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sábado, 20 de febrero de 2016

FIEBRE DE SÁBADO POR LA NOCHE (o la contracultura del boliche)





“Hoy quiero llenarte de excesos
vamos a comernos a besos,
perder la inocencia contigo,
no tener control….”
(Pijama Party, “Comernos a besos”)

“Hoy los jóvenes no tienen rumbo”, “la juventud está perdida… cada vez más perdida”. ¿Quién no oyó alguna vez palabras similares pronunciadas con un cierto tono de pesadumbre y decepción? O mejor, ¿quién de nosotros no las ha proferido con sus propios labios en algún momento?

Son continuos los episodios que oímos y vemos a diario o de los que recibimos noticia a través de los medios de comunicación, que provocan estos y otros pensamientos en nosotros. Jóvenes que han hecho del robo, el homicidio y la violencia, un oficio. Jóvenes que reniegan de sus padres para vivir una vida cómoda, abandonados a diversiones y pasatiempos inútiles. Jóvenes cuya vida gira en torno al sexo, el alcohol, los narcóticos, lo que ellos llaman “música”, y el boliche.

Es concretamente la discoteca el lugar donde nuestros jóvenes encuentran todo esto de manera muy sencilla y organizada. Hoy tenemos el fenómeno llamado “previa”, que consiste precisamente en precalentar al modo en que lo hacen los deportistas, la garganta, los oídos, todo el cuerpo y el espíritu, para la vorágine que vendrá horas más tarde. Lo cual es más de lo mismo: más alcohol y menos angustias, más chicos y chicas, menos pudor, más adrenalina y menos preocupación, más consumo y menos dinero, más desenfreno y menos control, más “libertad”, pero menos dignidad. En definitiva, menos racionalidad, aunque más animalidad.

En el lugar acordado aguarda la música que a todo volumen consume los oídos sin dejar oportunidad alguna para el diálogo y la comunicación, y su ritmo y letras que invitan abiertamente al descontrol sexual. El alcohol, elemento que desinhibe y adormece las conciencias, espera impaciente ser consumido en abundancia. Los narcóticos, como el éxtasis, que circulan cual si fuesen caramelos. Luces y sombras, sonidos y colores, aromas y figuras moviéndose al compás del aturdimiento. Las personas, cada vez más despersonalizadas, se sumergen –voluntariamente, claro está- en el mar tempestuoso del desenfreno de las pasiones más bajas. Todo está medido y articulado. La máquina funciona a la perfección.

Pero se trata de “un prototipo del simulacro de fiesta, un lugar autoritario, cargado de normas y restricciones, con criterios racistas. Son lugares de exclusión, cuyo prestigio es proporcional a su capacidad para discriminar”[1]. Y por eso quizás algunos no se sienten tan cómodos como aquel joven que cuenta: