunda, surgía el gozo de su corazón, dicho gozo se incorporaba normalmente a la acción que lo había suscitado, “como a la juventud su flor”, según la poética expresión de Aristóteles. El placer de la flor no se separaba jamás de su tallo, ni menos de sus raíces, regadas con la humedad de su sudor. Era, simplemente, su coronamiento y su aureola. Todo ello acaecía en un marco de vida plenamente natural y espontáneo. El labrador pensaba en su tierra, en su familia, en sí mismo, de modo que, sin hacer sobre ello desmedidas reflexiones, su trabajo, más allá de las preocupaciones y de los placeres, era un trabajo que lo humanizaba.


Ahora las cosas no son así. En este tiempo, donde el trabajo ha perdido su sentido humanizante, la gente no busca sino el placer. Es lo propio de las épocas decadentes. La búsqueda omnímoda e insaciable del placer se convierte en una necesidad inconsciente, análoga al uso de estupefacientes para el drogadicto. El sufrimiento aparece con todas las características de un agresor, carente totalmente de significación. Coincidiendo con lo que acabamos de decir, señala de Corte que el hombre decadente necesita un placer inmediato, que invada todo el campo de su sensibilidad. “Ahora bien, para un ser débil sólo pueden realizar aquella condición aquellos objetos que son de consecución fácil y que tocan muy de cerca la excitabilidad nerviosa. Allí donde el fin deseado exige un esfuerzo, el placer no surge sino al término de la acción, a título secundario y como complementario de ésta. La debilidad congénita del decadente siente horror ante una perspectiva tan lejana, arrojándose sensiblemente hacia lo sensible inmediato, hecho a la medida de su agotada vitalidad. Mientras el ser fuerte, de costumbres sólidas, comulga con lo que lo trasciende, con el bien de la especie, con el bien de la Ciudad, con Dios, el ser débil no dispone más que de su pobre yo impotente, cautivado de su propia flaqueza” (2).
Sobre todo a raíz de la influencia de Freud, se ha otorgado peculiar atención al llamado “inconsciente”, cuyo descubrimiento se vio acompañado por una veneración casi de carácter místico. Resulta curioso, pero al tiempo que se divinizaron las formas oscuras del psiquismo, como si en ellas persistiesen tendencias primitivas o instintos que habían animado a los antepasados de la prehistoria, se despreciaron los mecanismos de represión, por los que esos mismos antecesores habían encontrado los medios de moderar aquellos instintos y tendencias. Se trabajaba, en resumen, para hacer del hombre actual un nuevo primitivo, que siguiese la inclinación de sus instintos, huyendo del dolor, cualquiera fuese, y buscando el placer, cualquiera fuese, desprovisto de los “tabúes” que le preservaban de ser una bestia feroz.
Particularmente se ha buscado liberar el campo del sexo, que ocupa un lugar privilegiado en aquella búsqueda ansiosa del placer que caracteriza al hedonismo. Una canción actual dice: No importa si yo no soy el primero, si has tenido varios antes que yo, pero conmigo te vas a diplomar”.
Se confunde el sexo con el amor, “un amor de rebajas”, todo ligero, light él también, sin contenido, siempre listo, al modo del picaflor donjuanesco, ante la primera oportunidad que se presente. Un amor así entendido considera a la mujer como mero objeto de placer, que se usa y se tira, material de descarte. En esta materia se ha llegado hasta la saturación. Recientemente apareció en los Estados Unidos una asociación de gente tan harta de sexo que se reúnen al modo de los “alcohólicos anónimos” para liberarse de dicha adicción. Al sexo practicado sin compromiso se lo llama “amor”, y al “bienestar” se lo equipara con la “felicidad”.
Un síntoma de este desenfreno hedonístico lo constituye la erradicación social del pudor, que es la atmósfera protectora del sexo. Jacinto Choza, autor contemporáneo, nos ha dejado sugerentes reflexiones sobre este tema en un libro que lleva precisamente por título La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo (3). Resumamos sus asertos.
En una primera aproximación, escribe, podemos decir que el pudor es la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños. Se dice que una persona no tiene pudor cuando manifiesta en público estados afectivos o situaciones personales íntimas, y en general, cuando se comporta en público como las demás personas suelen hacerlo solamente en privado. Así obran los animales, que no se cubren ni se ocultan aun para sus funciones más íntimas. Hay formas de comportamiento que se consideran anormales en la calle y adecuadas dentro del hogar, y otras que ni siquiera se consideran correctas dentro del hogar en presencia de los “íntimos”, pareciendo pedir la soledad más estricta. Esta protección de la intimidad que es el pudor se expresa principalmente en tres ámbitos: la vivienda, el vestido y el lenguaje.
Ante todo en la vivienda. El hecho de la vivienda es un hecho bien humano. ¿Por qué el hombre construye una casa para él y su familia? No solamente para protegerse del frío, como alguno ha dicho, ya que también se la encuentra en zonas cálidas. Tampoco para defenderse de la lluvia o de los animales. Los hombres construyen casas para proteger su intimidad. La casa es la propia intimidad, el lugar íntimo, y si se invita a un amigo, se lo invita a compartir dicha intimidad, a reunir varias intimidades. El segundo ámbito donde se manifiesta el pudor es el del vestido. Tampoco éste se justifica como una manera de defenderse del frío. Sirve, por cierto, para eso, pero su significación es mucho más profunda y tiene que ver directamente con el pudor. El cuidado en cubrir el propio cuerpo significa que el que lo viste se juzga en posesión del mismo, afirmando que no está a disposición de nadie más que de él, que no está dispuesto a compartirlo con cualquiera, a no ser por propia voluntad. De ahí el celo que muestra el marido o el novio por la decencia en el vestir de su esposa o de su novia. El tercer ámbito del pudor es el del lenguaje. Éste sirve no sólo para expresarse sino también para esconder los estados afectivos, no haciéndolos “de dominio público”.


Pues bien, nuestra época se caracteriza por la creciente desaparición del pudor en todos sus niveles. La propia intimidad ha pasado a ser “res nullius”. La gente no se entrega, se abandona. Los rasgos típicos de la sociedad actual que hemos ido analizando, la masificación, el desarraigo, el igualitarismo, la falta de interioridad, etc., tienen no poco que ver con esta supresión del pudor.
Es cierto que actualmente el hombre sufre mucho, a veces como consecuencia de sus propios defectos, sufre soledad, problemas económicos, aburrimientos y angustias. Estos padecimientos pueden llegar a hacerse tan insoportables que la apertura de la propia intimidad, la “evasión” de sí mismo, se presentan a veces como una liberación. El hombre que se retira de su trabajo poco menos que robotizado, siente la atracción vertiginosa del goce. Choza afirma que el mundo moderno conoce esta nueva especie de actividad que nuestros antepasados, ni en la época del panem et circenses, no habían nunca separado de las demás: la función hedonística. Se busca la comunicación con los demás y la superación de la propia soledad en la abolición de la intimidad personal; en ese mismo momento, el pudor ha quedado descartado. “No es que no haya pudor «de hecho», es que no lo puede haber de ninguna manera porque no hay intimidad que se posea desde una instancia personal”. Y así la protección del vestido o la cobertura de la vivienda pierden totalmente su sentido. Por eso no hay que extrañarse de la impudicia creciente que se manifiesta en el modo de vestir, ni del abandono de la casa familiar, sea viviendo sin hogar, en la vereda y al aire libre, como hacían los hippies, sea edificando casas “comunitarias”, que hacen imposible todo conato de vida íntima. También el pudor sexual ha perdido su significación; la relación sexual ya no es una entrega de la intimidad, sino un “abandono del cuerpo”, que como “res nullius” queda a merced del primero que lo solicite para sí.
Tanto el marxismo “comunitarista” como el liberalismo “permisivista” constituyen un atentado contra el valor de la intimidad. Si tenemos en cuenta que estas ideologías, o bien actúan como presupuestos configuradores de la mentalidad del hombre contemporáneo, o bien se derivan de dicha mentalidad, resulta lógico que el pudor carezca de sentido para una buena parte de los hombres de hoy.
Concluye Choza su análisis con una observación digna de interés. Tras afirmar que la supresión del pudor, que implica la supresión de la intimidad, es un signo de nuestro tiempo, agrega que en tal situación el ateísmo se vuelve inevitable, porque el encuentro con Dios sólo se puede realizar en el centro mismo de la intimidad personal(4).
El hedonismo constituye la atmósfera de la sociedad en que vivimos, una actitud que no tolera ningún tipo de cuestionamiento. Cuando frente al desboque de la pornografía y de los placeres degradantes alguien intenta levantar todavía el ideal de la decencia y de la pureza, con frecuencia los medios de comunicación reaccionan tratando de descubrir intereses egoístas en el que defiende las normas de la ética, o sacando gozosamente a luz las inmoralidades secretas de algunas personalidades públicas que parecían encarnarlas. Resulta inocultable la satisfacción con que algunos medios se detienen morosamente en revolver las presuntas lacras de algunos sacerdotes y obispos, así como su gusto cuando, en un arrebato de necropornografía, atribuyen homosexualidad a grandes políticos y artistas de tiempos pasados. Todos somos iguales, igualmente corruptos. Ello constituye un eficaz aliciente a las corrientes hedonistas hoy imperantes.
La tendencia al hedonismo es la consecuencia más cabal del desarraigo y el vacío que caracterizan al hombre moderno. Los fines de semana se convierten en un período de evasión de las preocupaciones presentes y futuras, con la consiguiente sumersión en los placeres que embotan el espíritu. Se compra el olvido con el alcohol, el ruido, el placer sexual, buen pasto de cultivo para la drogadicción. Cuántas veces, caminando por la calle, nos ha impresionado ver tantos rostros sin profundidad, sin realidad, rostros epidérmicos. La civilización del goce es la muerte de los rostros (5).
No hace mucho ha dicho Sábato en un reportaje: “Fíjese en la nación más desarrollada del mundo, Estados Unidos, que tiene unos 240 millones de habitantes contra los 6000 millones del planeta. Y bien: el 80% del consumo mundial de drogas se realiza en ese país. El paraíso del desarrollo, con todos los cachivaches de la sociedad de consumo, está condenado a la muerte por drogas. Pronto veremos la catástrofe espiritual en el Japón, acompañada de drogas, suicidios y locura. Ya que hemos perdido este prestigioso tren del desarrollo, en lugar de soñar con él meditemos que nos salvamos de las peores calamidades que esperan a la humanidad. La droga no es un problema policial, es un problema psicológico y espiritual” (6).

(1) La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1979, pp.95. 106.
(2) Encarnación del hombre..., pp.98-100.
(3) Eunsa, Navarra 1980.
(4) Cf. ibid., pp.15-35.
(5) Cf. J. Folliet, Adviento de Prometeo..., p.197.
(6) Diario La Nación, 24 de junio de 1991.