viernes, 10 de junio de 2016

CON UN AIRE MUSICAL




Padre David Baquerizo

Tratemos de considerar cómo el mundo se puede meter en el corazón de nuestros jóvenes por medio de la música.
Para entrar en el tema, ne­cesitaríamos preguntarnos de ante­mano: ¿por qué escuchamos músi­ca? Una respuesta más superficial, aunque no del todo incorrecta, po­dría ser: “Porque me gusta," o, “por­que me hacer sentir bien."
Ciertamente la música nos hace sentir bien, nos agrada, porque es algo bello; y si decimos que es bello queremos decir que es algo a la vez bueno y con todas sus partes ordenadas (como por ejemplo un paisaje bello es un paisaje a la vez con cada cosa en su lugar y estas cosas bien puestas en su lugar).
En concreto, la música es una serie de sonidos bien ordenados entre sí - o sea bellos - lo cual agra­da a nuestra alma, y es más, le toca en partes profundas de ella. Dios lo ha así dispuesto para que la música pueda primeramente elevar nuestra alma justamente a Él, pacificándola y apuntando nuestros pensamien­tos hacia el cielo: es un instrumento con que podemos alabarle de ma­nera delicada y majestuosa (imagi­nemos los cantos gregorianos que hemos escuchado en los prioratos, o las polifonías que se cantan en los domingos y fiestas).
Pero no toda música es grego­riana. Si quieren, “parte de la tor­ta" también nos toca a nosotros. Nos entretiene: puede servir para calmarnos para animarnos a la valentía (un soldado en la guerra), alegrarnos, o ponernos tristes. En fin, la música toca a las pasiones de nuestra alma. Esto igualmente no es de poco provecho para no­sotros, porque nuestras pasiones, que son tan rebeldes en cada uno, — el enojo que lleva a faltar contra la caridad, la tristeza que desanima, el temor que sofoca la iniciativa — encuentran aquí un lugar donde se pueden ordenar, un cauce donde expresarlos o un medio para cal­marlos. Todo esto es bueno: ¿quién no quiere tener música alegre en un casamiento, llorar a un ser querido que falleció con una melodía triste o incluso desahogar un enojo con la 5ta Sinfonía de Beethoven?

Podemos encontrar un pro­blema (y el mundo se ha rebusca­do para conseguirlo) si existe una música que no está, como dijimos antes, con los sonidos bien orde­nados, sino que tiene sus elementos desordenados. Gran peligro. Porque así como la música nos toca pro­fundamente, así de profundo puede ser el daño. Es aquí donde tenemos el problema de la música moderna que hoy en día escuchamos. Por “música moderna" nos referimos a toda la música que ha salido de la misma familia o cultura “rock” des­de los '50s: rock n'roll, boogie-woogie, blues, Beatles, pop, hard rock, punk rock, heavy metal, acid rock, electrónica, techno, funk, rap, cumbia, reggaeton, etc. ¿Qué problema tiene este tipo de música? ¿Cómo puede estar desordenada? Para contestar a estas preguntas, hace falta considerar los tres elementos que constituyen una pieza musical. Son: la melodía, armonía, y ritmo.


Melodía

La melodía es lo que carac­teriza e identifica cualquier canción o pieza de música. Es una sucesión ordenada de notas musicales: lo que cantamos o tarareamos en alguna obra musical es la melodía. Ella es lo que habla más a la inteligencia humana: puede expresar un pensamiento, experiencia o sentimien­to. Por ejemplo, “Las Cuatro Esta­ciones” de Vivaldi evoca claramente las actividades de la naturaleza en cada estación del año. Es por eso que en sí la melodía es lo principal en la música.

Armonía

La armonía, segundo ele­mento en una pieza musical, es el acompañamiento que se hace dentro de la misma; es decir, cuando escuchamos sonidos simultáneos en una pieza: los acordes de una guitarra, las notas del órgano, o las voces conjuntas en una polifonía, estamos escuchando la armonía. Ella da pro­fundidad a alguna pieza o canción: es más, produce como la atmósfera de una pieza. La armonía toca más en particular a las emociones del hombre, a su corazón: nos puede hacer sentir alegría o tristeza, calma o tensión, etc. Aunque importante, la armonía tiene un papel secun­dario respecto a la melodía, por lo que no debe aplastarla so pena de convertirse una pieza en un senti­mentalismo vacío. Sería como el político que habla y habla sin decir nada.

Ritmo

El ritmo, tercer elemento dentro de la música, es lo que le da estructura a una pieza. Es lo que le da moverse a un paso ordenado y regular. Al ser como el pulso de una canción, algo más mecánico, el ritmo mueve más directamente al cuerpo del hombre: es lo que nos empuja a marchar en una marcha, movernos en un baile, seguir una música con el pie, etc. El ritmo es parte esencial de cualquier pieza, pero como es la parte más “animal”, si se quiere, de la música, con más razón debe siempre estar sujeto y como ayudante de la melodía. Una vez considerados los elementos que forman una pieza musical, pode­mos ya contestar a nuestros inter­rogatorios acerca de...

La Música Moderna

Si hemos dicho que la músi­ca es un bien que eleva el alma del hombre - eleva y ordena tanto sus pensamientos como sus emociones y pasiones - y esto por medio de los tres elementos que hemos visto ordenados entre sí (melodía acom­pañada de armonía y ritmo), se vol­vería algo malo y nocivo una músi­ca que invirtiera este orden, y que por lo tanto intentara embrutecer al hombre, desordenando sus pa­siones. Esto es lo que precisamente intenta y hace la música moderna que tenemos el vicio de escuchar hoy en día.



¿Cómo consigue embrute­cernos? Primeramente, esta música da una importancia desmedida al ritmo: de hecho, ni se podría conce­bir el rock sin su ritmo tan parti­cular. El “beat” es lo que da todo el encanto a la música moderna para el que lo escucha: la batería tie­ne un papel principal en cualquier concierto. La armonía (es decir, los acordes de los guitarristas) queda en segundo plano, en general con acordes muy pobres y repetitivos, y la melodía tiene último lugar; se busca en general alguna nota que “suena bien” y “pega” con el ritmo, sin más reglas ni consideraciones musicales que eso.
Habíamos dicho que el rit­mo era el elemento que daba sim­plemente estructura a una melodía, y como su movimiento se da por medio de golpes de tiempo, toca más directamente a nuestro cuer­po en su parte animal. Semejante predominancia en el ritmo (como hemos visto) no puede dejar de transformar la música de ser algo que eleva al hombre entero, a algo que le hace bajar y exacerbar sus impulsos animales.
Pero quizás más importante aún es la manera en que el rock toca a nuestro cuerpo. El ritmo de la música moderna no es cualquie­ra: un ritmo de marcha muy fuerte sería molestoso, pero nada más. Está armado a propósito para em­pujarnos a movimientos sensuales. ¿Cómo logra esto? Por medio de la sincopación. Nos explicamos.
Un ritmo normalmente se caracteriza por un golpe fuerte al principio, y uno o dos golpes suaves, lo cual se va repitiendo du­rante toda la pieza (UN, dos, tres; UN, dos, tres; UN, dos, tres, etc.). Sincopación sucede cuando uno rompe este orden, dando estrés a un tiempo suave (un, dos, TRES; un, dos, TRES). Existe en cualquier música y sirve para producir un momento de tensión en la pieza, que luego se resuelve normalmente. Sin embargo, en el caso de la músi­ca moderna, este ritmo a destiempo es constante y agresivo. Una repeti­ción así constante y fuerte exacerba el movimiento normal del cuerpo humano, y le produce sensaciones de frustración, enojo, malestar; y cuando se toca con volumen fuerte (como es el caso en la música mo­derna), hace que el cuerpo empiece a secretar hormonas dando sensa­ciones de aceleración (adrenalina) y placer. Esto basta para explicar el ambiente que podríamos imaginar en un boliche: la euforia de los jóve­nes y su agresividad por un lado, y los movimientos nada modestos ni castos en su manera de bailar. Tan “efectivo” es este elemento del ritmo, que han logrado modernamente (“refinando” los sonidos) producir los efectos de varias drogas con solo escuchar ciertas combinaciones de ruidos.
La armonía de la música moderna sirve para el mismo fin que el ritmo, por lo que no hace falta discurrir mucho. Los acordes que se escogen para estas piezas son acordes disonantes, que no se resuelven nunca, por lo que logran contribuir a esta atmósfera de ten­sión y frustración.
Un católico, debe esforzarse toda la vida (¡y con muchas lágri­mas y penitencias!) para lograr todo lo contrario de esto: ¿no es nuestro papel dominar nuestras pasiones, ponerlas bajo el mando de la razón, dirigirlas por el buen camino, y no el desordenarlas, y servirlas cuales esclavos? Resulta pues evidente que hay algo incompatible entre la vida verdaderamente cristiana y esta música moderna. Cada géne­ro de música moderna tendrá estas características en mayor o menor intensidad, pero cada uno apunta a poner al hombre en rebelión contra sí mismo (sus pasiones en contra de su inteligencia), los hombres en re­belión entre sí (contra la autoridad), y en definitiva, al hombre en rebe­lión contra Dios. No hemos hablado de la letra de estas canciones, que en su gran mayoría exalta la revolu­ción, exalta a la droga, el alcohol, a la impureza en todas sus formas e incluso llega a burlarse de y blasfe­mar en contra de Dios y Su Iglesia. ¿Vale la pena degradar e incluso po­ner en juego a nuestra alma por el gusto de un momento que nos da escuchar esta música? Hay tanta música buena que nos puede ayu­dar (la música religiosa, la clásica, la folclórica ya sea argentina como de otros países, etc.), ¿por qué tirarnos sobre fruta podrida y venenosa?

El Fénix N° 3, Boletín de la Escuela del Niño Jesús, Abril 2016.