martes, 26 de agosto de 2014

EMPECEMOS…POR CURARNOS DE LA TELE




Si no solucionamos un “problema” tan elemental y tan preliminar como el de la televisión, la vida moral y la sobrenatural quedan comprometidas. Resolver el problema es simple: tirar el televisor a la basura, dejar de ver la televisión. Sin embargo, nos valemos –yo me valía– de cualquier añagaza para dilatar sine die tan apremiante decisión.

La gran mentira de la televisión es la de hacernos creer que es una ventana al mundo, que no hace otra cosa que acercarnos la realidad multiforme y lejana a nuestro salón comedor. La televisión es, exactamente, todo lo contrario. Es un muro que se interpone entre nosotros y la realidad. La verdadera realidad queda sepultada bajo una montaña de imágenes cambiantes.

En la combinación audiovisual, la palabra se subordina a la imagen, y no al revés. La televisión es, principalmente, un método de transmisión de imágenes, reforzadas por palabras. Por lo tanto, la televisión, principalmente, produce una hipertrofia de la imaginación en detrimento de la razón. La palabra, en lugar de servir para la inteligencia, queda esclavizada al servicio de la imaginación.

Incluso cuando –por hipótesis– los contenidos de la televisión pudieran ser buenos y veraces, la percepción, la “posesión” que de esos contenidos tenemos es capciosa. Creemos que sabemos algo por haberlo “visto” en la televisión, porque al evocarlo despertamos en nosotros inmediatamente una imagen o una sucesión de imágenes, que suscitan emociones. Pero cuando una imagen representa un concepto no puede cumplir más que una inicial función de “captación de la atención”. Después, hace falta una comprensión intelectual para poseer adecuadamente ese concepto y eso la televisión lo obstaculiza creando el espejismo de que “ya lo sabemos”. La televisión, al sobre-excitar la imaginación, nos hace caer en el engaño de que realmente conocemos aquello que se nos ha mostrado en la pantalla, precisamente porque –cosa propia de la imaginación– ha despertado en nosotros intensas emociones. Tan intensas como fugaces, estériles e inhumanas.

Pongamos por ejemplo la narración de una noticia típica de televisión: una catástrofe en cualquier esquina del planeta. Inmediatamente nuestro cerebro recibe imágenes impactantes, contempla escenas de una gran crudeza, y de este modo, al mismo tiempo que realmente lo desconocemos todo sobre el verdadero sufrimiento de los protagonistas (que serán eclipsados de nuestra atención por la siguiente noticia, quizás la presentación de la colección de moda otoño-invierno en una pasarela), sentimos durante unos segundos una intensa emoción, desconectada de un conocimiento proporcionado. Emoción que decae, desplazada por la siguiente noticia (que genera a su vez una nueva emoción, de naturaleza diversa e igualmente fugaz). El resultado es que hemos sentido muchas cosas, sin conocer realmente ninguna. Si se nos pregunta, sin embargo, responderemos: “Sí, ya lo sé. Lo he visto por la tele”. Eso es inhumano. Es violentar el modo humano de conocer y de sentir.

Ese esquema típicamente televisivo de intensos y fugaces sentimientos, se convierte en una “segunda naturaleza” en los televidentes (en todos los que son o hemos sido televidentes) y el mundo de las emociones adquiere una independencia espantosa respecto del mundo de la inteligencia. De ahí que, habiendo advertido esa preeminencia de lo emotivo sobre lo racional, políticos, comerciantes y hasta pretendidos apóstoles religiosos apelen a las reacciones sensitivas, a la emotividad en detrimento de la argumentación racional.

Lo peor de la televisión no son los perversos contenidos que hoy transmite y que mañana pudiera censurar. Lo peor es lo que en ella no puede cambiar: el engaño de llenarnos la cabeza de imágenes para hacernos creer que “conocemos” lo que representan. La televisión, por su misma naturaleza, llena nuestra cabeza de imágenes que permanecen en ella largo tiempo, entorpeciendo el verdadero trabajo racional, la verdadera vida de la inteligencia humana, conformando nuestros gustos de forma anormal, prescindiendo de los canales auténticamente humanos de la transmisión del conocimiento y hasta de la misma adquisición de la experiencia.

Mis hijos ven, huelen y oyen un rebaño de ovejas estabuladas a menos de un kilómetro de casa, que transitan por los campos vecinos. A veces, tenemos que esperar a que pase el rebaño para poder continuar nuestro paseo. Entonces pienso en lo afortunados que somos porque esos estólidos mamíferos están delante de nosotros, permitiéndonos admirarnos de la sabiduría divina que los ha pensado y del poder de Dios que los ha creado. Ese contacto distraído y habitual de un niño con el ganado, con los campos, con la naturaleza, ofrece la ocasión de sorprenderse pensando cómo “manifiestan la gloria de Dios”. Pienso también en los documentales en los que me mostraron gacelas, cebras, cocodrilos, tribus salvajes y ascensiones al Himalaya y cómo todo aquello no eran más que imágenes seleccionadas, editadas, artificialmente yuxtapuestas, que pretendían vanamente arrebatar a la realidad lo que ella se reserva para quienes humildemente la admiran. Incluso antes de ser editadas y manipuladas, la materia prima de esas imágenes había sido vivida por otros, no por mí.


Las imágenes que muestra la televisión pueblan nuestra cabeza, haciéndola insaciablemente sedienta de más imágenes novedosas y enteramente indiferente a la realidad que representan. La televisión nos hace depredadores de vidas ajenas, sobre las que en realidad nada sabemos, de las que nada nos interesa, pero que nos proveen de esa torpe ilusión: más imágenes, más ruido, más actividad… representada por otros.