domingo, 8 de junio de 2014

EL COMBATE DEL SANTO CURA DE ARS CONTRA EL BAILE




Combatió a los bailes durante 25 años

Ars era el lugar predilecto de los jóvenes bailarines de las inmediaciones. Todo era pretexto para un baile. Para acabar con ellos, el santo cura de Ars trabó 25 años de reñido combate.
Explicaba que no basta evitar el pecado, sino que se debe huir también de las ocasiones. Por eso, envolvía en el mismo anatema el pecado y la ocasión de pecado. Atacaba así al mismo tiempo el baile y la pasión impura por ella alimentada: “No hay un solo mandamiento de la ley de Dios que el baile no haga quebrantar… […] ¡Dios mío!, ¿es posible que estén en esto tan cegados, que lleguen a creer que no hay peligro en el baile, siendo así que es la maroma con que el demonio arrastra más almas al infierno? El demonio da vueltas alrededor de un baile, como un muro rodea un jardín… Las personas que entran en un baile dejan a su ángel de la guarda en la puerta, y el demonio lo sustituye; así resulta que en la sala hay tantos demonios como danzantes”.


El baile de hoy. La cosecha del Diablo.


El santo era inexorable no sólo con quien bailase, sino también con los que fuesen solamente a “presenciar” el baile, pues la sensualidad también entra por los ojos. Les negaba también la absolución, a menos que prometiesen nunca más hacerlo. Al reformar la iglesia, erigió un altar en honra de San Juan Batista, y en su arcada mandó esculpir la frase: ¡Su cabeza fue el precio de una danza! Se debe resaltar que los bailes de la época, en comparación con los de hoy —sobre todo por los saltos frenéticos e inmorales de los nuevos bailes modernos— eran como que inocentes. Pero era el comienzo del proceso que desembocó en los bailes actuales.
La victoria del padre Vianney en este campo fue total. Los bailes desaparecieron de Ars. Y no sólo los bailes, sino hasta algunas diversiones inofensivas que él juzgaba indignas de buenos católicos.


¿Qué no diría el santo de las discotecas, verdaderas puertas de entrada al Infierno?


Junto a ellos combatió también las modas que juzgaba indecentes en la época (y que, cerca del casi nudismo actual, ¡podrían ser consideradas recatadas!). La joven, decía, “con sus atavíos rebuscados e indecentes, pronto dará a entender que es instrumento del infierno para perder a las almas. Sólo en el tribunal de Dios conocerá [el número de] los pecados de que habrá sido causa”. En la iglesia jamás toleró los escotes o los brazos desnudos.



Francis Trochu, El cura de Ars, Ediciones Palabra, Madrid, 1999, p. 27. Todos los textos citados fueron extraídos de esta obra.