sábado, 20 de febrero de 2016

FIEBRE DE SÁBADO POR LA NOCHE (o la contracultura del boliche)





“Hoy quiero llenarte de excesos
vamos a comernos a besos,
perder la inocencia contigo,
no tener control….”
(Pijama Party, “Comernos a besos”)

“Hoy los jóvenes no tienen rumbo”“la juventud está perdida… cada vez más perdida”. ¿Quién no oyó alguna vez palabras similares pronunciadas con un cierto tono de pesadumbre y decepción? O mejor, ¿quién de nosotros no las ha proferido con sus propios labios en algún momento?

Son continuos los episodios que oímos y vemos a diario o de los que recibimos noticia a través de los medios de comunicación, que provocan estos y otros pensamientos en nosotros. Jóvenes que han hecho del robo, el homicidio y la violencia, un oficio. Jóvenes que reniegan de sus padres para vivir una vida cómoda, abandonados a diversiones y pasatiempos inútiles. Jóvenes cuya vida gira en torno al sexo, el alcohol, los narcóticos, lo que ellos llaman “música”, y el boliche.

Es concretamente la discoteca el lugar donde nuestros jóvenes encuentran todo esto de manera muy sencilla y organizada. Hoy tenemos el fenómeno llamado “previa”, que consiste precisamente en precalentar al modo en que lo hacen los deportistas, la garganta, los oídos, todo el cuerpo y el espíritu, para la vorágine que vendrá horas más tarde. Lo cual es más de lo mismo: más alcohol y menos angustias, más chicos y chicas, menos pudor, más adrenalina y menos preocupación, más consumo y menos dinero, más desenfreno y menos control, más “libertad”, pero menos dignidad. En definitiva, menos racionalidad, aunque más animalidad.

En el lugar acordado aguarda la música que a todo volumen consume los oídos sin dejar oportunidad alguna para el diálogo y la comunicación, y su ritmo y letras que invitan abiertamente al descontrol sexual. El alcohol, elemento que desinhibe y adormece las conciencias, espera impaciente ser consumido en abundancia. Los narcóticos, como el éxtasis, que circulan cual si fuesen caramelos. Luces y sombras, sonidos y colores, aromas y figuras moviéndose al compás del aturdimiento. Las personas, cada vez más despersonalizadas, se sumergen –voluntariamente, claro está- en el mar tempestuoso del desenfreno de las pasiones más bajas. Todo está medido y articulado. La máquina funciona a la perfección.

Pero se trata de “un prototipo del simulacro de fiesta, un lugar autoritario, cargado de normas y restricciones, con criterios racistas. Son lugares de exclusión, cuyo prestigio es proporcional a su capacidad para discriminar”[1]. Y por eso quizás algunos no se sienten tan cómodos como aquel joven que cuenta:


“Voy con mi novia y en grupo; ir solo es angustiante. La música es fuerte, la comunicación, nula. Es una vidriera para mirar y ser mirado, un juego histérico, narcisista, sin contacto. La gente asiste en grupos no mixtos, cada cual en la suya, como autistas. Se parecen a los documentales (…) y se presenta como un espectáculo patético.”

Tal es el efecto disgregador de la discoteca. Podrá argüir alguno que, amén de ser retrógrados y anticuados, realizamos un reduccionismo radical al no contemplar el baile como una expresión del Hombre, como un arte digno de ser practicado. Pero ocurre exactamente lo contrario, puesto que no estamos hablando de una danza como tal, sino de movimientos desarticulados que imitan incluso las posturas sexuales. Nada nuevo. Es algo que ya realizaba a la perfección el renombrado Elvis Presley, también llamado Elvis “la pelvis”. Ninguna novedad, sólo que lo que antes era considerado una actitud revolucionaria e innovadora hoy se ha vuelto política de estado. Comentando esta situación nos describe un autor esa paradoja del antes y el después de la danza. Mientras que en un tiempo se buscaba el estilo, en otro se busca lo simiesco. “Antes el baile era en verdad una danza en la que el hombre manifestaba su señorío, su nobleza; ahora, las más de las veces, es tal el frenesí, son tales los movimientos convulsivos, tales los espasmos y las contorsiones (que ponen a prueba los mejores desodorantes), que sólo manifiestan el plebeyismo más ramplón y la chabacanería más vulgar. Para unos, los movimientos eran plenos de gracia y donaire, en los otros, en cambio, reina la brutalidad, la agitación, la excitación…todo son cabriolas y piruetas propias de saltimbanquis o de atacados por el mal de San Vito. Antes el espíritu reinaba sobre el cuerpo, hoy sólo se trata de «mover el esqueleto».”[2]

Pongamos como ejemplo el famoso género diseminado por el mundo llamado Reggaetón. Dicho estilo, nacido en Puerto Rico, tiene como baile característico el “perreo”, también llamado “sandungueo”. Como el nombre lo indica, el baile imita los movimientos sexuales del perro. Este baile no funciona de forma individual, sino en conjunto. Todo es mostrado a través de los movimientos. No es necesario quitarse la ropa (la poca ropa), dado que el cuerpo se despoja del vestido. Hay un descenso a lo puramente animal. Lo dicen incluso sus canciones, como aquella reciente que reza: “Si necesitas reggaetón, ¡dale!, / sigue bailando nena no pares. / Acércate a mi pantalón ¡dale!, / vamo’ a pegarnos como animales…”.


En medio de este ruido al que llaman música -sin mencionar en nuestro país fenómenos como la cumbia villera-, las letras hacen alusión en primer lugar al sexo, en segundo lugar al alcohol, las drogas y el demonio, y posteriormente, el suicidio y violencia en general. Hace algunos años causaba furor una de las canciones del todavía vigente grupo de reggaetón Calle 13. El tema llamado “Fiesta de locos” describe perfectamente estas reuniones nocturnas de las que hablamos y es uno de los ejemplos más claros de la conjunción de los tópicos de los que tratan las canciones del reggaetón:

“…Esto es una fiesta de locos / pero yo soy el único que no estoy loco / (Yo soy el único que no estoy loco!) / Nena yo sé que mi letra es obscena / pero con ella es que pago la quincena. / Mujeres feministas vamos hablar sin tapujo, / tú pones la colcha y yo te estrujo. / Mi amor, tú te vas a enamorar de este inmoral / aunque seas inteligente o anormal / Da igual, según Sigmund Freud / la sexualidad rodea todo lo que soy…” “…Llegó el abusador como colonizador español…” “…Un poco de perversión en la canción no viene mal / ¡Hija!, si eres buena y por la noche rezas / dame un beso en la boca y después te confiesas./ Estoy en el Edén, ¡amén! / Un haren de niñas bailando sin sostén / con tu cuerpecito de adolescente / cualquier ser viviente se pone caliente / Están tan buenas esas princesitas / que lo que sudan es agua bendita. / Ese trasero tuyo llena cualquier Coliseo / y pone a creer a cualquier Ateo / Yo sé que mi música es profana / pero cuando deje de vender hago música cristiana. / Por ahora te sigo dañando el sistema digestivo / con todo lo que escribo…”

“…Esto no es Reggaeton / pero como quieras bailas un montón. / Si no te gusta esta canción / pues entonces tírate por un balcón (Uh…)”

Este es el universo en el que los adultos dejan que los jóvenes, sus hijos, se sumerjan desde temprana edad. Los así llamados matinée son una prueba clara de ello. Con la diferencia de que no se vende alcohol puesto que es ilegal la venta a menores, todo lo demás es idéntico. La misma música, la misma vestimenta, el mismo baile, el mismo aturdimiento, el mismo frenesí.

En algunos lugares curiosamente los padres están invitados a presenciar las fiestas de sus hijos. Tal es el caso de algunas discotecas de Pinamar, Punta del Este y San Isidro, en Buenos Aires. Veamos lo que cuenta Alejandro Dupuy, uno de los grandes organizadores de estas fiestas para adolescentes, acerca de la participación de los padres entre otras cosas[3]. La matiné de “Kú”, la más importante de Pinamar, reúne cada noche entre 500 y 700 chicos entre 12 y 14 años.

“…el espacio está, pero los padres nunca se quedan. Lo que hacen es traer a los chicos, mirar un poco cómo es el ambiente y cuando se quedan tranquilos, los dejan, respetan su intimidad. A lo sumo dejan a algún hermano mayor, que si se queda lo hace a regañadientes. Pero tampoco es común”  “…El espacio para los padres está y se mantiene, aunque es una porción muy chica la de los que quieren quedarse y ver. La mayoría trae a los chicos y después los viene a buscar, por lo general, media hora antes de que la fiesta termine”.

El espacio del que habla Dupuy es un lugar vidriado, de modo que los chicos no vean a sus padres, pero éstos sí pueden observar a sus hijos.

Al parecer no hay exclusión de nadie, pero bien sabemos que no sólo entre los jóvenes, sino entre discotecas se hacen diferencias sociales y culturales, haciendo uso de ese término llamado “discriminación”. Decimos “al parecer”, puesto que algunos sí se preocupan para que algunos jóvenes no dejen de asistir a la fiesta, o mejor dicho, para no perder el dinero de éstos.

“Tratamos de pensar en todo y hasta estamos atentos a destinar un espacio para que puedan estar cómodos aquellos chicos que son tímidos y que por ahí no se animan o no tienen ganas de bailar y prefieren quedarse un rato sentados con amigos.”

Como decíamos antes, la maquina funciona a la perfección. Todo está pensado. La idea es que los chicos dentro del boliche gasten lo menos posible (ya tendrán tiempo para gastar dinerales más adelante). Tal es así que panchos, gaseosas y los llamados “Frozen Drinks” (licuados sin alcohol con el aspecto de los mejores tragos), son vendidos a bajo precio. Las entradas también tienen descuentos. “La idea –refiere Dupuy- es que entrar a la matiné cueste menos que un combo promedio de hamburguesas. Es nuestro precio de referencia”.

Otra de las medidas que se han tomado para estas fiestas es la del monitoreo por parte de los padres, pero desde sus casas. Se trata de un centro de monitoreo municipal y público en la ciudad de La Plata. El titular de este sistema de monitoreo, Juan José Rivademar, señalaba en 2012 que “los padres podrán observar desde sus casas, a través de una clave que se les otorgará una vez que se anoten en el registro de nocturnidad, lo que pasa en la vía pública las noches de los fines de semana”. El mismo Rivademar refiere la conducta de los jóvenes:

“Los padres tienen sensaciones encontradas. Por un lado ven que después de la previa y antes de ingresar a los boliches, distintos grupos de jóvenes ya se encuentran alcoholizados y producen algunos inconvenientes, pero por otro lado se encuentran con la presencia de controles en distintas zonas del centro y del corredor nocturno, y eso les da cierta sensación de tranquilidad, porque ven que hay una respuesta concreta ante esta situación”.[4]

Ahora bien, a tres años de estas medidas, ¿hubo alguna mejoría en la primera apreciación de los padres o, por el contrario, la situación sigue sin control? ¿Hacemos, entonces, una apreciación radical y arbitraria? ¿Quién es el que reduce la realidad del todo a la parte?

Pero los involucrados no son simplemente los adolescentes y los más jóvenes. ¿Qué hay del grupo de entre 27 y 40 años? Pues bien, cansados de toda la semana, el viernes y sábado lo más oportuno es quedarse en casa. La solución para continuar con la marea de la discoteca es, con toda lógica, cambiar el día de la fiesta y asistir a los llamados after office. Es sencillo: “se sale de la oficina, se guarda la corbata y se llega a eso de las 20; se picotea algún plato de finger food, y las bebidas no dejan de salir una tras otra hasta la una o dos de la madrugada, cuando ya se acuerdan de que quedan pocas horas para volver a trabajar”. “Desde temprano, pueden verse filas de autos que entran y salen del hipódromo hasta pasadas las 3. Adentro, casi no se puede caminar: una multitud baila al ritmo del dance, del reggaetón o lo que venga; toman tragos y andan por todo el salón”[5].

Toto Lafiandra, socio y manager del boliche Jet Lounge, en Costanera Norte, cuenta que “a diferencia del fin de semana, el jueves es el día más cool, con eventos y producciones. La gente a la que le gusta salir lo hace entre semana. Va a divertirse y lo deja todo”. Maxi Lartigue, uno de los organizadores de este tipo de fiestas, recuerda que la movida de los días jueves era en un principio, el día para salidas “non sanctas”. “En la puerta de Museum, era un clásico ver a todos, hombres y mujeres, hablando por teléfono antes de entrar. La mayoría, para decir que tenían reunión de trabajo. Con el tiempo esto cambió y se empezó a tomar como una oportunidad para salir con amigos o incluso con la pareja”. Por su parte Lucio Canievsky, promotor y organizador de estas fiestas semanales, confiesa:

“Son etapas que duran meses o hasta un año, en las que hay un día determinado de la semana que se pone más de moda que otro. El mercado va mutando de acuerdo con un montón de razones. Lo que sí está claro es que el viernes y el sábado siguen siendo días más masivos para salir, mientras que miércoles y jueves tienen un poco más de color. Son públicos diferentes con necesidades diferentes”. “…Lo que se viene ahora son los martes. Va a ser el nuevo jueves”.

Como se ve, ya no se trata de una fiebre que ataca sólo el sábado por la noche, sino que se contagió a los restantes días de la semana.

Los efectos de la turbulencia están a la vista de todos. Desde el alcohol y las drogas hasta las mismas luces. Han sido bien estudiados los efectos de la luz estroboscópica en las personas. La cual es capaz de acelerar la alternancia de luces y sombras provocando un debilitamiento del sentido de la orientación, del juicio y de los reflejos. De este modo cuando el ciclo varía entre 6 y 8 interrupciones por segundo, provoca una pérdida de la percepción de la profundidad. Elevada la alternancia a 25 interrupciones por segundo, los rayos luminosos crean la interferencia con las ondas alfa del cerebro que controlan la aptitud para la concentración. Si se aumenta todavía más la alternancia entre luz y tinieblas, se pierde toda capacidad de autocontrol[6].

Sumado a ello el mensaje de la música, sea éste subliminal o no. El ritmo en sí, no sólo es capaz de provocar espasmos y conducir a los movimientos orgiásticos y paroxísticos, sino que amén de la destrucción del órgano auditivo, dado el elevado número de decibeles de la emisión del sonido y la duración de la exposición, se atrofia la concentración, la memoria, las neuronas y, en última instancia, la salud mental. Mediante experimentos con animales, los científicos concluyen que “una única exposición al ruido durante dos horas es suficiente para generar un daño celular y una alteración en la conducta”. Así lo explica Laura Guelman, investigadora adjunta del Conicet en el Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos (Cefybo, UBA-Conicet) y coordinadora del estudio. La primera autora de la investigación, Soledad Uran, refiere que el daño llega incluso a las células del hipocampo, presentando alteraciones en el núcleo celular, la zona donde se encuentra el ADN: “el núcleo se desorganiza, lo cual indica que hay un daño en el tejido”. En efecto, comenta María Zorrilla Zubiete, docente e investigadora de la primera cátedra de Farmacología de la Facultad de Medicina en la UBA, estos cambios en los núcleos de las células “podrían ser compatibles con alguna degeneración o muerte neuronal en el hipocampo, y relacionarse con la posibilidad de tener menos plasticidad en los procesos de memoria”. Esta misma investigadora afirma:

“Se podría hipotetizar que los niveles de ruido a los cuales se exponen los chicos en las discotecas o escuchando música fuerte por auriculares podría llevar a déficits en la memoria y atención a largo plazo”[7].

El alcohol y las drogas es lo más palpable del problema. Y el término “fiebre” no es simplemente un recurso retórico en alusión a un famoso film de los 80’, sino que lo sostienen los profesionales de la medicina. El Dr. Juan Carlos David, quien ha estudiado este fenómeno del que tratamos, habla de una clara “epidemia”. En epidemiología se estudia la causa de la enfermedad de los pueblos o poblaciones teniendo en cuenta una tríada ecológica cuyos vértices son: el ambiente, el huésped y el agente agresor. Estos conceptos trasladados a la realidad que estamos comentando son los siguientes en la opinión del doctor: “nos enfrentamos con una epidemia de abuso de alcohol (agente agresor) en los adolescentes (huésped), fundamentalmente en un medio que son los boliches y sus alrededores (ambiente)”. Y a continuación señala: “Esa tríada explosiva es el porqué de las agresiones físicas (traumáticas o de índole sexual), de los accidentes automovilísticos, y de una buena parte de los embarazos no deseados”[8].

En nuestros días el fenómeno de las mezclas de bebidas alcohólicas con algunos estupefacientes o medicamentos de cualquier género, es un hecho. Es una nueva versión de la ruleta rusa. Esta práctica llamada también policonsumo está instalada en el país, según refiere la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción (SEDRONAR). Se mezclan las sustancias para disparar nuevas sensaciones. Una droga muy de moda actualmente, luego de la famosa “burundanga”, es la GHB (Gamma Hydroxybutyrate), llamada también “viola fácil”. Una vez ingerida sus efectos son inmediatos. Se utiliza para cometer actos sexuales, aunque provoca la muerte. Lo que provoca es una pérdida de la voluntad, un engaño al cerebro. No tiene sabor, ni color, ni olor, por lo que no se puede detectar y las víctimas caen una tras otra. Produce también síndrome de abstinencia, insomnio, ansiedad, temblores, sudoración y es común que el intoxicado se orine o defeque sin darse cuenta. No sólo se pierde la conciencia, sino también la memoria. En 2015 se conoció un caso de Perú en el que “luego de que la chica tomó la bebida con GHB, a los diez minutos, el barman estaba parado al lado de ella dándole órdenes. Luego el violador llevó a su víctima, que estaba un tanto adormecida, hasta el hotel para completar la violación sexual”[9].

Geraldine Peronace, médica psiquiatra, quien ha brindado contención psiquiátrica en una discoteca de Capital Federal, está trabajando en la prevención de este tipo de prácticas. Advierte la doctora que todo comienza en las “previas” en donde se consumen comprimidos de éxtasis para que no detecten su estado de alcohol. “Adentro van a usar sustancias en auge… y como muchas generan amnesia, no recuerdan los consumos y allí empiezan los cuadros de sobredosis que para nosotros empieza a ser más complicado a partir de las 5 de la mañana. Siendo que el horario de finalización de la nocturnidad es entre las 7 y las 7:30″. Según la especialista, el dejarse guiar por las modas es un agravante, ya que éstas son pensadas para que la gente esté insatisfecha con quiénes son”[10]. Es aquello que detalla Enrique Rojas como el hombre light, inmerso en una zona de indefinición, insatisfacción de sí mismo y de su entorno, un camino sin meta. “El frenesí de la diversión –dice- y la afirmación de que todo vale igual, nos muestra a un hombre para el que es más importante la velocidad en alcanzar lo deseado que la meta en sí. Esta apoteosis de lo superficial ha ido teniendo una serie de dramáticas consecuencias: la adicción al sexo, a la droga, al juego, a los sedantes y al zapping, todas manifestaciones diferentes tienen un fondo común”[11].

Se trata, en efecto, de un problema que va más allá de lo moral y religioso. Es un problema de salud física y psicológica, que evidentemente inicia y culmina principalmente en un problema espiritual.

Un artículo de Rolando Hanglin aparecido en La Nación[12], resulta muy interesante por la descripción del fenómeno que venimos dilucidando. En tono irónico el autor dice que “los adolescentes no tienen ninguna necesidad de bailar. No es uno de los derechos humanos. La prueba está en que, si se le impide dormir a una persona, enloquece y muere. En cambio, si se lo deja sin bailar sigue contento y feliz. No pasa nada”. La crítica del autor llega incluso a los viajes de egresados, “un invento maldito”, que los jóvenes aprovechan para estar lejos del control de sus padres “con el exclusivo propósito de producir aturdimiento, ebriedades, desórdenes sexuales y destrozos en los hoteles”. Sus palabras son claras y contundentes y pese a su extensión merecen traerse a cuento:

“Mediante la nocturnidad, hemos establecido que los jóvenes se van de sus casas, después de descansar un rato, a las dos de la mañana. Llegan como pueden a las proximidades de una discoteca. Por lo general, están borrachos al arribar a la puerta, debido a la simpática “previa”. En esas largas filas de espera, hay chicas que venden “petes” o “besos por un peso”, para pagar la entrada, otras que exhiben el documento de la hermana mayor para que las dejen pasar, y no faltan los muchachitos que vomitan en la vereda o caen desvanecidos. Frecuentemente, se pegan e insultan. A la salida, en la desbandada del amanecer, ocurren las desgracias.

De la juventud del “amor y paz”, sonrisas alucinadas, pies descalzos, un porrito, el sonido de voces y guitarras, el sexo libre (pero sano y sin violencia) hemos pasado en pocos años a esta cabalgata de barras bravas, haciendo “pogo”. Sin embargo, son las mismas edades adolescentes, con las mismas caras puras y cuerpos vírgenes. ¿Cómo fue? ¿Cómo hicimos la metamorfosis de “una chica moderna” a “un gato”?”

Esta metamorfosis se hizo poco a poco, muchos años atrás. La fraguaron los ideólogos de la Revolución Cultural, valiéndose de una sociedad víctima del proceso de Revolución Mundial Anticristiana. Y fueron precisamente estos ideólogos los que impulsaron y favorecieron el surgimiento de aquellos jóvenes descalzos con sus guitarras, sexo libre y gritos de amor y paz.

¿Cómo se explican algunos nombres de discotecas y boliches?: Pagana, Inferno, Infierno, Non Serviam, Requiem Gothic, Sacramento, La Hechicera, Brujas, Coolto, Pecado Bar, Mala Mujer, Santo Club,  El Culto, Diosa gitana, El Templo, Vuddu, El Judas, Rey Castro (por Fidel Castro), y un larguísimo etcétera. En Madrid, para la inauguración de una disco hacían la propaganda: “Vení con nosotros… conocerás pecados nuevos”. Tanta gente hubo en el lugar que cerraron las puertas porque no entraba nadie más. Hubo un cortocircuito, se produjo un incendio, se quemaron las películas pornográficas y el gas que largaban mató una gran cantidad de jóvenes[13].

En fin, ¿para qué seguir? La pregunta -quizás la más importante- es cómo revertir esta situación. La respuesta más lógica probablemente sea hacer precisamente todo lo contrario a lo que se viene haciendo. En efecto, no se trata de crear una legislación para controlar la venta de alcohol o regular el tiempo de duración de la fiesta, estimar los impuestos a SADAIC, o aumentar la seguridad de los boliches, sino de legislar buscando la nulidad de estas prácticas y antros que son causa de tantas problemáticas sociales y culturales.

La crítica está hecha, radical, autoritaria, anticuada, retrógrada o lo que fuere. Pero hay un hecho que no podemos ignorar: nuestros jóvenes al parecer sí se están perdiendo, poco a poco, cada vez más. No todos, aunque sí la gran mayoría. Son pocos los que buscan ir contracorriente pese a todo y aunque les toque ser los “aguafiestas”. Son quienes dan lugar a la esperanza. Es cierto, en medio de la tempestad, muchos jóvenes se encuentran en el centro, en el ojo de la tormenta. Otros probablemente apenas están en las orillas del tornado. Pero a todos, todos, los sopla el mismo viento, los arrastra la misma marea. Multitudes a quienes casi en su totalidad -duele decirlo-, nadie les quitará lo bailado.

Eduardo Peralta
San Juan, 9 de febrero de 2016

NOTAS:
[1] P. Carlos Miguel Buela, IVE, Jóvenes en el Tercer Milenio, 8va edición, Ediciones “Del Verbo Encarnado”, Mendoza, 2007, p. 50.
[2] Ibídem, p. 50.
[3] Cfr. Diario El Día (La Plata), edición del miércoles 9 de enero de 2013, p. 17.
[4] En diario El Día, edición del martes 11 de diciembre de 2012, p. 16.
[5] Cfr. La Nación, edición del domingo 11 de septiembre de 2011, p. 25.
[6] Cfr. J. P. Regimbal., Il Rock ‘n’ Roll, Varese, 1987.
[7] “El ruido muy intenso afecta el aprendizaje y la memoria”, artículo aparecido en diario El Día, edición del domingo 22 de julio de 2012, pp. 10-11.
[8] “Los boliches, los adolescentes y el alcohol”, lunes 30 de noviembre de 2009.
[9] Noticia del 11 de mayo de 2015, “La droga ‘Viola fácil’ ya está en boliches del país”, cfr.:www.lacapital.com.ar/informacion-gral/La-droga-viola-facil-ya-esta-en-boliches-del-país-2015-0511-5070.html
[11] Enrique Rojas, El Hombre Light, una vida sin valores”, Ediciones Temas de Hoy, Buenos Aires, 1994, p. 68.
[12] Edición del martes 5 de octubre de 2010.
[13] Cfr. P. Carlos Buela, “Los Boliches bailables”, en:https://padrebuela.wordpress.com/2013/01/31/los-boliches-bailables/