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jueves, 22 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD – y VI




R.P. Bertrand Labouche

BACH y PINK FLOYD

Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock



  


No es raro escuchar alabanzas acerca de las cualidades técnicas de tal o cual músico de “rock”, o las invenciones musicales de tal agrupa­ción.
Son citados, por ejemplo: Pink Floyd, los Beatles, Carlos Santana (guitarrista de “rock” latinoamericano), Emerson (del grupo “E.L. & P.”), Eric Clapton (guitarrista); Ginger Baker (baterista) y algunos otros.

• El disco “The dark side of the moon", de Pink Floyd, fue el fruto de un año de trabajo en un estudio de grabación. Es verdad que es de una más alta dimensión armónica que los “rocks” comunes.
• Los Beatles compusieron melodías agradables y bien acompaña­das ("Let it be”, “Hey Jude”, etc).
• El guitarrista Santana puede hacer de su guitarra aquello que él quiera; es un maestro de la improvisación. Igualmente el guitarrista del grupo “Yes” ejecutó un día, durante un concierto, con una guitarra clásica, una pieza extremadamente difícil.
• Emerson (de formación clásica), es un excelente pianista y orga­nista.

Es cierto que los fanáticos del “rock” no serían tan numerosos si hubiese solamente horrores. Por lo demás, la música actual no podía pasar sin transición del jazz al “hard rock” más decadente, de Louis Armstrong a AC/DC.
La música de los Beatles constituyó una etapa. En cuanto los vir­tuosos del rock, bastante raros, y los compositores que poseen una cien­cia musical más evolucionada, aún más raros, se distinguen todos precisamente porque ellos se alejan algunas veces de la pobreza habitual del rock, pero sin renegar de él. Ellos conservan sus principios fundamentales como la importancia capital del ritmo y el empleo de efectos especiales mencionados más arriba.
Tomemos un ejemplo: “Europa”, una pieza instrumental de Carlos Santana. Después de una suave introducción del tema principal, este guitarrista la desarrolla con talento usando diversas líneas melódicas; después, el ritmo entonces discreto se torna repentinamente dos veces más rápido y de un martilleo más acentuado. Santana se pone a tocar de una manera más agresiva y repetitiva, subiendo poco a poco al agudo mientras distorsiona las cuerdas de su guitarra. En seguida emplea un pedal de distorsión y utiliza cada vez más acordes disonan­tes, para así llegar a una papilla sonora inverosímil. El “rock” ha impuesto su ley de inversión de los elementos de la música.
Además, la inspiración fundamental de toda canción de “rock” está siempre presente y es tanto más influyente sobre el auditorio cuanto es servida por un talento real.
¿De qué se trata? No directamente de música, ciertamente, sino de un elemento indispensable de la música “rock”: la REVOLUCION contra todo orden establecido. Este elemento es el común denomina­dor de todos los rockeros en un sentido amplio.
No considerar a los Beatles más que en un plano puramente musi­cal sería un error. Sus peinados, sus vestimentas, sus canciones sobre el amor libre y la droga se han convertido en el símbolo de toda una generación.
Pink Floyd y todos los grupos de “rock” se mantienen en esa misma línea. La violencia extrema engendrada por los grupos más decadentes musicalmente es también una consecuencia de la inmorali­dad predicada por estos grupos, como también por los más evoluciona­dos musicalmente.
U2, o Pink Floyd, los Beatles o los Rolling Stones, Elvis Presley o Carlos Santana, Janis Joplin o Black Sabbath, todos los grupos de rock, desde los más softs hasta los más hards persiguen un mismo fin, que su música traduce en diversos grados: Destruir el hombre y la sociedad tal y como Dios los ha concebido. No se puede ocultar este elemento.
“We don’t need no education: No necesitamos educación, ni con­trol mental, ni obscuros sarcasmos en clase: Maestros, dejen a los jóvenes en paz”: estas frases fueron cantadas por un coro de niños (!) en el disco “The Wall”, de Pink Floyd.(1)

- “El rock es algo más que música; es el centro enérgico de una nueva cultura y de una juventud revolucionaria".(2)
- “El rock ha marcado el inicio de la verdadera revolución”, escri­bió el anarquista Jerry Rubin.
- “El rock es ante todo una actitud, una manera de afrontar la sociedad, que trasciende ritmos y melodías”, afirmó Luis Antonio Mello, director de una estación de radio brasileña.
- “Todo rock es revolucionario” (revista “Time”).
- “La rebelión es la base de nuestra agrupación; los jóvenes nos consideran como héroes porque sus padres nos odian” (Alice Cooper).
- “Lo que nos interesa, es la revolución y el desorden” (Jim Morrison, del grupo “The Doors”).
- “Los Rolling Stones han contribuido tanto para la transformación de las costumbres de su generación que los sociólogos del futuro afir­marán que ellos han confirmado la crítica de sus opositores por su vida de vagabundos destinados a arruinar progresivamente la civilización occidental a través de la droga, la perversión sexual y la violencia”, escribió David Dalton, periodista de “rock”.





La inversión de los elementos musicales en el rock no es una sim­ple idea original; participa del ideal revolucionario. El efecto de tal inversión es sustituir la tranquilidad del orden por el caos, la paz por la insatisfacción, la vida por la muerte, como muestra el anterior esque­ma.




Este segundo esquema muestra que los “pequeños «rocks» llama­dos inofensivos” se sitúan al principio de una pendiente que puede lle­gar muy lejos y que toda simpatía para con estos no es sin un peligro real, al menos el de no progresar espiritualmente. Muchos jóvenes católicos juegan así con el fuego, artesanos inconscientes de su propia perdición. “Quien no avanza, retrocede”. Y el resultado puede ser fatal...
Y hay algunos que piensan que la solución es escuchar o tocar “rock cristiano”...


Basta un poco de sentido común para comprender que el cristia­nismo y el “rock” son incompatibles: el cristianismo es la religión del orden, porque obra con el fin de restaurar todas las cosas en Nuestro Señor Jesucristo. El “rock” es una música desordenada, porque la jerar­quía de los elementos de la música (melodía-armonía-ritmo) está inver­tida. Un “rock cristiano” es una cosa tan contradictoria como un “sofis­ma razonable”.


El cantante y arpista bretón, Alan Stivell, decidió un día electrifi­car su música, dar a los cantos tradicionales de la tierra bretona y de sus antepasados un aspecto más actual, con más ritmo, "más rock”. Sus “fans” se multiplicaron, sus conciertos atrajeron multitudes, su fortuna personal se aumentó considerablemente, en breve, ¡fue un éxito! Sin embargo, los bretones, que bailaban al son de la música de sus padres, despreciaron la nueva música de Stivell: el alma de Bretaña no estaba más ahí. Otra cosa la había reemplazado, un espíritu que no era el de sus antepasados.
El “rock” es una música, porque utiliza elementos musicales, pero es una música enferma, en contrasentido, desequilibrada. Yo no pien­so que se pueda afirmar “el rock, no es ni siquiera música”. Es como un loco, que ha perdido el uso normal de sus facultades, sin perder por lo tanto su naturaleza humana. Y hay grados en la locura, como hay grados en la perversión musical del “rock”.
La bella y verdadera música es más que un conjunto ordenado de sonidos agradables. Su influencia, como la educación, es de orden espiritual, moral (4) y político, mientras que en el “rock” se verifica lo contrario. Aquella ordena las pasiones humanas, sin destruirlas ni exacerbarlas. Socialmente, no conduce a la anarquía, finalidad del “rock”, sino que favorece la paz de la ciudad, como lo expresa muy bien W. T. Walsh (5)
“En la España medieval, como en Grecia, se consideraba la músi­ca elemento esencial en toda educación; y no se tenía por persona educada a la que no era capaz de cantar o tocar varios instrumentos. Ruy Sánchez de Arévalo, en su Vergel de príncipes, dirige a Enrique IV la siguiente apología de la música: «La principal excelencia de este noble arte y su digno ejercicio consiste en disponer y dirigir los hombres, no sólo hacia las virtudes morales, sino hacia las virtudes políticas que los hacen aptos para reinar y gobernar: Es por esto por lo que este virtuoso ejercicio debe ser recomendado a los reyes y príncipes”.
El historiador jesuita, Padre Mariana, expresa un pensamiento semejante: “Porque en el canto pueden aprender los príncipes cuán fuerte es la influencia de las leyes, cuán útil el orden en la vida, cuán suave y dulce la moderación del ánimo... No sólo pues ha de cultivar el rey la música para distraer el ánimo, templar la violencia de su carácter y armonizar sus afectos, sino también para que con la música comprenda que el estado feliz de una república consiste en la mode­ración y en la debida proporción y acuerdo de sus partes”.
Estas líneas deberían inspirar a los padres católicos. La música clá­sica debería formar parte de la educación de sus hijos, desde la más temprana edad. Su oído se habituaría a su belleza y rechazaría las elucubraciones sonoras del “rock”.
Muchos jóvenes de hoy sólo escuchan la música moderna porque ellos no tienen una idea de qué es la gran música. Se contentan con aquello que ellos creen ser el único género musical, un género que los degrada.
No vacilen, estimados padres, en poner verdadera música en sus hogares durante los domingos y días de fiestas. Inicien a sus hijos, con la ayuda de un profesor o de un buen método, en un instrumento de música (piano, flauta, guitarra clásica, violín...). Que los educadores en las escuelas primarias enseñen el solfeo, el canto, la flauta dulce a los niños. Un sacerdote, director de una escuela primaria, se puso un día a enseñar el Ave María de Gounod a niños entre 4 y 8 años; al ter­mino del año escolar, lo cantaron completo y con todo su corazón delante de sus padres deslumbrados. Está al alcance de cualquier pro­fesor de canto.
El canto no es cosa fácil; necesita rigor, sensibilidad, dominio de sí y perseverancia, cualidades que precisarán durante toda su vida. Así como para el estudio de un instrumento, su aprendizaje tiene un gran valor educativo.
Un joven, que cursaba el año de humanidades en el Seminario de la Reja, que tiene también un curso de iniciación musical, me confió: “Descubro estas maravillas; es absolutamente necesario que los jóve­nes las conozcan". Desgraciadamente muchos jóvenes parecen llegar a un punto sin regreso: el “rock” ejerce una influencia tal que romper sus cadenas, esto es, sus discos, parece estar por encima de sus fuerzas. ¿Serán irremediablemente insensibles a los más grandes maestros de la música? La oración, la paciencia, las pruebas de la vida les harán poco a poco, esperémoslo, dejar a sus despiadados ídolos. ¡Que Nuestra Señora de Fátima venga en su socorro!
Uno de los efectos de la música, paradójicamente, es el de colocar el alma en el silencio: rechazar las preocupaciones, hacer apagar el alboroto del mundo, y “dar a los hombres una significación espiri­tual”.
“Cuando se toca música, no se hablan tonterías, se guarda silen­cio”, recomienda la Sagrada Escritura. (6)
La música rock al contrario, forma parte de esa “conspiración con­tra toda especie de vida interior” (7) que es la vida moderna. Ella mata las almas musicalmente: es su principal perversión.
¿Y si Bach hubiese conocido la música “rock”?... Sin duda él habría afirmado sin rodeos:
“El único fin y el único objetivo de toda música no es más que la alabanza de Dios y la recreación del alma. Cuando se pierde esto de vista, no puede haber verdaderamente música, sino solamente ruidos y gritos infernales” (J.S. Bach, 1738). (8)


(1). Estas palabras, quizás, expresan un reproche legítimo: si se trata de la educa­ción moderna, sin principios, sin ideal satisfactorio, ¡comprendemos que no nece­sitan de esta educación y que quieran destruir todo lo que representa esta educa­ción! De hecho, Pink Floyd critica también el “dios-dinero” en su canción “Money”, burlándose de los ricos... ¡pero esta crítica no les impidió recibir los millones de dólares ganados por este éxito! Es una contradicción, ciertamente, pero su crítica de la sociedad actual, materialista, “robotizada” no carece de funda­mentos. Se equivocan sobre las soluciones (anarquía, droga, sensualidad sin freno...).
(2).    Revista “Rolling Stones”. Citada por Alberto Boixadós en “La renovación cristiana del arte", Ed. Areté, pág. 45.
(3).    Roger Waters, letrista y bajista de Pink Floyd afirma sustancialmente en un DVD sobre “The dark side of the moon”: "Mi madre me enseñaba cuando era niño que había una vida después de la muerte; lo creía hasta que entendí que era falso”...
(4). “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se queda emocionado por un concierto de suaves acordes es capaz de traiciones, de complots y de rapiñas” (William Shakespeare, “El mercader de Venecia”, V, 1, Lorenzo).
(5). ‘‘Isabel de España”, cap. XXVI, pág. 477.
(6). Eclesiástico, 32, 4.
(7). G. Bernanos.
(8). Citado por Ulrich Michels, op. cit., pág. 101. 46



El autor de la obra, Padre Bertrand Labouche.

lunes, 19 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - V




R.P. Bertrand Labouche

BACH y PINK FLOYD

Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock




Se limita, en general, a tres o cuatro acordes, que vuelven sin cesar.(1) La facilidad técnica es una constante en el rock. ¿Por qué entonces esforzarse en la armonía si lo esencial es dado por el ritmo? La guita­rra (clásica) es un instrumento difícil que supone un trabajo asiduo; la pieza Asturias, de Albéniz, ¡no se aprende de un día para otro tocando algunos acordes!

¿Cuáles son los acordes del “rock”?
Consultemos uno de estos métodos básicos concebidos para los roc­keros principiantes.
• Estos acordes, tres, son exclusivamente acordes de 7a: Mi 7a, la 7a, si 7a. ¡Interesante! El acorde de 7a es utilizado en música clásica como un acorde de transición, resuelto por un acorde consonante, según una tonalidad predefinida; en sí menor, en re mayor, etc. En el caso del “rock”, se trata de los acordes fundamentales. Esto es una abe­rración musical. Por supuesto, todas las piezas de “rock” no utilizan necesariamente el acorde de T, pero estos acordes constituyen la base del “rock”.
Es claro que el efecto de estos acordes, siendo disonantes, de esta constante desarmonía, será una impresión de tensión continua, de malestar, de inestabilidad, de vacío en el alma, de frustración. La sen­sibilidad no tendrá un instante de reposo, especialmente si el acorde final será a menudo un acorde de 7a, como en el caso del blues.

• Otro tipo de acordes(2) es de aquellos compuestos por dos notas (por ejemplo mi-si), alternados y repetidos con otra nota (fa#), tocado por el dedo meñique de la mano derecha, mientras se pega al ritmo.

• Es de notar igualmente que en la guitarra de rock, siendo eléctri­ca y llevada a un volumen muy alto, los acordes son reducidos a tres o en algunos casos a dos notas tocadas simultáneamente; esto es más fácil que tocar el acorde completo sobre cinco o seis cuerdas. Esto trae como consecuencia un empobrecimiento de la armonía, constituida por acordes incompletos, ahogada por el volumen y por otros procesos que veremos más abajo.
Imaginen un guitarrista de flamenco que sólo tocara acordes de dos notas: sería aburrido como la lluvia y no tendría nada que ver con el fla­menco, un arte difícil que no se puede satisfacer con una técnica tan limitada.

Resumamos: La armonía en el “rock” tomado en general, consiste y se limita al uso de acordes esencialmente disonantes o empobrecidos, en número restringido y repetidos incansablemente.(3)

La melodía

En un 99% de los casos, es de una alucinante pobreza. Este ele­mento esencial del arte musical no es importante en el “rock”. La reina de la música no es más que una miserable sirvienta. He aquí dos ejem­plos, que no son de los peores casos:
- El título de la canción “Goin’down” de los “Monkees” se repite ochenta y cinco veces en dos minutos.
- Igualmente el de la canción "Cheap thrills” de “Rubén and the Jets”, se repite treinta y seis veces en ciento cuarenta segundos.
A menudo, la melodía de una pieza de “rock” no llega a un punto terminal; el final no es preparado, pues no hay nada para preparar. La conclusión se hará en una explosión de ruido o, en muchos casos, con­sistirá en repetir una frase o una serie de notas.
Una disminución progresiva del volumen, si escuchan un disco, o los gritos de histeria del público terminarán por interrumpir la pieza de “rock".
En el “rap”, la melodía acaba por desaparecer completamente, tra­gada por el ritmo: el cantante dice un texto (no hablamos aquí acerca de su calidad y de su vocabulario particularmente escogido) siguiendo el ritmo y sus síncopas. El grupo “Eminem” es uno de los principales representantes del “rap”, nueva forma de “rock” muy apreciada actual­mente.
Estas “melodías” embrutecedoras, escuchadas muchas veces por los jóvenes, gritadas a sus oídos por sus “walkman”, ¿obtendrán el mismo efecto que una Serenata de Schubert, un Choral de Bach o un motete de Mozart?
Una melodía noble ennoblece, una melodía pacífica otorga paz, una melodía pobre hace brutos.

Efectos especiales

Son necesarios para compensar un conocimiento insuficiente de la música y una técnica limitada. Estos efectos especiales tienen por objetivo aumentar el impacto sonoro y exacerbar los sentidos. El lec­tor puede concluir acertadamente que, con estos efectos, una banda de “rock” hará de su público lo que quiera...
• La guitarra está provista de una barra de distorsión de las cuer­das.
• El guitarrista utiliza pedales de distorsión, “fuzz”, “wah-wah”, etc., conectados entre la guitarra y el amplificador. Permiten “metali­zar”, triturar el sonido, prolongarlo, darle eco, transformarlo en un ruido de avión, de bombas (por ejemplo, en la “interpretación” del himno de los Estados Unidos por Jimmy Hendrix), etc.
• Puede también utilizarse un “bottle neck”, que es un cilindro de metal insertado en el dedo índice de la mano izquierda; permite resba­lar sobre las cuerdas; tiene una apariencia muy lejana a aquel de la gui­tarra hawaiana.
• Este volumen, a menudo sobrepasa, en conciertos o en los boli­ches, el límite que el oído humano puede soportar. Los “fans” del “rock” sufren frecuentemente de problemas auditivos irreversibles. En cuanto a los rockeros, el volumen les procura una impresión de poder, de invencibilidad y les permite crear un ambiente de violencia extrema.
• El guitarrista utiliza sistemáticamente un mediador (o plumilla), que sostiene entre el pulgar y el dedo índice de la mano derecha que le facilita el golpeado y trinos rápidos y prolongados.
• Una guitarra eléctrica se compone de un mástil más largo que aquel de la guitarra clásica, fijado sobre una caja muy recortada, que permitirá tocar notas extremadamente agudas. Además, para aumentar el placer, puede también producir efectos larsen.
• El solista, a menudo, no pasa directamente de una nota a otra sino progresivamente, distorsionando la cuerda; esto le permite tocar deliberadamente de arriba o abajo el acorde acompañante.
• El baterista puede electrificar su batería, así como también sintetizarla, esto es tocar una nota a cada golpe.
• El cantante necesita de un micrófono pegado a sus labios y conectado a un sistema que permita darle eco o profundidad a su voz.
• Unas luces deslumbrantes, sincronizadas con el ritmo, barren a la multitud, o descomponen los movimientos.
No evoco más que los efectos relacionados con la música: son elocuentes. Todos contribuyen a aumentar la excitación de los sentidos hasta el paroxismo.

Los textos

Es necesario hablar de los textos pues, como lo hemos visto, la música tiene una relación estrecha con el texto.
- Los temas más frecuentes son: la droga, la violencia y el sexo en todas sus formas, la rebelión contra el orden establecido.
- Su calidad, sin contar los “yeah”, los gritos, etc., oscila entre el horror y la nulidad, cuando no llegan a ser blasfemias. Si nuestros jóvenes comprendiesen estos textos en inglés, quizás reflexionarían un poco antes de escucharlos una segunda vez.
Si una música es tanto más bella cuanto traduce nobles sentimien­tos y está a la altura de los textos sagrados o de obras literarias, o sim­plemente de buen gusto (música folklórica), ¿no puede entonces dedu­cirse, de otro lado, que el “rock” y la vulgaridad van necesariamente a la par?
He aquí algunos ejemplos significativos de inspiración de rockeros: “Sympathy for the devil” (“Simpatía por el diablo” - Rolling Stones), “Lucy in the Sky with Diamonds” (L.S.D: droga; Beatles), “Brown sugar” (droga; The Doors), la canción “We are the champions" que tantas veces se escuchó en 1998 con ocasión de la victoria de Francia en la copa del mundo de fútbol, en realidad es el himno nacional del movimiento homosexual de los Estados Unidos.
“Dead babies", “bebés muertos” de Alice Cooper, “Hell’s bells”, “Las campanas del infierno”, del grupo AC/DC, “El álbum blanco del diablo” con la canción “Revolution n° 9” (Beatles, 1968), “El sacrifi­cio más agradable a Satanás es matar a los bebés no bautizados” canta Black Sabbath en su disco “Sabbat sanglant”, el grupo Prince canta “Actuemos como si todos estuviéramos casados”, (el amor libre), etc. etc.
Los rock dichos “nacionales”, por supuesto, difunden las mismas perversiones: Charly García, considerado hoy en día Patrimonio Cultural Argentino (!) canta, por ejemplo: “Cambiaste de tiempo y de amor / Cambiaste de sexo y de Dios / Y en sensual abandono vendrá (droga) / Y lleva el caño a tu sien / bang, bang, bang” o “Un señor que yo conozco / Anda siempre con muchachos”, etc. etc.
Sería muy fácil llenar muchas páginas de citas repugnantes de los grupos más escuchados por la juventud.
Un tipo de música se adapta perfectamente a estos temas, y es uno sólo: el “rock”. La música clásica, durante el desarrollo de su historia, jamás se ha visto sometida a una depravación tal.
La belleza es “el esplendor de la verdad” (Aristóteles). Ahora bien, el “rock”, con distintos grados, es el vehículo musical privilegia­do de la mentira. Por lo tanto...

Un ejemplo de “rock”

Como lo habíamos hecho para la música clásica, veamos un poco más de cerca de qué está hecha una canción famosa de “rock”. Estudiemos “Vértigo", el reciente y enorme éxito del grupo irlandés U2, que no está entre los más decadentes.







 Una canción así deja un sabor amargo en la boca. Esta mezcla de violencia rítmica, de “acordes duros”, de un vago y malsano senti­miento religioso, es dañina. Traduce una profunda tristeza sin la espe­ranza de una verdadera liberación. Construida con los sempiternos estereotipos de la “rock music”, esta canción no tiene ningún valor musical.
El disco que contenía esta canción, me fue prestado por un alum­no... ¡de una de las escuelas de la Fraternidad San Pío X! He aquí lo que varios jóvenes nuestros escuchan, la música que ellos aman. Que los padres no se asombren si los resultados escolares y espirituales de sus hijos no están a la altura de sus esperanzas... Padres y educadores, ¡vigilen!
A decir verdad, nada es más fácil que componer una pieza de “rock”: modifiquen un poco cualquier melodía básica de una canción de “rock” clásica, añádanle tres acordes, un bajo lancinante, y sobre todo una percusión desenfrenada, sin olvidar unas palabras que nutran la violencia y la sensualidad o cuyo carácter extraño quiere aparentar­se al de la profundidad, agreguen unos cuantos “yeah” y otros borbo­rigmos, y repitan todo eso a un alto volumen. Hagan así durante tres o cuatro minutos hasta una brusca conclusión en un acorde de 7ª puntua­do por un aullido, a menos de que escojan no concluir, y entonces repi­tan diez veces cualquier cosa que quieran(5): habrán creado así una pieza de “rock” digna de ese nombre. ¿Digna de pertenecer al arte musical? Eso es menos seguro.
“Pero usted exagera, no todos los tipos de rock son así, muchos tienen una real calidad musical”. Responderemos ahora a esta obje­ción corriente.



(1). En la canción “Alter Bathing at Baxter ’s" el grupo Jefferson utiliza durante 9 minutos la misma secuencia de acordes.
(2).    Llamados de shuffle rock abundantemente usados por Chuk Berry en "Johnny be good”, “Roll over Beethoven” (¡sic!), etc.
(3). Desgraciadamente se pueden evocar también los cánticos progresistas de la nueva liturgia, cuyos efectos son más de contonearse que de rezar. “Yo nunca comprenderé por qué el clero, que posee este magnífico tesoro del canto gregoriano, tiene el mal gusto de utilizar otra cosa en sus iglesias”. El Alleluia de Taizé, por ejemplo, gran éxito internacional de la Iglesia conciliar, no tiene nada que ver, musicalmente hablando, con un Alleluia gregoriano. Ciertamente un estudio sobre este tema acabaría con conclusiones que no honrarían la liturgia progresista...
(4). “¿Quién nos hará ver los bienes verdaderos?” (Salmo 4, 61).
(5).    Como por ejemplo, “comete un chicle", repetido 32 veces por "Alcalá”, grupo argentino de cuarteto, forma de música también muy apreciada por los jóvenes actuales.


TEMAS MUSICALES MENCIONADOS EN EL ARTÍCULO:


jueves, 15 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - IV




R.P. Bertrand Labouche
BACH y PINK FLOYD
Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock

  
III — La “música rock”.

De nuevo, el objetivo de este artículo es puramente musical. Pero por la misma razón que hemos comprobado el estrecho vínculo que une un texto a la creación musical (esto es verdad para el gregoriano, como también para un motete de Mozart o una ópera de Verdi o de Wagner), verificaremos también en la música “rock” esta necesaria relación entre textos y música.
Dejaremos a un lado su vida y sus costumbres. Pero sabemos que la sensibilidad puede ser fuertemente desestabilizada por el empleo de ritmos devastadores o de disonancias sistemáticas, y esto no es evidentemente un factor de santidad; esta, en efecto, no se puede concebir sin el dominio de las pasiones.
El “rock” no tiene las características de la revolución beethoveniana, aun cuando sus ritmos violentos pueden, más por causa de sus efec­tos que por su sutileza, recordar aquellos de la Quinta sinfonía(1) o de la “Appassionata". El “rock” es más bien una regresión musical. Los elementos fundamentales de la música en el “rock” están, por princi­pio, invertidos. El ritmo ocupa ampliamente el primer lugar, la armo­nía, el segundo, y la melodía, el último. Esta inversión se verifica en casi la totalidad de piezas de “rock”, que se difunden sin parar en las estaciones de radio. Es también el repertorio musical más vendido y, por lo tanto, el más escuchado. Estudiaremos una pieza reciente del grupo U2.
Luego, evocaremos algunas piezas de rock que tienen un cierto valor musical y veremos las distinciones que se imponen.
Finalmente, nos preguntaremos si puede existir un “rock cristiano”, antes de concluir sobre el valor intrínseco del rock y su definición real.


El ritmo

Es el elemento más importante, nadie lo puede negar. De hecho, no se puede concebir la música rock sin el ritmo, el cual puede ser calificado de tiránico. Hemos visto que el ritmo en la música tiene por fun­ción dar una simple estructura a la melodía, la cual constituye la esen­cia de la música. Si no fuera así, la música sería la más aburrida de todas las artes y se resumiría en diferentes cadencias.
La palabra “ritmo” viene de “rima”, la cual distingue la poesía de la prosa (aquello que el Sr. Jourdain(2) hacía sin saberlo), un texto “nor­mal”, sin una cadencia particular.
Es claro que unos poemas con un ritmo perfecto, pero compuestos de cualquier palabra, sin una idea directriz, sin “melodía” constituirían un poema mediocre si no lino nulo. Al contrario, una prosa rica por la profundidad, la pertinacia, el poder, la delicadeza del pensamiento adornada de expresiones bien pensadas sería un texto de valor, a pesar de no tener cadencia.
En la primer parte hemos explicado suficientemente la noción de ritmo, no insistiré.
El “rock’n’roll"(3) nació de los contoneos groseros de Elvis Presley y del “beat” (serie de golpes rítmicos) agresivo de sus canciones. El nombre de los ‘'Beatles” es un juego de palabras entre “beetle”, “esca­rabajo” y “beat”, “golpe”. No hay ningún grupo de rock sin batería, lo que no era el caso del jazz en sus comienzos. Este instrumento de per­cusión ocupa el lugar central del grupo e impone un ritmo constante, muy marcado y pesado. Es obstinado, esencialmente repetitivo, apo­yado y amplificado por un bajo que le sigue ciegamente. El ritmo del “rock” utiliza alegremente la síncopa, que es un acento sobre un tiem­po débil, e intermedio, como por ejemplo sobre el 2° o el 4o tiempo, en un tempo de 4/4.
Dos hechos concretos les darán una idea de la absoluta necesidad de este ritmo duro y pulsante:

• Durante un concierto de los “Who”, el baterista, Keith Moon, colapso repentinamente debido a un abuso de drogas o/y de alcohol. El grupo paró de tocar; el cantante y los guitarristas no eran suficientes para suplir la falta del baterista. Fue necesario que el líder preguntara al público si no había en la sala un baterista de rock, aun cuando no fuera profesional; había uno y así pudo continuar el concierto.
Esto sería impensable en la música clásica; si, por desgracia, el per­cusionista estuviese, por ejemplo, ausente, la obra sería indudablemen­te tocada. No se enviaría al público a su casa. La obra perdería un apoyo rítmico, pero que no es absolutamente necesario salvo en algu­nas muy raras excepciones, y no concerniendo sino a sólo algunas par­tes de la partitura, la orquesta podría realizar su interpretación, enri­queciendo al auditorio con sus melodías y sus armonías, mucho más esenciales.



• Durante una repetición, la mayoría de las veces, los rockeros bus­can nerviosamente, al azar, en sus guitarras, o eventualmente, en el teclado, aquella que “quedaría bien”, sin ninguna consideración de tonalidades (mayor/menor) de escala de referencia, si no, eventual­mente de un tema que sea lo más simple y golpeante posible.(4) La bate­ría impone su tiempo y nada la detendrá. Su estructura de una rigidez absoluta (tac-pum, tac-pum-pum, tac-pum, tac-pum-pum) es la ley suprema que no da lugar a un mínimo de búsqueda melódica y armó­nica (y no hablo de contrapunto) con todos los matices que implican. Ciertamente, hablo aquí de un tipo de “rock” básico, pero el principio es el mismo con los más “evolucionados”: el ritmo impone su ley a los cantantes de la... libertad sin freno, sin ningún ritmo: un golpeo vio­lento e inexorable.

Todo el arte consiste en dar ritmo, y como autómatas, el cantante y los otros integrantes deben contribuir a esto. Que el público quiera romper todo, he ahí el objetivo. Los bailes de los pueblos, donde se toca “rock”, terminan casi sistemáticamente en peleas sangrientas. Quien desencadene el ritmo del “rock”, cosecha la violencia. Esto no es, pues, asombroso esto pues el ritmo se dirige, como lo hemos dicho, a la parte inferior, animal del hombre. Les ahorraré las citas de todas las “estrellas de rock” sobre esto y los textos de la mayor parte de sus can­ciones.
Podríamos igualmente evocar los graves problemas psicológicos que trae, algunas veces hasta entrar en trance, el ritmo obsesivo del “rock”. Los más corrientes son la incapacidad para mantener la aten­ción, y una cierta forma de depresión. Los jóvenes suicidas son igual­mente muy numerosos. No solamente el “rock” incita explícitamente a consumir droga sino que es en sí mismo una droga. Conocí un estudiante que no pudo participar en un Campamento de Verano de MJCF,(5) porque durante el campamento no podía escuchar a los Rolling Stones; su habitación estaba literalmente cubierta de afiches de este grupo, sin el cual su vida era imposible.
Los rockeros no esconden su objetivo: “Nuestra intención es evitar que piensen” (Paul Stanley, del grupo Kiss). “La estrategia propia del rock’n’roll es la de conquistar los corazones y atacar los espíritus” (Bernardo Villena, rockero brasileño).
¡Cuántos jóvenes que escuchan la música “rock” son sus víctimas inconscientes! ¡Cuántos jóvenes católicos (¡sí!) comprometen su salvación, derrochan los dones de Dios, son esclavos del pecado, pierden una posible vocación únicamente porque sus inconscientes padres les permiten escuchar la “música actual”!
¿Por qué este adolescente, que, sin embargo, no es un mal chico, es insolente en la escuela, en su casa, perezoso, desordenado, fácilmente colérico, inestable, replegado sobre sí mismo? Miren qué género de música no cesa de escuchar, y tendrán una buena parte de la explicación.
Cuando el “rock” invierte en la juventud desestabiliza su sensibilidad, destruye su voluntad, apaga las aspiraciones de su alma y la des-conecta del mundo real porque, musicalmente, es una aberración. Supriman el ritmo, ordénenlo, impónganle su lugar como subalterno, descubran una bella línea melódica, denle un acompañante armónico matizado y, entonces, comenzarán a obtener una verdadera música, aquella que hace florecer a la juventud.


(1). He escuchado recientemente unos extractos de la Quinta sinfonía ejecutados por Yngwie Malmsteen, un talentoso guitarrista de rock, acompañado con un fuerte martillazo de la batería: hecho significativo...
(2). Cfr. “El burgués gentilhombre” de Moliere.
(3). La palabra “rock’n’roll” era usada en ciertos ghettos norteamericanos para designar el movimiento de actos sexuales: ¡noble origen!
(4).    Cfr. por ejemplo “Smoke on The Water", de Deep Purple.
(5). Movimiento de la Juventud Católica Francesa.


sábado, 10 de agosto de 2013

BACH Y PINK FLOYD - III




R.P. Bertrand Labouche

BACH y PINK FLOYD

Breve estudio comparativo de la música clásica y la música rock



 “Canten este Introito largamente, pero sin pesadez, sin grandes matices, con preferencia en una tonalidad baja. Se ve el contrasentido que sería cantarlo fuertemente e ir aumentando poco a poco la inten­sidad para darle ese brillo, bajo el pretexto de la Pascua. Sería elevar su carácter propio y darle un carácter propio totalmente inexpresivo.
“Cántenlo, finalmente pensando solamente en El que habla y en las cosas que El ha dicho, y verán. Para comprenderlo, hace falta saber un poco del cristianismo y de la vida sobrenatural, el verdadero carác­ter de la religión cristiana que es, ante todo, no una gran demostración exterior, no una cuestión de sentimientos, sino una religión interior, una cosa del alma, una adhesión de todo el ser a Dios".
Dom Gajard señala aquí la importancia del conocimiento del catolicismo como una fuente para una buena interpretación. Llevemos es­to al mundo de la música clásica. Es claro que una seria formación en humanidades es una de las grandes lagunas de nuestra época de técni­cos y de computadores. ¡Las teclas que nuestros jóvenes hoy día tocan no son las de un órgano o de un piano! Ahora bien, si la música es una forma de expresión, hace falta que haya algo para expresar por parte del músico y algo que pueda ser comprendido por quien escucha. Si este último evoluciona en un mundo donde la formación en humanidades (literatura, arte, filosofía, historia, música...) está ausente y peor aún, es reemplazada por una formación excesiva en las matemáticas, las ciencias naturales y la informática, es claro que se obtendrá una músi­ca hecha de tecnología y de brutalidad, mientras que la música clásica será como un extranjero porque se desarrolla en un mundo real y hu­mano, y no en un mundo virtual e inhumano.
La conclusión del comentario de Dom Gajard lo demuestra de una manera sobrecogedora: “Saber que se trata de Alguien que tiene una grandeza absoluta, que nos sobrepasa infinitamente. Saber, en fin, que nosotros no tenemos razón de ser sino en Él, para Él, y por Él. Enton­ces el Resurrexi les parecerá como una pieza única, como el verdade­ro canto de Pascua”.
La comprensión de esta pieza de música gregoriana es proporciona­da al conocimiento de Dios.
La comprensión y el amor de la música, y más aún de su creación, necesitan de un mínimo de vida del espíritu, la única que puede satis­facer y elevar al hombre.
Lo verificaremos estudiando un poco dos piezas musicales célebres, la una de Johann Sebastian Bach y la otra de Ludwig van Beethoven.

Primer preludio en Do mayor, del
“Clave bien temperado” de J. S. Bach

En el “Clave bien temperado”, compuesto para sus alumnos, Bach, como buen profesor, clasificó los 24 preludios y fugas por tonalida­des (1): las 24 tonalidades mayores y menores son presentadas en una su­cesión cromática (por semitonos) ascendente.


Bach utiliza muchos tipos de preludios (2): “arpegios”, “figuras regulares”, “tocata”, “aria”, “invención”, “sonata en trío”. El que va a rete­ner nuestra atención, el primer preludio en do mayor, es de tipo “arpe­gio”: Se constituye por una serie de arpegios (acordes en que las notas están tocadas sucesivamente, por ejemplo: re-fa-la para el acorde de re mayor). La pulsación rítmica regular, en 4/4, contribuye a crear una impresión de balance y de tranquilidad. Es de notar que el ritmo está subordinado a la armonía.
La preocupación del compositor es de hacer trabajar la armonía a sus alumnos y de mostrarles qué acorde puede seguir a otro, partiendo de un do inicial para concluir en un do.
Bach utiliza 36 acordes, siendo cada uno tocado dos veces, con la excepción de los dos penúltimos acordes que preparan el acorde final.
He aquí el comienzo del preludio, siendo el primer acorde de do mayor. Este acorde introduce y concluye el preludio...


 He aquí el final:


 Ciertamente, esta pieza es ante todo un ejercicio, pero compuesto por un gran músico, aquel que Beethoven designaba como “el padre de la armonía”. Así, más allá de un medio pedagógico sin dificultad téc­nica particular, Bach escribió un hermoso pequeño preludio, a la vez simple y de una gran riqueza armónica, que constituirá más tarde un acompañamiento maravilloso a la melodía del Ave María de Charles Gounod. El preludio se desvanecerá frente al canto del Ave María, fa­voreciéndolo. Mi propósito es por lo tanto, mostrar que la riqueza de la armonía, sirve y embellece la melodía, y así favorece a la belleza musical. Al contrario, es claro que una armonía limitada a tres o cua­tro acordes no contribuirá más que a empobrecer la melodía y, por lo tanto, la música.
¿Cuáles son los numerosos acordes que Bach utiliza en este prelu­dio?
Do mayor, re menor séptima, sol mayor séptima, do mayor, la me­nor, re mayor séptima, sol mayor, do mayor séptima, do mayor, re ma­yor séptima, sol mayor, sol séptima disminuido, re menor, do mayor, fa mayor séptima, fa mayor, sol séptima, do mayor, do séptima, fa sépti­ma, fa' séptima disminuido, do mayor séptima, sol mayor séptima, do mayor, sol séptima, sol séptima, fa' disminuido, do mayor, sol séptima, do séptima, fa mayor, sol séptima, do mayor.(3)
Sin entrar en consideraciones demasiado técnicas, recordemos que un acorde puede ser “disonante”, como por ejemplo el de séptima (se añade un T intervalo después de la tónica): así, el mi séptima incluye un re que, unido a un mi, forma una disonancia. Estos acordes diso­nantes piden una “resolución”, como el sol séptima cuya “tensión” es resuelta por un do mayor.
Así, en la tercera y cuarta medida:


Dejemos estas precisiones para retener lo esencial:

- Bach emplea una serie extremadamente variada de acordes, cons­tituidos de tensiones y de resoluciones armónicas también variadas. Así, el oído no va a tener una impresión de “ya escuchado”.
- Esta rica diversidad se inscribe en una tonalidad, la de do mayor. El acorde de mayor es el más usado. Por eso el oído siente una impre­sión de unidad.
- Un ritmo regular, sin tirones, respeta esta unidad en la diversidad.
- Sin embargo, faltaría “algo”, un cierto acabamiento. Este bello ejercicio de armonía es sobre todo un ejercicio. Una línea melódica le sería bienvenida. El Ave María de Gounod se lo dará.

Los acordes del preludio de Bach, incluyendo los disonantes, ya que ellos no tienen un fin en sí mismos, mas piden y encuentran cada uno su resolución, dan una bella coloración a la melodía de Gounod, que canta y comenta la salutación angélica.
Por ejemplo: desde el principio, el gratia plena, tan bien expresado por el acorde de la menor, (el único de toda la pieza), para cantar el dul­ce misterio de la plenitud de gracia en María; en la segunda parte del Ave María, que es una oración del hombre pecador, los acordes diso­nantes, relativamente numerosos, traducen la miseria del hombre peca­dor, la gravedad del momento de la muerte, mientras que los acordes mayores muestran la confianza en Nuestra Señora, su poder de interce­sión, etc.

Texto, melodía, armonía, y ritmo: El orden que engendra la belleza musical.
....Escuchen este Ave María, estimados lectores, lo comprobarán fácilmente.

La sonata para piano n° 23, “Apassionata”,
Opus 57, de L.V. Beethoven.

Beethoven compuso esta sonata en 1805, entre la sinfonía heroica (1803) y la célebre Quinta sinfonía (1808), durante la época de su apo­geo, cuando su obra se reviste de una extraordinaria fuerza de expre­sión.
En esta pieza para piano forte, “Beethoven lleva hasta los límites tanto las dimensiones de la obra como las posibilidades sonoras del piano de aquella época: abandona las categorías estéticas en uso y cambia la belleza tradicional (4)”por un nuevo tipo de expresión”.(5) Cier­tamente, la estructura es de una sonata clásica (exposición-desarrollo- recapitulación-coda (6), pero “masas sonoras de una intensidad máxima vienen a hacer irrupción bruscamente: en el matiz ff,(7) sobre un ritmo sincopado, acordes masivos de fa menor, en un movimiento ascenden­te, rompen brutalmente la línea temática y la atmósfera (compás 18), pero este episodio prepara al mismo tiempo la llegada de un segundo tema ascendente en la bemol mayor (compás 35), con una melodía no­ble indicada pp dolce”:


Beethoven habría respondido a Schindler, que le preguntaba el sig­nificado de las sonatas op. 31 n° 2 y opus 57: “¡Leed La Tormenta de Shakespeare!”. La sonata op. 31 n° 2 es en efecto conocida bajo el nombre de “La Tormenta”, pero la opus 57 bajo el nombre de “Appassionata” (8) Sin embargo aquella evoca una verdadera tempestad por sus martillazos y desencadenamientos rítmicos acompañados de violentos contrastes armónicos.
Esta pieza traduce la lucha de las pasiones que son presa del desti­no, la energía interior de este “Napoleón de la música”: “Yo nunca ja­más había visto un artista tan poderosamente concentrado, tan enérgi­co, tan interior”, decía de él Goethe. “Hay seis hombres dentro de él”, habría afirmado Haydn. Uno querría ver ahí la coronación de la vida espiritual de Beethoven, la lucha contra el destino (tema que se encuentra en su Quinta sinfonía: sol-sol-sol-mi: el destino que golpea la puerta...)', después, la aceptación seguida por un sentimiento religioso, no­tablemente en el segundo movimiento, el andante con moto, antes del surgimiento del finale:


Esta sonata ilustra el poder que puede ejercer el ritmo de una composición sobre el corazón y las pasiones humanas, al precio de una so­focación de la melodía y de una fuerte tensión armónica. Beethoven no va a llegar al punto de sacrificar la música por el ritmo, como hacen los grupos de hard rock, pero él sabe desencadenar el ritmo como ningún otro músico había jamás pensado u osado hacerlo.
De una cierta manera, sus efectos rítmicos son más violentos que los del rock, porque inteligentemente son puestos en contraste con me­lodías revestidas de una gran nobleza y suavidad, o de una profunda religiosidad.(9) Una composición musical que se reduzca esencialmente al ritmo no sabe proponer estos contrastes; no es sino violencia. Volveremos a este punto. Que nuestros jóvenes escuchen a Beethoven, ahí encontrarán aquello que el rock no les puede dar: fortaleza, nobleza y profundidad.
Entremos por ahora en la estructura misma de la sonata “Appassionata”. Yo les sugiero escucharla mientras leen el cuadro que nos ha dado S.E.R. Mons. Williamson, gran conocedor de Beethoven:



...¡Uf!, ha pasado la tempestad, el volcán ha puesto fin a su erup­ción. Un contemporáneo de Beethoven decía que, después de haberla escuchado en piano, ¡él había sido incapaz de encontrar su sombrero en el vestuario!
Berlioz narra así el entusiasmo frenético que produjo entre los parisinos las tres primeras ejecuciones de la Quinta sinfonía (ejecutadas en 1828 en un intervalo de seis semanas), así: “El auditorio, en un mo­mento de vértigo, cubrió la orquesta con sus gritos; eran exclamacio­nes furiosas, mezcladas con lágrimas y con carcajadas... un espasmo nervioso agitaba toda la sala”.
...Podría uno preguntarse si esta reacción no es la misma de una muchedumbre durante un concierto de rock. Distingamos:
• En tanto que es una música revolucionaria, cuyas audacias y vio­lencia rítmicas (memorizar esto) y los fuertes contrastes armónicos des­truían las reglas musicales de la época: Sí. Las mismas causas produ­cen los mismos efectos.
• En tanto que una obra de un músico que domina perfectamente un material musical melodía /armonía original y muy rico, aun en un contexto agitado y pasional: No. No se puede afirmar que este poder emocional inmola el arte musical en el simplismo de una brutalidad sin alma. Beethoven es un gran músico —que un Pío XII apreciaba mu­cho— y que profesaba una profunda admiración por Johann Sebastian Bach, de quien se inspiró muchas veces; decía de él “que no se debía llamar «Bach» («arroyo», en alemán) sino océano".
Toda la música de Beethoven no está hasta este punto tan desenca­denada; lejos de eso su concierto para violín y orquesta, su quinto con­cierto para piano, el adagio lleno de una noble dulzura, sus cuartetos para cuerdas, muchas de sus otras obras, unen maravillosamente la imaginación creadora y la maestría del arte musical, siendo estos los dos componentes del genio.
Los críticos vieneses, que se encontraban tan descontentos y reser­vados después de la creación de la Primera sinfonía —uno los com­prende— encontrarán para esta sinfonía términos muy elogiosos des­pués de cinco años: “una magnifica creación artística, que despliega con tanto esplendor y gracia una riqueza inaudita de excelentes ideas, y en la que reinan en todo momento la coherencia, el orden y la clari­dad”. La música de “ese sordo que entendía lo infinito”,(10) impregna­da de voluntad, de poder, de sensibilidad y de imaginación conquista­dora marcó todo el siglo XIX, el siglo del romanticismo.
Es cierto, sin embargo, que se debe extraer una lección de esta so­nata, que merece bien el nombre de “Apassionata”: un ritmo desenca­denado, sincopado, una fuerte tensión armónica debida al empleo de acordes disonantes repetidos y no resueltos, los crescendos desmesura­dos tienen efectos sobre la sensibilidad y las pasiones humanas, pues su origen es, precisamente, pasional. Inestabilidad, frustración, exacerba­ción son el resultado.
Ciertamente, un volcán en erupción ofrece un espectáculo donde la grandeza no es sinónimo de fealdad, ¡pero es mejor no acercarse dema­siado a él!...
Pero cuando nuestros jóvenes pretenden que la “música de papá” es amanerada, sería necesario incitarlos a acercarse a este volcán, por lo menos para destruir sus prejuicios; y puede ser que esto los lleve a reflexionar un poco sobre la naturaleza y el valor de la música “rock” con la cual se llenan y sufren sus consecuencias.


NOTAS:
(1). También Chopin clasificó sus 24 preludios (op. 28 - 1839) por tonalidades, no en una sucesión cromática sino según el ciclo de las quintas.
(2). Ulrich Michels, p. 145.
(3). Aquí los acordes son designados sin precisar algunas diferencias; así, todos los sol 7a no son tocados igualmente.
(4). Al contrario, su sonata Opus 2, n° 1 es de forma clásica.
(5). Ulrich Michels, pág. 403.
(6). Movimiento sobre lo cual se acaba una pieza musical.
(7). Fortísimo.
(8). Fue dedicada al Conde Franz von Brunswick, quien le dio este nombre.
(9). Escuchar en la Appassionata el desarrollo del primer movimiento con sus momentos líricos o el andante con sus suaves variaciones.
(10). La expresión es de Víctor Hugo. La sordera conducirá a Beethoven casi al sui­cidio, como lo reveló en su testamento de Heiligenstadt.