Google-Translate-Chinese Google-Translate-Spanish to French Google-Translate-Spanish to German Google-Translate-Spanish to Japanese Google-Translate-Spanish to English Google-Translate-Spanish to Russian Google-Translate-Spanish to Portuguese Google-Translate-Spanish to Italian
Mostrando entradas con la etiqueta Pudor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pudor. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de julio de 2014

MIENTRAS MENOS ROPA, ¿VALES MÁS?

En el tema del vestido se manifiesta "lo que queremos lograr"... ya sea distinción, elegancia, comodidad, atracción..


El vestido es para cubrir y no para sugerir


Por Rosa Martha Abascal Olascoaga


"Ni prostitutas ni santas, sólo mujeres"... fue uno de los slogans de una marcha que comenzó en Canadá, y que ahora se ha replicado en muchas ciudades del mundo incluyendo el DF... Pero ¿a qué viene una expresión tan extrema y agresiva?

¿La historia?... a un policía de Toronto, Michel Sanguinetti, se le ocurrió comentar que "las mujeres deben evitar vestirse como prostitutas para no ser víctimas de la violencia sexual"... eso bastó para que muchas mujeres indignadas salieran a las calles a manifestar que ellas se podían vestir como quisieran, o incluso desnudarse (como sucedió en varios casos en la marcha realizada en la Ciudad de México), y que por ello, nadie puede faltarles al respeto ni imaginar siquiera que son prostitutas o que quieren tener relaciones sexuales con un hombre.

Una gran cantidad de lemas "creativos" salieron a relucir en dicha marcha...

Si no fuera tan dramático, causaría gracia tanta creatividad que trata de disimular y envolver una lucha sexista, promotora de antivalores y que muestra una pérdida total del respeto que la mujer debe tenerse a sí misma, la cual debería ser una de las banderas de un auténtico feminismo.

¿Qué es lo que lleva al ser humano a cubrirse?

Hay que regresar al principio de los tiempos "En ese momento se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas" (*).

martes, 22 de octubre de 2013

EL PUDOR






Atañe a hombres y mujeres

El pudor es una virtud innata en toda persona que “reconoce el valor de su propia intimidad y respeta la de los demás. Mantiene su intimidad a cubierto de extraños, rechazando lo que puede dañarla y la descubre únicamente en circunstancias que sirvan para la mejora propia o ajena”. (1)
Dicho en otras palabras, el pudor es la virtud que nos enseña a descubrir y a preservar nuestra propia intimidad. Es el respeto por la persona y su misterio. Es la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños y tiene una nota esencial: no mostrar lo que debe permanecer escondido.
El pudor es la piel del alma que, cuando es invadida o avasallada, nos produce vergüenza. Es por eso que el extraño no debe pasar a través de este espacio que resguarda y protege nuestra intimidad, y cuando se nos acerca más de lo debido (ya sea física o espiritualmente) nos genera violencia. A esto responde la necesaria distancia y espacio, aún en el trato con el prójimo, que debe ser cortés, gentil y amable pero hidalgo y no vulgar. Hidalgo, porque demostramos que somos alguien, con pertenencia a un hogar o a una familia determinada, que somos hijos de “alguien”, (por más sencilla y humilde que sea nuestra familia pero será la nuestra), y porque no estamos accesibles para el común, para cualquiera, como transmitimos con la vulgaridad de la excesiva familiaridad, del tuteo y del besuqueo indiscriminado con todo el mundo.
Existe un pudor interno que atañe al mundo de los sentimientos y otro pudor externo que se refiere al cuerpo. Ambos enseñan todo sobre el mundo de la delicadeza y parten de la virtud de la templanza. El pudor va ligado a nuestra propia intimidad, que es la zona reservada de cada uno. Constituye el núcleo más hondo y arraigado de nuestra personalidad, de lo que nos pertenece, de ese mundo interior que nos hace ser personas únicas e irrepetibles por nuestro ser. La supresión de la intimidad, a su vez, implica masificación y quedamos convertidos en cosas, destruyéndonos como personas.
El pudor es además la conciencia que tenemos de la propia intimidad, de que la sexualidad humana es la sede, la morada, de un misterio que no puede ser desvelado a cualquiera, de ahí que naturalmente rechace el mostrar lo que debe permanecer velado. “Existe un pudor instintivo, ligado a la constitución psicológica del hombre y por tanto universal, que se manifiesta como sentimiento de miedo, de vergüenza, ligado de algún modo a la emoción sexual.” (2)
La castidad y la virginidad siempre exigirán al pudor como aliado y guardián. Lo necesitarán como un radar que detectará y las protegerá de los peligros. Ambas virtudes necesitarán de la virtud del pudor para generar el clima propicio “para protegerse”. El pudor, a su vez, necesitará de la pequeña virtud de la modestia como aliada, que le indicará los primeros pasos que no deben darse para no caer.

La moda no debe esclavizarnos.

“El pudor en cubrir el propio cuerpo significa que el propio cuerpo se tiene en posesión que no está disponible para nadie más que para uno mismo. Que no se está dispuesto a compartirlo con todo el mundo y que, por consiguiente, se está en condiciones de entregarlo a una persona (el cónyuge) o de no entregarlo a nadie”. (3)
Este debiera ser el sentido por el cual la desnudez de su novia o su mujer no debiera serle indiferente al novio o al esposo. Porque si ella pudorosamente se posee a sí misma será para entregarse a su propio marido, mientras que si se desnuda fácilmente o circula semi desnuda ante los extraños está tácitamente convocando “a más” a todos los demás, lo cual desde siempre fue una actitud sólo reservada a la prostitución. Si los hombres se mantienen fieles a su naturaleza, la desnudez femenina los tiene que conmover. Si no se conmueven, ni con la mujer propia, ni con la ajena, habrá que alarmarse. (Esto no significa que deban tratar de conmoverse con quien no es su legítima mujer).
Los mandamientos sexto y noveno fueron dados por Dios (tanto a hombres como a mujeres) para contribuir a que las personas sean más dueñas de sí mismas en el recto uso del sexo, ayudándolas a ordenarse, a elevarse y preservar las sanas costumbres de los pueblos. De ahí que educar en el sentido del pudor signifique educar en el resguardo de la propia intimidad, del modo de vestir, del modo de hablar, de la modestia de los gestos y los movimientos corporales. Una conciencia bien formada, serena, vigilante, equilibrada y consciente de las consecuencias de sus actos, defenderá la dignidad e intimidad del hombre en una actitud de respeto, no sólo hacia el propio cuerpo, sino hacia el de los demás. De lo contrario, despreciando estos dos mandamientos, los hechos nos demuestran que las personas se embrutecen y se degradan peor que las bestias, ya que el ser humano es el único ser creado que puede vivir debajo de su condición. Los animales, por ejemplo, no pueden. La vaca nace como vaca, crece como vaca, se desarrolla como vaca y muere como vaca. No puede ni elevarse ni degradarse debajo de su condición de vaca como fue creada. “Se dice que una persona no tiene pudor cuando manifiesta en público situaciones afectivas o sucesos autobiográficos íntimos y en general cuando se comporta en público de la manera en que las demás personas suelen hacerlo solamente en privado. Así, hay determinadas formas de comportamiento que se consideran anormales en la vía pública y se consideran adecuadas dentro del recinto doméstico, y otras que ni siquiera se consideran correctas dentro del recinto doméstico en presencia de “los íntimos” y requieren la soledad más estricta. Por ejemplo, para llorar, una persona preferirá su casa a la calle y, aún más, antes que la sala de estar elegirá la soledad de su habitación. Del mismo modo un sujeto normal no puede pasearse en pijama por la vía pública sin que resulte chocante para él mismo y sí puede hacerlo por los pasillos de su casa. Sin embargo, en el momento de desnudarse, tampoco estos resultarán adecuados y elegirá la soledad más estricta. Se podrían seguir amontonando ejemplos, pero con los aducidos hasta ahora es suficiente para percatarnos de que“pudor” es la “tendencia a mantener la propia intimidad a cubierto de los extraños”.


La “intimidad puede quedar protegida o desamparada en función del lenguaje, del vestido y de la vivienda”. (4)

Intimidad y vivienda.

El hombre construye una casa no sólo para protegerse del clima sino que necesita proteger su propia intimidad, necesita sentirse seguro y protegido en un ámbito que le sea propio. Uno no invita a pasar a su casa a cualquiera porque naturalmente resguarda su propia intimidad, su lugar íntimo. De ahí que nuestra casa sea nuestro lugar más reservado. La tendencia, a su vez, que tenemos de cuidar nuestro hogar y mantenerlo limpio y acogedor también atañe a la virtud del pudor, porque intentamos darle a los demás lo mejor de nosotros mismos. La ausencia de pudor en nuestro hogar se refleja con descuido de nuestra propia intimidad, porque demostramos que nuestra intimidad ya no nos pertenece, sino que la hemos “abandonado”.
Cuando abrimos las puertas de nuestra casa a cualquiera no estamos preservando nuestro hogar, sino que lo estamos abriendo y exponiéndolo a todos, sin discernir quién debe compartir nuestra intimidad y quién no. Esta moda hoy en día comienza desde los jardines de infantes y los colegios, en donde se ha impuesto como obligación, (porque la moda así lo impone), el invitar a todo el curso a los cumpleaños, sin elegir, sin seleccionar quienes pueden ser buenas o malas compañías para nuestros hijos. A lo sumo, siempre podremos mandar una torta (un pastel) al colegio para compartir y festejar ese día con todos los compañeros de curso.

El pudor no debe estar reñido con el buen gusto.

Por otro lado, cuando nos enteramos, a su vez, que alguien que ha sido nuestro huésped murmura o critica nuestra casa o algo de nuestra intimidad lo vivimos mal, como una traición, (que lo es), porque le hemos brindado lo máximo de nosotros mismos. De ahí que nos sea más fácil criticar a una persona en público que criticarle su propio hogar íntimo y hospitalidad que nos ha brindado, porque naturalmente percibimos nuestra bajeza en hacerlo. Igualmente un robo en nuestro hogar tiene la sensación de la violación de nuestra intimidad, al ser violentado por la fuerza lo que creíamos nos pertenecía en exclusividad.

Intimidad y vestido.

El pudor cuida el misterio de las personas, de su amor y de su intimidad. Nace con el despertar de la conciencia frente al pecado, como le pasó a Adán en el Paraíso. Antes de pecar, Adán estaba tranquilo en su desnudez, pero después de la caída, sintió vergüenza. La naturaleza ya había sido violentada. A partir de ahí, el pudor consistirá en rehusar a mostrar lo que tiene que estar escondido. El pudor de cubrir nuestro cuerpo significa que lo poseemos y que no está a disposición de nadie más que de nosotros mismos, que no estamos dispuestos a compartirlo con todo el mundo y lo podemos compartir con alguien, o con nadie, según nuestra decisión. Este es el argumento más atacado, porque se dice que nuestro cuerpo es la señal de la libertad, lo que no es así. La pérdida del pudor no nos hace más libres sino más manipulables, más fáciles de caer porque nos arranca los principios y valores que nos protegían como las capas de la cebolla.
La moda (desde la infancia) debiera responder a la exigencia de custodiar la intimidad personal sin estar reñida con el buen gusto y la elegancia. La persona debiera vestirse resguardando ante los demás la “propiedad” de su cuerpo, protegiéndolo y conservándolo para ser entregado, (en caso de matrimonio), a la persona elegida a compartir con nosotros la vida. Una persona pudorosa elegirá las telas, los distintos modelos de vestidos, las posturas, los modales y el lenguaje que más resguarden su intimidad. Utilizará el vestuario del club o el camarín de negocio para desvestirse detrás de la cortina, no exponiéndose gratuitamente delante de la vendedora o la cuidadora del vestuario. Si tiene cita con el médico elegirá la ropa interior más adecuada y más discreta posible. Si tiene que internarse para una operación o si tiene que compartir con alguien, (una amiga, o un familiar), el cuarto no se paseará desvestida violentando tal vez a la otra persona con su desnudez. El pudor en el hombre y en la mujer es natural, y es la sociedad moderna quien le impone lo contrario a través de las modas desde la infancia. La ropa interior impuesta con talle bajo desde la más tierna edad, los pantalones de tiro bajo para que se les vean los calzoncillos a los varones, los breteles de los corpiños que se usan expuestos a propósito y los trajes de baño y bikinis minúsculos. (Nota: Ni qué decir de las transparencias, aberturas, escotes, shorts, minifaldas y la ropa ajustada o reveladora por lo que enseña o sugiere). Todo tiende a bajar la guardia, a erosionar el pudor, a eliminar la diferencia entre la intimidad, (ropa íntima para uno), y lo que es público, (ropa de vestir para todos).
La complicidad y el instrumento de la moda en la revolución cultural no son para menospreciar sino para destacar. Satán, que conoce muy bien a quien ha de perder, ha puesto sus cañones en primer lugar en desvestir a la mujer para degradarla. La moda provocativa siempre será además una responsabilidad ante Dios ya que incita a otros a pecar. Es la sociedad moderna quien, a fuerza de desvestir hasta el máximo a la mujer, ha atentado contra la natural virilidad y respuesta del varón que, (con la naturaleza ya atrofiada), lee tranquilo e indiferente el diario en la playa rodeado de mujeres prácticamente desnudas… Es la revolución sexual que, como un instrumento más de la revolución anticristiana, al odiar al hombre intenta destruirlo.

Intimidad en el lenguaje.

Dijimos que el pudor es la virtud que nos socorre para preservar la intimidad de toda la persona, no sólo la física. Nuestra intimidad engloba un conjunto de emociones, sentimientos y estados de ánimo que constituyen la vida afectiva de la persona. Las personas comunicamos intimidad por medio del lenguaje. Nuestra interioridad es tan delicada, que debemos seleccionar a quien consideramos que serán merecedoras de nuestras confidencias y que no harán mal uso de ellas publicándolas. Aún en los sentimientos nobles y buenos, sentimos muchas veces pudor de revelarlos, como nos sucede a veces al decirle o al no poder decirles a personas que queremos que los amamos. Decimos que una persona no tiene pudor de su intimidad cuando cuenta indiscriminadamente su vida íntima haciéndola de dominio público. Hoy en día, copiando los medios de comunicación, uno escucha las intimidades más grandes en las conversaciones ajenas (que ya no son privadas sino públicas) ya sea en la oficina, el colectivo, las confiterías, las peluquerías, los vestuarios de los clubs o hasta en las reuniones sociales. A medida que perdemos el sentido de la existencia del alma perdemos también el sentido del cuerpo que es lo que sucede en las discotecas. Con el ruido ensordecedor no se puede hablar. La discoteca es el lugar de los cuerpos sin alma, donde todo está calculado para hacernos bajar las defensas, (porque el ser humano posee naturalmente defensas que lo alertan), y perder la noción y el sentido de lo que está bien y de lo que está mal. El volumen de la música cierra algunos canales de comunicación como el verbal, y abre otros: el de los sentidos. Se estimula el baile, se evidencia el cuerpo, se encienden los sentidos. Y se nos expropia de nuestra propia identidad, de nuestra intimidad, de nuestro misterio, de nuestros valores inculcados, de nuestra historia familiar y personal. En la discoteca, ante la imposibilidad de comunicarnos, de conocer nuestra intimidad espiritual, de conversar y transmitir nuestras inquietudes y anhelos más profundos, prevalece lo puramente físico.

Prevalece lo físico y lo sexual.
La angustia, la inseguridad, la soledad física y espiritual, la soledad interior, la falta del sentido de la vida, el anhelo profundo de ser amado del hombre moderno lo ha llevado a disgregar su ser interior. El hombre ya no sabe quién es. La moral ya no rige su conducta ni lo orienta el sentido del deber.
Los jóvenes hoy encuentran normales cosas que durante siglos fueron consideradas propias de la “mala vida”. Espectáculos obscenos gratis, en vivo y en directo en cualquier espacio público de la ciudad. Las relaciones sexuales son muchas veces provocadas por la parte femenina. Los anticonceptivos (muchos de ellos verdaderos abortivos) han fomentado el uso indiscriminado del sexo. El SIDA mentirosamente se combate con preservativos y todo esto lleva a toda una cultura de la genitalidad. La liberación sexual, especialmente para la mujer, quien se ha sacudido de “la opresión del varón” también ha “sacudido” el pudor. Al quedarse sin pudor, se ha quedado sin la virtud mediante la cual la mujer manejaba prácticamente la medida de la relación con el varón mediante el cortejo y el romanticismo. Todo un mundo de delicadezas y emociones profundas.
Los famosos reality shows de la televisión son la expresión más alarmante y manifiesta de la degradación humana (llamada procacidad) en donde la supresión del pudor es total. Desde un principio el hombre muestra una intimidad inhumana a niveles impensables de degradación y pura pornografía. No sólo se hace todo explícito, sin ocultar nada, sino que se actúa de manera impensable en la forma de vivir y comportarse de las personas sanas. Convertidas y degradadas en la animalidad, ya no se poseen a sí mismas sino que se abandonan.
Para recuperar el pudor que no se tiene o que se ha perdido hay que empezar por entender que la persona no es igual que un animal. Que tiene un cuerpo y un alma y lo que esto significa. Que así como el cuerpo tiene sus necesidades el alma tiene las propias. Si tomáramos conciencia de la maravilla que es el alma que hoy ya nos hace inmortales. Tenemos que recuperar el respeto por nosotros mismos, la autoestima. No somos un “elemento más de la biodiversidad”…Dentro de la cual nos quieren rebajar a la condición de igualdad con las piedras, con las plantas y con el perro…No.
Cada uno de nosotros es un ser único, singular e irrepetible y superior a todas las demás cosas y elementos creadas, creados a “imagen y semejanza de Dios”. ¿En qué consiste esta semejanza? No en el cuerpo sino en el espíritu, que es un soplo del aliento divino. Santo Tomás enseñó que el alma inmortal de cada persona es superior a todo el universo creado. Si éste es el valor de una persona, debo primero tomar conciencia yo de lo que valgo.
La supresión del pudor de nuestro tiempo responde a una faceta más del plan gramsciano para lograr la masificación y la destrucción de la persona.


Notas
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág 189.
(2) “Las verdades robadas”. R.P. Miguel Angel Fuentes. IVE. Ediciones IVE. Pág.229
(3) “La supresión del pudor”. Jacinto Chozas. Eunsa Pamplona. Pág.24
(4) “La supresión del pudor”. Jacinto Chozas. Eunsa Pamplona. Pág.18


Nota de la Redacción: Recientemente el Secretario de Salud capitalino (en la Ciudad de México), Armando Ahued, señaló que la vida sexual está insólitamente empezando cada vez en edades más tempranas, incluso desde los 9 años, debido a una "sobreestimulación sexual en películas, en novelas, en los comerciales, en internet. La pornografía se ha vuelto un gran "estímulo" para los chavos" (Reforma 17 X 13 Secc. Ciudad). Dato verdaderamente alarmante y triste que recuerda la advertencia de N.S. Jesucristo, cuando señala que quien escandalizare a un niño más le valdría que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar (Mt 18, 6 ; Mc 9.42; Lc 17.2).

viernes, 20 de septiembre de 2013

EL HEDONISMO




por P. Alfredo Sáenz, S.J.
(de su libro “El hombre moderno”)

Junto con la actitud consumista, el hombre mo­derno se caracteriza por una pronunciada tenden­cia al hedonismo. ¿Qué es el hedonismo? Esta palabra viene del griego, edoné, que significa placer. El origen último del hedonismo es de índole filosó­fica, ya que propiamente el hedonismo es un sis­tema filosófico, atinente al campo de la moral, que hace consistir el bien en el placer. Según esta ma­nera de ver, el hombre encuentra su felicidad plenaria en el placer, el placer actual, inmediato, sensi­ble. El hombre, según los hedonistas, está sujeto a la soberanía del instante; la previsión, el anhelo de un placer futuro lleva siempre consigo cierta in­quietud e inseguridad, y, por lo mismo, su espera implica una cuota de dolor, que se trata de rehuir experimentando un nuevo placer lo más rápida­mente posible. Interpretada rigurosamente, la mo­ral del hedonismo presupone la superioridad del placer físico sobre el moral, y el principio del egoís­mo, mi placer sobre todo. Excluye, asimismo, toda moderación en la búsqueda de la dicha. No importa lo que la moral diga de cada acto; lo impor­tante es el placer que en ellos pueda encontrarse.
Resulta evidente que el hombre de nuestro tiem­po parece abocado a satisfacer febrilmente su an­sia de placeres, sean ellos honestos o no. Se trata de pasarla lo mejor posible, a costa de lo que fuere, en busca incesante de sensaciones placenteras, siempre nuevas y cada vez más excitantes. Como afirma Viktor Frankl, “en lugar de la primera orien­tación del hombre a un sentido se ha puesto su pretendida determinación por los instintos, y en lugar de su tendencia a los valores, que tan característica es del hombre, se ha puesto una tendencia ciega al placer” (1). De ahí brota ese hombre frívolo, que tanto conocemos, impermeable a todo lo que sea espiritual o incluso cultural.
Marcel de Corte ha contrastado dicha actitud con la del hombre tradicional. Cuando la moral era reconocida socialmente, traduciéndose en costumbres sanas, fundadas en el deber cotidiano, el atractivo del placer y el temor del dolor, que se experimentaban, por cierto, como en todas las épocas, no determinaban el comportamiento de la gente, y si en algunos casos ello sucedía, era considerado como una falencia del que así se comportaba. El campesino de antaño, que criaba con abnegación una familia numerosa, y que día tras día, gracias a un trabajo sostenido y sudoroso, lograba que su tierra rindiese lo más posible, no obraba así atraído por el señuelo del placer. Tampoco lo hacía coaccionado desde afuera, sino con cierta espontaneidad. Tal comportamiento lo había heredado de sus padres y abuelos, pero él lo hacía suyo, voluntariamente. Vista desde afuera, su actividad podía parecer como algo monótono, que le había sido impuesto contra su voluntad, cuando en realidad obedecía, según la fórmula bergsoniana, a un impulso vital. Y si por ventura, al terminar el día, o con motivo de una cosecha fecunda, surgía el gozo de su corazón, dicho gozo se incorporaba normalmente a la acción que lo había suscitado, “como a la juventud su flor”, según la poética expresión de Aristóteles. El placer de la flor no se separaba jamás de su tallo, ni menos de sus raíces, regadas con la humedad de su sudor. Era, simplemente, su coronamiento y su aureola. Todo ello acaecía en un marco de vida plenamente natural y espontáneo. El labrador pensaba en su tierra, en su familia, en sí mismo, de modo que, sin hacer sobre ello desmedidas reflexiones, su trabajo, más allá de las preocupaciones y de los placeres, era un trabajo que lo humanizaba.


Ahora las cosas no son así. En este tiempo, donde el trabajo ha perdido su sentido humanizante, la gente no busca sino el placer. Es lo propio de las épocas decadentes. La búsqueda omnímoda e insaciable del placer se convierte en una necesidad inconsciente, análoga al uso de estupefacientes para el drogadicto. El sufrimiento aparece con todas las características de un agresor, carente totalmente de significación. Coincidiendo con lo que acabamos de decir, señala de Corte que el hombre decadente necesita un placer inmediato, que invada todo el campo de su sensibilidad. “Ahora bien, para un ser débil sólo pueden realizar aquella condición aquellos objetos que son de consecución fácil y que tocan muy de cerca la excitabilidad nerviosa. Allí donde el fin deseado exige un esfuerzo, el placer no surge sino al término de la acción, a título secundario y como complementario de ésta. La debilidad congénita del decadente siente horror ante una perspectiva tan lejana, arrojándose sensiblemente hacia lo sensible inmediato, hecho a la medida de su agotada vitalidad. Mientras el ser fuerte, de costumbres sólidas, comulga con lo que lo trasciende, con el bien de la especie, con el bien de la Ciudad, con Dios, el ser débil no dispone más que de su pobre yo impotente, cautivado de su propia flaqueza” (2).
Sobre todo a raíz de la influencia de Freud, se ha otorgado peculiar atención al llamado “inconsciente”, cuyo descubrimiento se vio acompañado por una veneración casi de carácter místico. Resulta curioso, pero al tiempo que se divinizaron las formas oscuras del psiquismo, como si en ellas persistiesen tendencias primitivas o instintos que habían animado a los antepasados de la prehistoria, se despreciaron los mecanismos de represión, por los que esos mismos antecesores habían encontrado los medios de moderar aquellos instintos y tendencias. Se trabajaba, en resumen, para hacer del hombre actual un nuevo primitivo, que siguiese la inclinación de sus instintos, huyendo del dolor, cualquiera fuese, y buscando el placer, cualquiera fuese, desprovisto de los “tabúes” que le preservaban de ser una bestia feroz.
Particularmente se ha buscado “liberar” el campo del sexo, que ocupa un lugar privilegiado en aquella búsqueda ansiosa del placer que caracteriza al hedonismo. Una canción actual dice: “No importa si yo no soy el primero, si has tenido varios antes que yo, pero conmigo te vas a diplomar”.
Se confunde el sexo con el amor, “un amor de rebajas”, todo ligero, light él también, sin contenido, siempre listo, al modo del picaflor donjuanesco, ante la primera oportunidad que se presente. Un amor así entendido considera a la mujer como mero objeto de placer, que se usa y se tira, material de descarte. En esta materia se ha llegado hasta la saturación. Recientemente apareció en los Estados Unidos una asociación de gente tan harta de sexo que se reúnen al modo de los “alcohólicos anónimos” para liberarse de dicha adicción. Al sexo practicado sin compromiso se lo llama “amor”, y al “bienestar” se lo equipara con la “felicidad”.
Un síntoma de este desenfreno hedonístico lo constituye la erradicación social del pudor, que es la atmósfera protectora del sexo. Jacinto Choza, autor contemporáneo, nos ha dejado sugerentes reflexiones sobre este tema en un libro que lleva precisamente por título La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo (3). Resumamos sus asertos.
En una primera aproximación, escribe, podemos decir que el pudor es la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños. Se dice que una persona no tiene pudor cuando manifiesta en público estados afectivos o situaciones personales íntimas, y en general, cuando se comporta en público como las demás personas suelen hacerlo solamente en privado. Así obran los animales, que no se cubren ni se ocultan aun para sus funciones más íntimas. Hay formas de comportamiento que se consideran anormales en la calle y adecuadas dentro del hogar, y otras que ni siquiera se consideran correctas dentro del hogar en presencia de los “íntimos”, pareciendo pedir la soledad más estricta. Esta protección de la intimidad que es el pudor se expresa principalmente en tres ámbitos: la vivienda, el vestido y el lenguaje.
Ante todo en la vivienda. El hecho de la vivienda es un hecho bien humano. ¿Por qué el hombre construye una casa para él y su familia? No solamente para protegerse del frío, como alguno ha dicho, ya que también se la encuentra en zonas cálidas. Tampoco para defenderse de la lluvia o de los animales. Los hombres construyen casas para proteger su intimidad. La casa es la propia intimidad, el lugar íntimo, y si se invita a un amigo, se lo invita a compartir dicha intimidad, a reunir varias intimidades. El segundo ámbito donde se manifiesta el pudor es el del vestido. Tampoco éste se justifica como una manera de defenderse del frío. Sirve, por cierto, para eso, pero su significación es mucho más profunda y tiene que ver directamente con el pudor. El cuidado en cubrir el propio cuerpo significa que el que lo viste se juzga en posesión del mismo, afirmando que no está a disposición de nadie más que de él, que no está dispuesto a compartirlo con cualquiera, a no ser por propia voluntad. De ahí el celo que muestra el marido o el novio por la decencia en el vestir de su esposa o de su novia. El tercer ámbito del pudor es el del lenguaje. Éste sirve no sólo para expresarse sino también para esconder los estados afectivos, no haciéndolos “de dominio público”.


Pues bien, nuestra época se caracteriza por la creciente desaparición del pudor en todos sus niveles. La propia intimidad ha pasado a ser “res nullius”. La gente no se entrega, se abandona. Los rasgos típicos de la sociedad actual que hemos ido analizando, la masificación, el desarraigo, el igualitarismo, la falta de interioridad, etc., tienen no poco que ver con esta supresión del pudor.
Es cierto que actualmente el hombre sufre mucho, a veces como consecuencia de sus propios defectos, sufre soledad, problemas económicos, aburrimientos y angustias. Estos padecimientos pueden llegar a hacerse tan insoportables que la apertura de la propia intimidad, la “evasión” de sí mismo, se presentan a veces como una liberación. El hombre que se retira de su trabajo poco menos que robotizado, siente la atracción vertiginosa del goce. Choza afirma que el mundo moderno conoce esta nueva especie de actividad que nuestros antepasados, ni en la época del panem et circenses, no habían nunca separado de las demás: la función hedonística. Se busca la comunicación con los demás y la superación de la propia soledad en la abolición de la intimidad personal; en ese mismo momento, el pudor ha quedado descartado. “No es que no haya pudor «de hecho», es que no lo puede haber de ninguna manera porque no hay intimidad que se posea desde una instancia personal”. Y así la protección del vestido o la cobertura de la vivienda pierden totalmente su sentido. Por eso no hay que extrañarse de la impudicia creciente que se manifiesta en el modo de vestir, ni del abandono de la casa familiar, sea viviendo sin hogar, en la vereda y al aire libre, como hacían los hippies, sea edificando casas “comunitarias”, que hacen imposible todo conato de vida íntima. También el pudor sexual ha perdido su significación; la relación sexual ya no es una entrega de la intimidad, sino un “abandono del cuerpo”, que como “res nullius” queda a merced del primero que lo solicite para sí.
Tanto el marxismo “comunitarista” como el liberalismo “permisivista” constituyen un atentado contra el valor de la intimidad. Si tenemos en cuenta que estas ideologías, o bien actúan como presupuestos configuradores de la mentalidad del hombre contemporáneo, o bien se derivan de dicha mentalidad, resulta lógico que el pudor carezca de sentido para una buena parte de los hombres de hoy.
Concluye Choza su análisis con una observación digna de interés. Tras afirmar que la supresión del pudor, que implica la supresión de la intimidad, es un signo de nuestro tiempo, agrega que en tal situación el ateísmo se vuelve inevitable, porque el encuentro con Dios sólo se puede realizar en el centro mismo de la intimidad personal(4).
El hedonismo constituye la atmósfera de la sociedad en que vivimos, una actitud que no tolera ningún tipo de cuestionamiento. Cuando frente al desboque de la pornografía y de los placeres degradantes alguien intenta levantar todavía el ideal de la decencia y de la pureza, con frecuencia los medios de comunicación reaccionan tratando de descubrir intereses egoístas en el que defiende las normas de la ética, o sacando gozosamente a luz las inmoralidades secretas de algunas personalidades públicas que parecían encarnarlas. Resulta inocultable la satisfacción con que algunos medios se detienen morosamente en revolver las presuntas lacras de algunos sacerdotes y obispos, así como su gusto cuando, en un arrebato de necropornografía, atribuyen homosexualidad a grandes políticos y artistas de tiempos pasados. Todos somos iguales, igualmente corruptos. Ello constituye un eficaz aliciente a las corrientes hedonistas hoy imperantes.
La tendencia al hedonismo es la consecuencia más cabal del desarraigo y el vacío que caracterizan al hombre moderno. Los fines de semana se convierten en un período de evasión de las preocupaciones presentes y futuras, con la consiguiente sumersión en los placeres que embotan el espíritu. Se compra el olvido con el alcohol, el ruido, el placer sexual, buen pasto de cultivo para la drogadicción. Cuántas veces, caminando por la calle, nos ha impresionado ver tantos rostros sin profundidad, sin realidad, rostros epidérmicos. La civilización del goce es la muerte de los rostros (5).
No hace mucho ha dicho Sábato en un reportaje: “Fíjese en la nación más desarrollada del mundo, Estados Unidos, que tiene unos 240 millones de habitantes contra los 6000 millones del planeta. Y bien: el 80% del consumo mundial de drogas se realiza en ese país. El paraíso del desarrollo, con todos los cachivaches de la sociedad de consumo, está condenado a la muerte por drogas. Pronto veremos la catástrofe espiritual en el Japón, acompañada de drogas, suicidios y locura. Ya que hemos perdido este prestigioso tren del desarrollo, en lugar de soñar con él meditemos que nos salvamos de las peores calamidades que esperan a la humanidad. La droga no es un problema policial, es un problema psicológico y espiritual” (6).

(1) La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1979, pp.95. 106.
(2) Encarnación del hombre..., pp.98-100.
(3) Eunsa, Navarra 1980.
(4) Cf. ibid., pp.15-35.
(5) Cf. J. Folliet, Adviento de Prometeo..., p.197.
(6) Diario La Nación, 24 de junio de 1991.