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viernes, 22 de mayo de 2015

BACH SIN DIOS NO ES NADA





Hace un tiempo leí un interesante artículo de Belen Altuna publicado en El País (edición País Vasco) llamado, El músico de Dios. Me llamó poderosamente la atención el testimonio que ofrece la escritora de Cioran sobre la música de Bach: “He dicho que Dios le debe todo a Bach. Sin Bach, Dios sería un personaje de tercera clase. La música de Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre total. Con Bach todo es profundo, real, nada es fingido. El compositor nos inspira sentimientos que no nos puede dar la literatura, porque Bach no tiene nada que ver con el lenguaje. Sin Bach yo sería un perfecto nihilista”.

Entiendo perfectamente -quién lo iba a decir- las palabras del genial y turbulento rumano. Si sabré yo de sobra lo que Dios le debe y se obliga con Bach. Siempre digo al que quiere oír o escuchar que llegué a Dios por el arte, al igual que otros, llegan a Él por María, y otros, distintos pero hermanos, por la conversión. Al final, todos los caminos conducen al Señor, todo es conversión a la Verdad, que es Cristo, de una u otra manera. Sólo hace falta querer buscarlo. Pero me gustaría decir, ya que llevo toda la mañana con la idea en la cabeza y no  deja centrarme en otras cosas, que si Dios le debe algo a Bach -como señalaba caústica y turbulentamente el señor Cioran-, el genial músico alemán, le debe a Dios, al Dios cristiano y católico hecho hombre, al Dios de la misericordia y la Justicia (que no se olvide en estos miserables y traidores tiempos de "misericodeo" la Justicia Divina), todo. Le debe Todo. Todo es todo. A pesar de lo que magistralmente tallara José Hierro en un milagroso poema: “Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. …”

Es imposible crear y tener una cosmovisión del arte y la música de Bach sin un profundo sentimiento cristiano que sostenga la mirada pura y sin una visión sobrenatural de la vida y la muerte como la que poseía –y de qué manera lo poseía…- Bach. Aquí no hay debate, ni porfía, la gallina es Dios, y el huevo, Bach. El Creador es Dios, y Bach su criatura, una más de las exquisitamente elegidas para enseñarnos en última instancia, su Rostro, su Belleza. Esto, el primero que lo sabía y lo tenía claro y lo difumina sabiamente por toda su obra es el mismo artista.

J.S Bach sin Dios no es nada. Bach sin Dios no es real. Bach sin Dios, sin el Dios cristiano hecho hombre, en palabras del propio Cioran, sería un triste y dolorido personaje de tercera clase. Lo que eleva y enaltece como un suspiro divino la inmortal y gloriosa música de Bach es la profunda fe y la insondable teología cristiana hecha Misterio que chorrea en cada una de las notas que compuso el artista.

Nada más leer el texto de Cioran se me vino como un rayo a la mente este doloroso y lúcido fragmento del libro de La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach:

“Una vez entré inesperadamente en su cuarto cuando estaba componiendo el solo de contralto ¡Oh Gólgota!, de la pasión según San Mateo ¡Cómo me conmoví al ver su rostro, en general tranquilo, fresco y colorado, de una palidez cenicienta y cubierto de lágrimas! No me vio; volví a salir silenciosamente, me senté en la escalera, ante la puerta de su cuarto, y lloré también. Los que oyen esa música, ¡qué poco saben lo que costó! Sentía deseos de entrar y echarle las manos al cuello, pero no me atreví. Había visto algo en su mirada que me produjo un sentimiento de veneración. Nunca llegó a enterarse de que yo le había visto en el dolor de la creación, pues eran momentos en los que sólo debía verle Dios".

Cioran no sabía de lo que hablaba. Da igual. Creo que Bach hubiese tomado las palabras de Cioran como una ofensa a su fe. Incluso con Bach, este hombre siempre fue "un perfecto nihilista", por no decir otra cosa. Solo a un gilipollas pretencioso, presumido y moña se le puede ocurrir afirmar que Bach no le debe nada a Dios. Bach..., que es uno de sus elegidos para mostrarnos una milésima parte de Su Gloria.




jueves, 23 de octubre de 2014

DONDE HAY MÚSICA NO PUEDE HABER COSA MALA





Tal dice Cervantes por boca de Sancho en el capítu­lo XXXIV de la segunda parte de su inmortal novela, y aun antes, en el capítulo XXVIII de la primera parte, escribía: «La música compone los ánimos descompues­tos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.»
No comprendo cómo hay gente que no le gusta la música, pues según Gabriel Marcel, «las palabras mien­ten, pero la música dice la verdad, sólo la música».
Catalina la Grande de Rusia no tenía ninguna sensi­bilidad musical, y como se daba cuenta de su defecto se quejaba de él y en sus Memorias dice: «Todo depende del organismo. La culpa es mía. Suspiro por oír y gozar de la música pero en vano. Para mí no es más que un ruido. Deseo enviar a la asociación de médicos un pre­mio para quien invente un eficaz remedio contra la in­sensibilidad de los sonidos armónicos.»
Napoleón no era un gran melómano, ni mucho me­nos, aunque gustaba de algunas romanzas de ópera que tarareaba, pero muy desafinadas. Un día, hablando con el compositor Cherubini, le reprochaba la, según él, excesiva sonoridad de algunas de sus composiciones, a lo que el músico respondió:
-Comprendido, señor, vos preferís la música que no os impide pensar en los asuntos de Estado.
Bach, a quien uno de sus admiradores le felicitaba, tras oír una pieza de órgano interpretada por él, dijo simplemente:
-No hay nada notable en ello. Todo lo que uno tiene que hacer es tocar las notas a su debido tiempo y la mú­sica surge por sí misma.
El mismo Bach tenía una idea sublime de la música que componía y así, en unas Instrucciones a los alum­nos sobre el modo de sonar el continuo, escribe: «Se ha de producir una armonía eufórica para la gloria de Dios y el posible disfrute de la mente y, como en toda mú­sica, su finis y su causa final no deben ser otros que la gloria de Dios y el recreo de la mente. Si no se piensa en esto en verdad no hay música, sólo gritos y estrépito.»
Personajes como Nietzsche afirman que sin música la vida sería un error, y Robert Browning dice que el que oye música siente que su soledad se puebla de repente; en cambio Lawrence Durrell afirma que la música ha sido inventada para confirmar la soledad humana.
José María Iribarren narra que en cierta iglesia na­varra y durante la misa mayor de la feria unos gaiteros, al tiempo de alzar la Sagrada Forma, tocaron el trozo de la Corte de faraón, cuya letra dice: «ay ba ay ba ay babilonio que mareo». Y una amiga mía me dijo que en Camprodón oyó una vez en el momento solemne de la elevación el brindis de La Traviata ejecutado por el ór­gano de la iglesia. El propio Iribarren se escandaliza cuando dice: «En Uncastillo (provincia de Zaragoza), hará veinte o veinticinco años, cantaban la misa con acompañamiento, ¿de qué diréis?, de guitarra. Y en cierto pueblo de Navarra, también. Me consta el dato por quien fue testigo de ello...» ¿Qué diría ahora el es­candalizado señor Iribarren si viese que las ceremonias de algunas misas se ven amenizadas no ya por guitarras sino por bandurrias, maracas, bongos y otros instrumentos de igual calibre?
El papa Pío X publicó un motu proprio por el cual condenaba la música profana en las iglesias. El resultado fue que se eliminaron las misas de Beethoven o Mozart, ofrendas del arte a Dios, para ser sustituidas por las inanes y aburridas misas de Perosi. Hoy en día el sacrificio de la misa es para muchos un sacrificio a la sensibilidad artística. Confieso que debo hacer un esfuerzo para seguir mi misa dominical haciendo caso omiso de las murgas en que están entreveradas. Que Dios me lo perdone, pero creo que el Arte, así con mayúscula, es el mejor homenaje que podemos ofrecer a la divinidad.
La música amansa las fieras y produce en el ánimo una sensación de paz y de unión con lo inefable.
Tras un concierto de buena música los ánimos han reposado, la mente se ha aclarado, la paz se ha apoderado de nuestros ánimos. Ya sé que alguien me dirá que en los conciertos de rock el resultado es diverso; salvajadas, barrabasadas, drogas, gritos, insultos... pero yo he hablado de música y no de ruido.


Carlos Fisas. Frases que han hecho historia. Editorial Planeta.



viernes, 4 de octubre de 2013

Bach


“Bach ha dicho que lo hizo todo sólo por aplicación. Pero tal aplicación presupone precisamente humildad y una enorme capacidad de sufrimiento, es decir, fuerza. Y quien entonces puede expresarse perfectamente, nos habla justo el lenguaje de un gran hombre”.


Ludwig Wittgenstein

lunes, 19 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - V




R.P. Bertrand Labouche

BACH y PINK FLOYD

Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock




Se limita, en general, a tres o cuatro acordes, que vuelven sin cesar.(1) La facilidad técnica es una constante en el rock. ¿Por qué entonces esforzarse en la armonía si lo esencial es dado por el ritmo? La guita­rra (clásica) es un instrumento difícil que supone un trabajo asiduo; la pieza Asturias, de Albéniz, ¡no se aprende de un día para otro tocando algunos acordes!

¿Cuáles son los acordes del “rock”?
Consultemos uno de estos métodos básicos concebidos para los roc­keros principiantes.
• Estos acordes, tres, son exclusivamente acordes de 7a: Mi 7a, la 7a, si 7a. ¡Interesante! El acorde de 7a es utilizado en música clásica como un acorde de transición, resuelto por un acorde consonante, según una tonalidad predefinida; en sí menor, en re mayor, etc. En el caso del “rock”, se trata de los acordes fundamentales. Esto es una abe­rración musical. Por supuesto, todas las piezas de “rock” no utilizan necesariamente el acorde de T, pero estos acordes constituyen la base del “rock”.
Es claro que el efecto de estos acordes, siendo disonantes, de esta constante desarmonía, será una impresión de tensión continua, de malestar, de inestabilidad, de vacío en el alma, de frustración. La sen­sibilidad no tendrá un instante de reposo, especialmente si el acorde final será a menudo un acorde de 7a, como en el caso del blues.

• Otro tipo de acordes(2) es de aquellos compuestos por dos notas (por ejemplo mi-si), alternados y repetidos con otra nota (fa#), tocado por el dedo meñique de la mano derecha, mientras se pega al ritmo.

• Es de notar igualmente que en la guitarra de rock, siendo eléctri­ca y llevada a un volumen muy alto, los acordes son reducidos a tres o en algunos casos a dos notas tocadas simultáneamente; esto es más fácil que tocar el acorde completo sobre cinco o seis cuerdas. Esto trae como consecuencia un empobrecimiento de la armonía, constituida por acordes incompletos, ahogada por el volumen y por otros procesos que veremos más abajo.
Imaginen un guitarrista de flamenco que sólo tocara acordes de dos notas: sería aburrido como la lluvia y no tendría nada que ver con el fla­menco, un arte difícil que no se puede satisfacer con una técnica tan limitada.

Resumamos: La armonía en el “rock” tomado en general, consiste y se limita al uso de acordes esencialmente disonantes o empobrecidos, en número restringido y repetidos incansablemente.(3)

La melodía

En un 99% de los casos, es de una alucinante pobreza. Este ele­mento esencial del arte musical no es importante en el “rock”. La reina de la música no es más que una miserable sirvienta. He aquí dos ejem­plos, que no son de los peores casos:
- El título de la canción “Goin’down” de los “Monkees” se repite ochenta y cinco veces en dos minutos.
- Igualmente el de la canción "Cheap thrills” de “Rubén and the Jets”, se repite treinta y seis veces en ciento cuarenta segundos.
A menudo, la melodía de una pieza de “rock” no llega a un punto terminal; el final no es preparado, pues no hay nada para preparar. La conclusión se hará en una explosión de ruido o, en muchos casos, con­sistirá en repetir una frase o una serie de notas.
Una disminución progresiva del volumen, si escuchan un disco, o los gritos de histeria del público terminarán por interrumpir la pieza de “rock".
En el “rap”, la melodía acaba por desaparecer completamente, tra­gada por el ritmo: el cantante dice un texto (no hablamos aquí acerca de su calidad y de su vocabulario particularmente escogido) siguiendo el ritmo y sus síncopas. El grupo “Eminem” es uno de los principales representantes del “rap”, nueva forma de “rock” muy apreciada actual­mente.
Estas “melodías” embrutecedoras, escuchadas muchas veces por los jóvenes, gritadas a sus oídos por sus “walkman”, ¿obtendrán el mismo efecto que una Serenata de Schubert, un Choral de Bach o un motete de Mozart?
Una melodía noble ennoblece, una melodía pacífica otorga paz, una melodía pobre hace brutos.

Efectos especiales

Son necesarios para compensar un conocimiento insuficiente de la música y una técnica limitada. Estos efectos especiales tienen por objetivo aumentar el impacto sonoro y exacerbar los sentidos. El lec­tor puede concluir acertadamente que, con estos efectos, una banda de “rock” hará de su público lo que quiera...
• La guitarra está provista de una barra de distorsión de las cuer­das.
• El guitarrista utiliza pedales de distorsión, “fuzz”, “wah-wah”, etc., conectados entre la guitarra y el amplificador. Permiten “metali­zar”, triturar el sonido, prolongarlo, darle eco, transformarlo en un ruido de avión, de bombas (por ejemplo, en la “interpretación” del himno de los Estados Unidos por Jimmy Hendrix), etc.
• Puede también utilizarse un “bottle neck”, que es un cilindro de metal insertado en el dedo índice de la mano izquierda; permite resba­lar sobre las cuerdas; tiene una apariencia muy lejana a aquel de la gui­tarra hawaiana.
• Este volumen, a menudo sobrepasa, en conciertos o en los boli­ches, el límite que el oído humano puede soportar. Los “fans” del “rock” sufren frecuentemente de problemas auditivos irreversibles. En cuanto a los rockeros, el volumen les procura una impresión de poder, de invencibilidad y les permite crear un ambiente de violencia extrema.
• El guitarrista utiliza sistemáticamente un mediador (o plumilla), que sostiene entre el pulgar y el dedo índice de la mano derecha que le facilita el golpeado y trinos rápidos y prolongados.
• Una guitarra eléctrica se compone de un mástil más largo que aquel de la guitarra clásica, fijado sobre una caja muy recortada, que permitirá tocar notas extremadamente agudas. Además, para aumentar el placer, puede también producir efectos larsen.
• El solista, a menudo, no pasa directamente de una nota a otra sino progresivamente, distorsionando la cuerda; esto le permite tocar deliberadamente de arriba o abajo el acorde acompañante.
• El baterista puede electrificar su batería, así como también sintetizarla, esto es tocar una nota a cada golpe.
• El cantante necesita de un micrófono pegado a sus labios y conectado a un sistema que permita darle eco o profundidad a su voz.
• Unas luces deslumbrantes, sincronizadas con el ritmo, barren a la multitud, o descomponen los movimientos.
No evoco más que los efectos relacionados con la música: son elocuentes. Todos contribuyen a aumentar la excitación de los sentidos hasta el paroxismo.

Los textos

Es necesario hablar de los textos pues, como lo hemos visto, la música tiene una relación estrecha con el texto.
- Los temas más frecuentes son: la droga, la violencia y el sexo en todas sus formas, la rebelión contra el orden establecido.
- Su calidad, sin contar los “yeah”, los gritos, etc., oscila entre el horror y la nulidad, cuando no llegan a ser blasfemias. Si nuestros jóvenes comprendiesen estos textos en inglés, quizás reflexionarían un poco antes de escucharlos una segunda vez.
Si una música es tanto más bella cuanto traduce nobles sentimien­tos y está a la altura de los textos sagrados o de obras literarias, o sim­plemente de buen gusto (música folklórica), ¿no puede entonces dedu­cirse, de otro lado, que el “rock” y la vulgaridad van necesariamente a la par?
He aquí algunos ejemplos significativos de inspiración de rockeros: “Sympathy for the devil” (“Simpatía por el diablo” - Rolling Stones), “Lucy in the Sky with Diamonds” (L.S.D: droga; Beatles), “Brown sugar” (droga; The Doors), la canción “We are the champions" que tantas veces se escuchó en 1998 con ocasión de la victoria de Francia en la copa del mundo de fútbol, en realidad es el himno nacional del movimiento homosexual de los Estados Unidos.
“Dead babies", “bebés muertos” de Alice Cooper, “Hell’s bells”, “Las campanas del infierno”, del grupo AC/DC, “El álbum blanco del diablo” con la canción “Revolution n° 9” (Beatles, 1968), “El sacrifi­cio más agradable a Satanás es matar a los bebés no bautizados” canta Black Sabbath en su disco “Sabbat sanglant”, el grupo Prince canta “Actuemos como si todos estuviéramos casados”, (el amor libre), etc. etc.
Los rock dichos “nacionales”, por supuesto, difunden las mismas perversiones: Charly García, considerado hoy en día Patrimonio Cultural Argentino (!) canta, por ejemplo: “Cambiaste de tiempo y de amor / Cambiaste de sexo y de Dios / Y en sensual abandono vendrá (droga) / Y lleva el caño a tu sien / bang, bang, bang” o “Un señor que yo conozco / Anda siempre con muchachos”, etc. etc.
Sería muy fácil llenar muchas páginas de citas repugnantes de los grupos más escuchados por la juventud.
Un tipo de música se adapta perfectamente a estos temas, y es uno sólo: el “rock”. La música clásica, durante el desarrollo de su historia, jamás se ha visto sometida a una depravación tal.
La belleza es “el esplendor de la verdad” (Aristóteles). Ahora bien, el “rock”, con distintos grados, es el vehículo musical privilegia­do de la mentira. Por lo tanto...

Un ejemplo de “rock”

Como lo habíamos hecho para la música clásica, veamos un poco más de cerca de qué está hecha una canción famosa de “rock”. Estudiemos “Vértigo", el reciente y enorme éxito del grupo irlandés U2, que no está entre los más decadentes.







 Una canción así deja un sabor amargo en la boca. Esta mezcla de violencia rítmica, de “acordes duros”, de un vago y malsano senti­miento religioso, es dañina. Traduce una profunda tristeza sin la espe­ranza de una verdadera liberación. Construida con los sempiternos estereotipos de la “rock music”, esta canción no tiene ningún valor musical.
El disco que contenía esta canción, me fue prestado por un alum­no... ¡de una de las escuelas de la Fraternidad San Pío X! He aquí lo que varios jóvenes nuestros escuchan, la música que ellos aman. Que los padres no se asombren si los resultados escolares y espirituales de sus hijos no están a la altura de sus esperanzas... Padres y educadores, ¡vigilen!
A decir verdad, nada es más fácil que componer una pieza de “rock”: modifiquen un poco cualquier melodía básica de una canción de “rock” clásica, añádanle tres acordes, un bajo lancinante, y sobre todo una percusión desenfrenada, sin olvidar unas palabras que nutran la violencia y la sensualidad o cuyo carácter extraño quiere aparentar­se al de la profundidad, agreguen unos cuantos “yeah” y otros borbo­rigmos, y repitan todo eso a un alto volumen. Hagan así durante tres o cuatro minutos hasta una brusca conclusión en un acorde de 7ª puntua­do por un aullido, a menos de que escojan no concluir, y entonces repi­tan diez veces cualquier cosa que quieran(5): habrán creado así una pieza de “rock” digna de ese nombre. ¿Digna de pertenecer al arte musical? Eso es menos seguro.
“Pero usted exagera, no todos los tipos de rock son así, muchos tienen una real calidad musical”. Responderemos ahora a esta obje­ción corriente.



(1). En la canción “Alter Bathing at Baxter ’s" el grupo Jefferson utiliza durante 9 minutos la misma secuencia de acordes.
(2).    Llamados de shuffle rock abundantemente usados por Chuk Berry en "Johnny be good”, “Roll over Beethoven” (¡sic!), etc.
(3). Desgraciadamente se pueden evocar también los cánticos progresistas de la nueva liturgia, cuyos efectos son más de contonearse que de rezar. “Yo nunca comprenderé por qué el clero, que posee este magnífico tesoro del canto gregoriano, tiene el mal gusto de utilizar otra cosa en sus iglesias”. El Alleluia de Taizé, por ejemplo, gran éxito internacional de la Iglesia conciliar, no tiene nada que ver, musicalmente hablando, con un Alleluia gregoriano. Ciertamente un estudio sobre este tema acabaría con conclusiones que no honrarían la liturgia progresista...
(4). “¿Quién nos hará ver los bienes verdaderos?” (Salmo 4, 61).
(5).    Como por ejemplo, “comete un chicle", repetido 32 veces por "Alcalá”, grupo argentino de cuarteto, forma de música también muy apreciada por los jóvenes actuales.


TEMAS MUSICALES MENCIONADOS EN EL ARTÍCULO:


sábado, 10 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - III




R.P. Bertrand Labouche

BACH y PINK FLOYD

Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock



 “Canten este Introito largamente, pero sin pesadez, sin grandes matices, con preferencia en una tonalidad baja. Se ve el contrasentido que sería cantarlo fuertemente e ir aumentando poco a poco la inten­sidad para darle ese brillo, bajo el pretexto de la Pascua. Sería elevar su carácter propio y darle un carácter propio totalmente inexpresivo.
“Cántenlo, finalmente pensando solamente en El que habla y en las cosas que El ha dicho, y verán. Para comprenderlo, hace falta saber un poco del cristianismo y de la vida sobrenatural, el verdadero carác­ter de la religión cristiana que es, ante todo, no una gran demostración exterior, no una cuestión de sentimientos, sino una religión interior, una cosa del alma, una adhesión de todo el ser a Dios".
Dom Gajard señala aquí la importancia del conocimiento del catolicismo como una fuente para una buena interpretación. Llevemos es­to al mundo de la música clásica. Es claro que una seria formación en humanidades es una de las grandes lagunas de nuestra época de técni­cos y de computadores. ¡Las teclas que nuestros jóvenes hoy día tocan no son las de un órgano o de un piano! Ahora bien, si la música es una forma de expresión, hace falta que haya algo para expresar por parte del músico y algo que pueda ser comprendido por quien escucha. Si este último evoluciona en un mundo donde la formación en humanidades (literatura, arte, filosofía, historia, música...) está ausente y peor aún, es reemplazada por una formación excesiva en las matemáticas, las ciencias naturales y la informática, es claro que se obtendrá una músi­ca hecha de tecnología y de brutalidad, mientras que la música clásica será como un extranjero porque se desarrolla en un mundo real y hu­mano, y no en un mundo virtual e inhumano.
La conclusión del comentario de Dom Gajard lo demuestra de una manera sobrecogedora: “Saber que se trata de Alguien que tiene una grandeza absoluta, que nos sobrepasa infinitamente. Saber, en fin, que nosotros no tenemos razón de ser sino en Él, para Él, y por Él. Enton­ces el Resurrexi les parecerá como una pieza única, como el verdade­ro canto de Pascua”.
La comprensión de esta pieza de música gregoriana es proporciona­da al conocimiento de Dios.
La comprensión y el amor de la música, y más aún de su creación, necesitan de un mínimo de vida del espíritu, la única que puede satis­facer y elevar al hombre.
Lo verificaremos estudiando un poco dos piezas musicales célebres, la una de Johann Sebastian Bach y la otra de Ludwig van Beethoven.

Primer preludio en Do mayor, del
“Clave bien temperado” de J. S. Bach

En el “Clave bien temperado”, compuesto para sus alumnos, Bach, como buen profesor, clasificó los 24 preludios y fugas por tonalida­des (1): las 24 tonalidades mayores y menores son presentadas en una su­cesión cromática (por semitonos) ascendente.


Bach utiliza muchos tipos de preludios (2): “arpegios”, “figuras regulares”, “tocata”, “aria”, “invención”, “sonata en trío”. El que va a rete­ner nuestra atención, el primer preludio en do mayor, es de tipo “arpe­gio”: Se constituye por una serie de arpegios (acordes en que las notas están tocadas sucesivamente, por ejemplo: re-fa-la para el acorde de re mayor). La pulsación rítmica regular, en 4/4, contribuye a crear una impresión de balance y de tranquilidad. Es de notar que el ritmo está subordinado a la armonía.
La preocupación del compositor es de hacer trabajar la armonía a sus alumnos y de mostrarles qué acorde puede seguir a otro, partiendo de un do inicial para concluir en un do.
Bach utiliza 36 acordes, siendo cada uno tocado dos veces, con la excepción de los dos penúltimos acordes que preparan el acorde final.
He aquí el comienzo del preludio, siendo el primer acorde de do mayor. Este acorde introduce y concluye el preludio...


 He aquí el final:


 Ciertamente, esta pieza es ante todo un ejercicio, pero compuesto por un gran músico, aquel que Beethoven designaba como “el padre de la armonía”. Así, más allá de un medio pedagógico sin dificultad téc­nica particular, Bach escribió un hermoso pequeño preludio, a la vez simple y de una gran riqueza armónica, que constituirá más tarde un acompañamiento maravilloso a la melodía del Ave María de Charles Gounod. El preludio se desvanecerá frente al canto del Ave María, fa­voreciéndolo. Mi propósito es por lo tanto, mostrar que la riqueza de la armonía, sirve y embellece la melodía, y así favorece a la belleza musical. Al contrario, es claro que una armonía limitada a tres o cua­tro acordes no contribuirá más que a empobrecer la melodía y, por lo tanto, la música.
¿Cuáles son los numerosos acordes que Bach utiliza en este prelu­dio?
Do mayor, re menor séptima, sol mayor séptima, do mayor, la me­nor, re mayor séptima, sol mayor, do mayor séptima, do mayor, re ma­yor séptima, sol mayor, sol séptima disminuido, re menor, do mayor, fa mayor séptima, fa mayor, sol séptima, do mayor, do séptima, fa sépti­ma, fa' séptima disminuido, do mayor séptima, sol mayor séptima, do mayor, sol séptima, sol séptima, fa' disminuido, do mayor, sol séptima, do séptima, fa mayor, sol séptima, do mayor.(3)
Sin entrar en consideraciones demasiado técnicas, recordemos que un acorde puede ser “disonante”, como por ejemplo el de séptima (se añade un T intervalo después de la tónica): así, el mi séptima incluye un re que, unido a un mi, forma una disonancia. Estos acordes diso­nantes piden una “resolución”, como el sol séptima cuya “tensión” es resuelta por un do mayor.
Así, en la tercera y cuarta medida:


Dejemos estas precisiones para retener lo esencial:

- Bach emplea una serie extremadamente variada de acordes, cons­tituidos de tensiones y de resoluciones armónicas también variadas. Así, el oído no va a tener una impresión de “ya escuchado”.
- Esta rica diversidad se inscribe en una tonalidad, la de do mayor. El acorde de mayor es el más usado. Por eso el oído siente una impre­sión de unidad.
- Un ritmo regular, sin tirones, respeta esta unidad en la diversidad.
- Sin embargo, faltaría “algo”, un cierto acabamiento. Este bello ejercicio de armonía es sobre todo un ejercicio. Una línea melódica le sería bienvenida. El Ave María de Gounod se lo dará.

Los acordes del preludio de Bach, incluyendo los disonantes, ya que ellos no tienen un fin en sí mismos, mas piden y encuentran cada uno su resolución, dan una bella coloración a la melodía de Gounod, que canta y comenta la salutación angélica.
Por ejemplo: desde el principio, el gratia plena, tan bien expresado por el acorde de la menor, (el único de toda la pieza), para cantar el dul­ce misterio de la plenitud de gracia en María; en la segunda parte del Ave María, que es una oración del hombre pecador, los acordes diso­nantes, relativamente numerosos, traducen la miseria del hombre peca­dor, la gravedad del momento de la muerte, mientras que los acordes mayores muestran la confianza en Nuestra Señora, su poder de interce­sión, etc.

Texto, melodía, armonía, y ritmo: El orden que engendra la belleza musical.
....Escuchen este Ave María, estimados lectores, lo comprobarán fácilmente.

La sonata para piano n° 23, “Apassionata”,
Opus 57, de L.V. Beethoven.

Beethoven compuso esta sonata en 1805, entre la sinfonía heroica (1803) y la célebre Quinta sinfonía (1808), durante la época de su apo­geo, cuando su obra se reviste de una extraordinaria fuerza de expre­sión.
En esta pieza para piano forte, “Beethoven lleva hasta los límites tanto las dimensiones de la obra como las posibilidades sonoras del piano de aquella época: abandona las categorías estéticas en uso y cambia la belleza tradicional (4)”por un nuevo tipo de expresión”.(5) Cier­tamente, la estructura es de una sonata clásica (exposición-desarrollo- recapitulación-coda (6), pero “masas sonoras de una intensidad máxima vienen a hacer irrupción bruscamente: en el matiz ff,(7) sobre un ritmo sincopado, acordes masivos de fa menor, en un movimiento ascenden­te, rompen brutalmente la línea temática y la atmósfera (compás 18), pero este episodio prepara al mismo tiempo la llegada de un segundo tema ascendente en la bemol mayor (compás 35), con una melodía no­ble indicada pp dolce”:


Beethoven habría respondido a Schindler, que le preguntaba el sig­nificado de las sonatas op. 31 n° 2 y opus 57: “¡Leed La Tormenta de Shakespeare!”. La sonata op. 31 n° 2 es en efecto conocida bajo el nombre de “La Tormenta”, pero la opus 57 bajo el nombre de “Appassionata” (8) Sin embargo aquella evoca una verdadera tempestad por sus martillazos y desencadenamientos rítmicos acompañados de violentos contrastes armónicos.
Esta pieza traduce la lucha de las pasiones que son presa del desti­no, la energía interior de este “Napoleón de la música”: “Yo nunca ja­más había visto un artista tan poderosamente concentrado, tan enérgi­co, tan interior”, decía de él Goethe. “Hay seis hombres dentro de él”, habría afirmado Haydn. Uno querría ver ahí la coronación de la vida espiritual de Beethoven, la lucha contra el destino (tema que se encuentra en su Quinta sinfonía: sol-sol-sol-mi: el destino que golpea la puerta...)', después, la aceptación seguida por un sentimiento religioso, no­tablemente en el segundo movimiento, el andante con moto, antes del surgimiento del finale:


Esta sonata ilustra el poder que puede ejercer el ritmo de una composición sobre el corazón y las pasiones humanas, al precio de una so­focación de la melodía y de una fuerte tensión armónica. Beethoven no va a llegar al punto de sacrificar la música por el ritmo, como hacen los grupos de hard rock, pero él sabe desencadenar el ritmo como ningún otro músico había jamás pensado u osado hacerlo.
De una cierta manera, sus efectos rítmicos son más violentos que los del rock, porque inteligentemente son puestos en contraste con me­lodías revestidas de una gran nobleza y suavidad, o de una profunda religiosidad.(9) Una composición musical que se reduzca esencialmente al ritmo no sabe proponer estos contrastes; no es sino violencia. Volveremos a este punto. Que nuestros jóvenes escuchen a Beethoven, ahí encontrarán aquello que el rock no les puede dar: fortaleza, nobleza y profundidad.
Entremos por ahora en la estructura misma de la sonata “Appassionata”. Yo les sugiero escucharla mientras leen el cuadro que nos ha dado S.E.R. Mons. Williamson, gran conocedor de Beethoven:



...¡Uf!, ha pasado la tempestad, el volcán ha puesto fin a su erup­ción. Un contemporáneo de Beethoven decía que, después de haberla escuchado en piano, ¡él había sido incapaz de encontrar su sombrero en el vestuario!
Berlioz narra así el entusiasmo frenético que produjo entre los parisinos las tres primeras ejecuciones de la Quinta sinfonía (ejecutadas en 1828 en un intervalo de seis semanas), así: “El auditorio, en un mo­mento de vértigo, cubrió la orquesta con sus gritos; eran exclamacio­nes furiosas, mezcladas con lágrimas y con carcajadas... un espasmo nervioso agitaba toda la sala”.
...Podría uno preguntarse si esta reacción no es la misma de una muchedumbre durante un concierto de rock. Distingamos:
• En tanto que es una música revolucionaria, cuyas audacias y vio­lencia rítmicas (memorizar esto) y los fuertes contrastes armónicos des­truían las reglas musicales de la época: Sí. Las mismas causas produ­cen los mismos efectos.
• En tanto que una obra de un músico que domina perfectamente un material musical melodía /armonía original y muy rico, aun en un contexto agitado y pasional: No. No se puede afirmar que este poder emocional inmola el arte musical en el simplismo de una brutalidad sin alma. Beethoven es un gran músico —que un Pío XII apreciaba mu­cho— y que profesaba una profunda admiración por Johann Sebastian Bach, de quien se inspiró muchas veces; decía de él “que no se debía llamar «Bach» («arroyo», en alemán) sino océano".
Toda la música de Beethoven no está hasta este punto tan desenca­denada; lejos de eso su concierto para violín y orquesta, su quinto con­cierto para piano, el adagio lleno de una noble dulzura, sus cuartetos para cuerdas, muchas de sus otras obras, unen maravillosamente la imaginación creadora y la maestría del arte musical, siendo estos los dos componentes del genio.
Los críticos vieneses, que se encontraban tan descontentos y reser­vados después de la creación de la Primera sinfonía —uno los com­prende— encontrarán para esta sinfonía términos muy elogiosos des­pués de cinco años: “una magnifica creación artística, que despliega con tanto esplendor y gracia una riqueza inaudita de excelentes ideas, y en la que reinan en todo momento la coherencia, el orden y la clari­dad”. La música de “ese sordo que entendía lo infinito”,(10) impregna­da de voluntad, de poder, de sensibilidad y de imaginación conquista­dora marcó todo el siglo XIX, el siglo del romanticismo.
Es cierto, sin embargo, que se debe extraer una lección de esta so­nata, que merece bien el nombre de “Apassionata”: un ritmo desenca­denado, sincopado, una fuerte tensión armónica debida al empleo de acordes disonantes repetidos y no resueltos, los crescendos desmesura­dos tienen efectos sobre la sensibilidad y las pasiones humanas, pues su origen es, precisamente, pasional. Inestabilidad, frustración, exacerba­ción son el resultado.
Ciertamente, un volcán en erupción ofrece un espectáculo donde la grandeza no es sinónimo de fealdad, ¡pero es mejor no acercarse dema­siado a él!...
Pero cuando nuestros jóvenes pretenden que la “música de papá” es amanerada, sería necesario incitarlos a acercarse a este volcán, por lo menos para destruir sus prejuicios; y puede ser que esto los lleve a reflexionar un poco sobre la naturaleza y el valor de la música “rock” con la cual se llenan y sufren sus consecuencias.


NOTAS:
(1). También Chopin clasificó sus 24 preludios (op. 28 - 1839) por tonalidades, no en una sucesión cromática sino según el ciclo de las quintas.
(2). Ulrich Michels, p. 145.
(3). Aquí los acordes son designados sin precisar algunas diferencias; así, todos los sol 7a no son tocados igualmente.
(4). Al contrario, su sonata Opus 2, n° 1 es de forma clásica.
(5). Ulrich Michels, pág. 403.
(6). Movimiento sobre lo cual se acaba una pieza musical.
(7). Fortísimo.
(8). Fue dedicada al Conde Franz von Brunswick, quien le dio este nombre.
(9). Escuchar en la Appassionata el desarrollo del primer movimiento con sus momentos líricos o el andante con sus suaves variaciones.
(10). La expresión es de Víctor Hugo. La sordera conducirá a Beethoven casi al sui­cidio, como lo reveló en su testamento de Heiligenstadt.



lunes, 5 de agosto de 2013

J. S. BACH





“El único fin y el único objetivo de toda música no es más que la alabanza de Dios y la recreación del alma. Cuando se pierde esto de vista, no puede haber verdaderamente música, sino solamente ruidos y gritos infernales”.

Johann Sebastian Bach.


sábado, 3 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - I


R.P. Bertrand Labouche
Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock


De cien discos vendidos, noventa de ellos son de música rock. Es imposible ignorar este fenómeno internacional, que representa millones de personas y de horas de escucha.
Analicemos un poco esta música, que es inseparable de la vida co­tidiana de la juventud actual.
Designamos por "música rock” aquel tipo de música que escuchan los jóvenes desde los años ’50 hasta nuestros días. Incluimos el viejo “rock’n’roll” de los años cincuenta, el boggie-woogie, el blues, la mú­sica de los Beatles, el pop, el hard rock, el punk rock, el heavy metal, el acid rock, el techno, el rock psicodélico, el funk, el rap, etc. Todos estos diversos tipos pertenecen a una misma familia; comparten entre sí características esenciales, pues se fundan en los mismos principios de composición y de interpretación. Son estos principios los que atrae­rán nuestra atención.
El propósito de este trabajo es considerar el “rock” como música y solamente como música que, como tal, está compuesta de elementos comunes a todo género de música: melodía, armonía, y ritmo.
Si estos elementos son comunes a toda música, esto no implica que sean idénticamente jerarquizados y dispuestos. Así pues, Bach y U2, Chopin y AC-DC, Dvorak y Black Sabbath, Haendel y los Rolling Stones, utilizan en sus composiciones melodía, armonía, y ritmo. ¿Cómo es que estos músicos utilizan estos elementos? En la práctica, ¿cuál es la diferencia, musicalmente hablando, entre un solo del guitarrista de Pink Floyd y una fuga de Bach? Responder a estas preguntas es preci­samente lo que deseamos.
¡Pero —puede objetar, querido lector— es que la diferencia es evi­dente! Entonces ¿por qué tantas hojas para demostrar algo que es tan claro como el agua?: “¡Bach es la verdadera música, el rock no es más que ruido!”.
.Pero si el rock fuese solamente ruido sin duda no habría tal éxi­to: querido lector, grabe un embotellamiento en su ciudad, después di­fúndalo, eso no será suficiente para hacer de usted un ídolo. ¡Por lo tanto, demostrar que el rock no es música sino ruido no es tan simple! Los Beatles, agrupaciones como Pink Floyd, Yes, E.L.&P., el guitarrista Carlos Santana, por ejemplo, han compuesto varias piezas musicales que, sin lugar a duda, tienen algún valor musical. De hecho, en una obra que tiene autoridad en materia musical (“Guide iIlustré de la musique", tomo II, pág 545 Ulrich Michels, Ed. Fayard, Coll. “Les indispensables de la musique") se afirma lo siguiente: “Los Beatles han combinado el swing a un cierto refinamiento melódi­co y armónico, instrumentaciones ricas, síncopas estremecedoras, co­mo en el célebre Let it be’’.
Así pues, limitarse a acusar al rock —no sin razón— de ser una mú­sica para drogados, demoníacos y depravados, no constituirá una argu­mentación suficiente para los jóvenes que están apasionados por esta música; al contrario, esto les reforzará su apego a ella por el gusto de desafiar y de ser originales. Obtendrá así el resultado contrario al que se busca.
Pero colocarse en un plano puramente musical los puede llevar a es­cuchar con interés a un interlocutor que, como un relativo experto, cri­tica la “música rock”', así, es de esperar que descubran la “verdadera música”.
Este es igualmente el objetivo de este trabajo.
Así, después de haber definido los elementos de la música en gene­ral (I), veremos su aplicación en la música clásica (II), y finalmente en el rock (III). Esta comparación objetiva nos permitirá identificar clara­mente lo que es la música rock, evaluar este arte musical tan apreciado en nuestra época y predecir sus efectos en el oyente.


La palabra griega mousiké, designaba el conjunto de ar­tes inspiradas por las musas: la poesía, la música y la danza. Después, más particularmente, fue aplicada al arte de los sonidos. Si las posibi­lidades de ordenar los sonidos son innumerables, es posible, por otra parte, definir los principios que rigen estas posibilidades. Éstos se apli­can universalmente, sin importar la época, el tipo de instrumento y el género musical. Que sea medieval, barroca, clásica, romántica, folkló­rica, sinfónica, polifónica, de cámara, sacra, o de ópera, podemos ha­llar tres elementos comunes a todas estas formas de música.
Éstos son:


La melodía

Es el aire que uno tararea, el tema de una sinfonía, de un canto po­pular: identifica una pieza musical y la diferencia de otra. La melodía es la sucesión ordenada de sonidos cuya escritura lineal constituye una forma, el arreglo particular de las notas musicales. Pero más que una serie de sonidos, organizados y agradables al oído, produce también un efecto sobre el alma humana: la melodía canta los sentimientos, las pa­siones, traduce un pensamiento, expresa una realidad o un ideal; en al­gunas notas, evoca un ser querido, una estación, el curso de un arroyo.
Se desarrolla “horizontalmente” como un relato; cada una de las notas engendra otra nota. Puede hacernos reír o llorar, amar u odiar, creer o desesperar, soñar o bailar. Es el alma de la música. Revela la genialidad o manifiesta la pequeñez del compositor.
“La paciencia o el estudio bastan para reunir sonidos agradables, pero la invención de una bella melodía es el hecho del genio. La ver­dad es que una hermosa melodía no necesita de ornamentaciones ni de acompañamientos para agradar. Para saber si es realmente hermosa, hay que interpretarla sin acompañamiento", afirmaba Josef Haydn, cuyas sinfonías rebosan de motivos de gran riqueza melódica.
La melodía se dirige al ser humano en aquello que tiene de superior: la inteligencia, la nobleza del alma, el deseo de infinito, de felicidad, como lo muestra bien Tolstoi ("La guerra y la paz”. Libro II, cap. 19): “Después de cenar, Natacha, a ruegos del príncipe Andrés, se sentó al clavecín y comenzó a cantar. El prín­cipe estaba cerca de la ventana, hablando con las señoras, y la escu­chaba. Al final de una estrofa calló y escuchó. Impensadamente su­bieron a su garganta unos sollozos cuya culpabilidad no sospechó si­quiera. Miró a Natacha, que cantaba, y en su alma aconteció algo nuevo y feliz. Estaba alegre y triste a la vez. No tenía ninguna razón para llorar, pero las lágrimas se escapaban de sus ojos. ¿Por qué? ¿Por su antiguo amor? ¿Por la pequeña Princesa? ¿Por sus ilusio­nes, por sus esperanzas...? Sí y no. Las lágrimas obedecían sobre to­do a la contradicción violenta que, de pronto, había reconocido entre alguna cosa infinita, grande, que existía en él, y la materia, reduci­da, corporal, que era él e incluso ella. Esta contradicción lo entristecía y lo alegraba mientras ella cantaba”.
La música es el arte que ejerce la más poderosa impresión en el ser humano: ella sostiene al soldado listo a sacrificar su vida, eleva hasta Dios —el canto de los salmos esencialmente melódico, hacía llorar a San Agustín— ella consuela al afligido, equilibra los temperamentos o los sacude violentamente... La música puede estar constituida por una simple melodía: este es el caso del canto gregoriano, o de una partita para violín de Bach, o el sonido de un clarín...
En sí misma la melodía no necesita de un acompañamiento. Este acompañamiento la podrá afinar, valorizar, enriquecer, pero      nunca substituirla.
A forma de ejemplo, que introducirá la noción de armonía, escu­chen el primer preludio en do mayor del Clave bien temperado de J. S. Bach (volveremos sobre él): está constituido por una serie de acordes admirablemente arreglados. Después escuchen este mismo preludio sirviendo de acompañamiento al Ave María compuesto por Gounod, podrán comprobar que la armonía de Bach cede el paso a la melodía de Gounod.
He aquí una serie de ejemplos de bellas melodías que, estimado lec­tor, puede escuchar con provecho:
- El Aria (Suite para orquesta n° 3) de Bach.
- La Serenata D. 957 n° 4, de Schubert.
- El Kyrie gregoriano n° IV.
- El Introito “Resurrexi” de la Misa gregoriana de Pascua.
- El motete “Laúdate Dominum ” de Mozart.
- El Adagio, dicho de Albinoni.


Es el conjunto de los principios sobre los cuales se basa el empleo de sonidos simultáneos, la combinación de las partes instrumentales o de las voces; es la ciencia, la teoría de los acordes y de las simultanei­dades de los sonidos. Un acorde es un sonido compuesto por varias no­tas: el acorde de Do mayor, por ejemplo, se compone de do-mi-sol. Acompañará a la melodía, conformándose a ella. Puede ser disonante, de 7a, por ejemplo(Los intervalos de segunda, de séptima y todos los intervalos aumentados o dis­minuidos son disonancias): do-mi-sib-do, dando un tinte diferente a la melodía y requiere un acorde consonante como solución armónica; un do can­tado sobre un acorde de do mayor no “sonará” como un do cantado so­bre un acorde de do 7ª o de do menor. El compositor modificará los acordes en función de aquel que desee evocar por la melodía.
El canto polifónico (Palestrina, Victoria, de Lassus...), el contrapun­to,(1) el arte de la fuga (J. S. Bach), la orquestación sinfónica (Beethoven, Mahler...) suponen un perfecto conocimiento de las leyes de la armo­nía. Ella ofrece menos libertad que la melodía, de la que es esclava; si se emancipa y se torna molesta, la pureza melódica se verá perjudica­da. Esto no significa que la armonía sea cosa elemental. Al contrario, puede ser muy compleja, pero en sí, no es absolutamente necesaria a la melodía: el canto gregoriano, tan estimado por los grandes músicos (2), se canta en principio a capella, es decir, sin el acompañamiento del órga­no.
La armonía toca al hombre en sus sensaciones, sus sentimientos, sus impresiones sensibles, su corazón. Se une con la melodía, la precisa, la matiza, como los brillos de un diamante o la nieve de las altas mon­tañas. Un acorde mayor le dará un tinte, un clima particular, y un acor­de menor la pintará de otro color; cada uno de los dos actúa de modo distinto sobre los sentimientos, el uno plenitud, y el otro una cierta me­lancolía.  Es el vestido, el ornamento de la melodía.
Etimológicamente “armonía” viene de una palabra griega que sig­nifica “ensamblaje”: la armonía es el arte de ensamblar, de combinar sonidos simultáneos en función de una línea melódica.
Puede acontecer que un compositor escriba una sucesión armónica con una línea melódica en segundo plano: es el caso de la polifonía y de piezas de estudio o de ejercicio, como el primer preludio del “Cla­ve bien temperado” de J. S. Bach, compuesto para sus alumnos. Gounod, como fue dicho arriba, lo utilizó como acompañamiento de su “Ave María”: melodía y armonía se enriquecen recíprocamente, pero la primera domina y la segunda pasa a un segundo plano. Esta última es tanto más acabada que no se impone y mantiene su lugar con una perfecta discreción.
Un orador que utilice el arte del discurso no para expresar ideas si­no para hacerse notar, se torna pedante; su discurso es vacío. Él canta más que habla, él hace de su persona el fin de su discurso. De la mis­ma forma, una armonía que sea desmesurada, y que quiera atraer exce­sivamente la atención sobre ella misma, transforma la música en un sentimentalismo vano o en un efecto de fanfarria. Una armonía pobre y repetitiva reducirá también la música en una serie aburrida de acor­des que giran en círculo.
Nada más desagradable, por ejemplo, que un organista que use una pieza gregoriana para hacer ver su propio acompañamiento; es un con­trasentido musical. La melodía no tiene más el primer lugar, es traicio­nada entonces por aquella que debería servirle. Los sentimientos del organista, servidos por sus pretensiones musicales, asfixian la pureza melódica y le quitan su contenido.
Es el mismo error característico en las canciones de moda, cuyas melodías, contrariamente al ejemplo precedente, son de una particular pobreza: a modo de compensación, el acompañamiento de estas melo­días es abarrotado de efectos de toda clase, no sólo armónicos sino tam­bién vocales, instrumentales, rítmicos “que son super buenos". Co­mercialmente, sin duda; musicalmente no. La mayor parte de los éxi­tos de Johnny Hallyday, por ejemplo, ilustran esto. Además, es sinto­mático que estos éxitos a la moda sean muy efímeros, mientras que las grandes obras musicales atraviesan los siglos inmutables.
El tiempo es también, a posteriori, un criterio de belleza.
He aquí algunas obras de una gran belleza armónica:
- La “Misa” en sí menor de J. S. Bach.
- El “Miserere” de Allegri.
- La “Fantasía” en sol mayor para órgano de J. S. Bach.
- El segundo movimiento de la “Sinfonía Inconclusa" de F. Schubert.


(1). “Del latín punctus contra punctuin, se aplica a la escritura con varias partes; aquella tiene dos dimensiones: una dimensión melódica u horizontal y una dimen­sión armónica o vertical (acordes sobrepuestos). Estas dos dimensiones tienen en cuenta la noción de consonancia.
Si la parte vertical domina, se hablará de homofonía: una parte principal (en gene­ral la parte superior) está acompañada por partes secundarias (en acordes).
Si la parte horizontal domina, se tratará de polifonía, esto es, de varias partes inde­pendientes en el plano rítmico y melódico. Es en la polifonía vocal del siglo XVI (Lassus, Palestrina) que el contrapunto halló su mejor expresión (Ulrich Michels, op. cit.).
(2). Mozart habría cambiado toda su obra por el honor de haber compuesto el canto del Prefacio de la Misa. Beethoven escribió: “Para escribir una verdadera músi­ca religiosa, estudien los antiguos salmos y cantos católicos en su verdadera pro­sodia”. Gounod expresó en su testamento su voluntad de tener solamente canto gregoriano en sus exequias.