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jueves, 21 de agosto de 2014

ENSALADA ITALIANA


Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez

22 DE ENERO DE 2011
tomado del Blog de Cabildo


En varias ocasiones hemos traído al señor Umberto Eco a nuestro sillón y le hemos hecho barba y bigote para delicia de nuestros lectores. Así demostramos, por ejemplo, que escribía sobre la lujuria sin saber qué era. Hace un tiempo escribió en “La Nación” un artículo que tituló “Cuando lo feo es hermoso” en el que hizo una ensalada rusa (a la italiana) mezclando conceptos con el desparpajo de un argentino.


Comenzó hablando de Hegel, quien habría escrito que fue el cristianismo el que introdujo “el dolor y la fealdad” en el arte, con sus Cristos sangrantes y sus Santos torturados. Error, dijo Eco, ya en el arte clásico había infinidad de rostros terribles y de escenas escalofriantes. Pero ya comenzó a meter la pata porque metió muy alegremente en el mismo saco a dos cosas por completo diferentes.

Este desprejuiciado escritorzuelo italiano no entiende que puede haber dolor muy bellamente representado y que el dolor forma parte de las experiencias elementales del hombre y de las experiencias que el sabio hace positivas. Bueno, se podrá objetar, pero también la fealdad forma parte de nuestras experiencias. Claro, pero es antagónica con el arte, que es belleza y que sólo puede apropiarse de la fealdad si la embellece. Y entonces deja de ser fealdad.

El problema del arte actual es, justamente, que pretende hacer arte con lo feo, sin transformación ni sublimación alguna. Es el culto de lo feo por ser feo. Según Eco, el actual afán por la fealdad (el dolor se perdió en el camino) proviene de una elección “de lo que en siglos pasados habría sido considerado horrible” o —en otros casos— “la fealdad es elegida como el modelo de una nueva belleza”. Lo cual sucede porque “en la posmodernidad toda oposición entre belleza y fealdad se ha disuelto” principio que apenas enunciado es puesto en duda por el mismo Eco. Con un párrafo final en el que la pluma se le ha escapado de las manos y escribe sola: Tal vez todas esas manifestaciones de horror y fealdad “sean expresiones superficiales exhibidas en los medios de comunicación de masas”, porque “de esa manera exorcizamos una fealdad mucho más profunda que nos asalta y nos asusta, algo que desesperadamente deseamos ignorar”.

Sí, querido: un adarme de verdad. En efecto, el arte moderno es feo porque el mundo moderno es feo, de una fealdad de fondo que no puede sino ser resultado de su maldad.

miércoles, 9 de abril de 2014

El secreto de Léon Bloy






C. N

“Los típicos pecados originales que motivaron la caída del hombre moderno, y que dan a la época su dureza y su desorden, son la soberbia y la desesperación intelectual. ‘En la culpa todos somos autónomos’.”
Hans Sedlmayr
El arte descentrado.


La Iglesia siempre asumió las artes en función de la liturgia, o sea, del “conjunto de ceremonias y ritos por medio de los cuales expresa y manifiesta su religión para con Dios”.[1] Y, asumiéndolas así, no podía sino elevarlas al ápice de su potencia: en efecto, todo en la creación alcanza su ápice en el servicio de Dios. Con respecto a la música litúrgica, decía el compositor Gounod: “No conozco ni una sola obra salida del cerebro de algún gran maestro que pueda ponerse en paralelo con la majestad aterradora de esos cantos sublimes que diariamente oímos en nuestros templos y en nuestras ceremonias fúnebres: el Dies irae y el De profundis. Nada llega a tal altura ni a tal potencia de expresión y de impresión”. O Mozart: “En cuanto a mí, daría gozosamente todas mis obras por haber sido el autor del Prefacio”. Con respecto a la poesía, qué obra en el mundo puede igualarse en sublimidad, para dar tan solo un ejemplo entre tantos y tantos, al oficio de Corpus Christi escrito por Santo Tomás de Aquino? Con respecto a la arquitectura, el arte que hospeda la liturgia, qué edificio puede no arrodillarse delante de una catedral gótica o incluso de una iglesia románica o barroca? Y, en cuanto a la pintura y la escultura, ¿qué obra greco-romana, para hablar de lo que hay de mejor, no se apoca delante de los retablos y estatuas y vitrales que ornamentan (u ornamentaban) nuestros templos  haciendo de ellos como imágenes de la ciudad celeste?

Y, mutatis mutandis, vale para todas las artes lo que dice Monseñor Gay especialmente de la música: “Hace 19 siglos que la Iglesia no cesa de cantar, y así continuará hasta el fin del mundo, pues el canto no es para ella un pasatiempo, ni un placer para ella o para los demás; es un deber constantemente prescrito y constantemente cumplido; es el acento regular de su lenguaje y una de las fórmulas de su culto. Se cantaba en las catacumbas, se cantó en los cadalsos, se cantó en torno a los féretros, y nunca se cantará con un corazón tan alegre como cuando sobre las ruinas amontonadas del Anticristo se levanten los ojos hacia oriente para saludar la venida de la última y completa redención”.[2]